Antes de salir del baño, tras orinar, me miro al espejo pero mal, a propósito, de reojo, y entonces aparece desplazado mi rostro. Acostumbro a imaginarme que alguien puso una mano invisible sobre mi cara y la desplazó como mantequilla a medio derretir. Puede ser que el rostro me lo hayan estropearon las noches de desvelo, pero en ese caso la culpa la tendría yo y no se trata de eso. Ya no. Ahora es un niño imaginario aprendiendo a patinar en una pista de hielo, diciéndole a su madre que no se preocupe, que no se va a caer, y entonces el niño resbala y el accidente cobra vida sobre mis facciones. Los derrapes en las carreteras sinuosas de algún descenso de algún monte ficticio en Japón, en mi rostro, en el trayecto del entrecejo al labio inferior. Me ven en la casa del Señor persignándome con los dedos en cruz, desplazados ya no en línea recta porque mi nariz accidentada no lo permite. Dios debería apiadarse de mí y arreglarme el rostro. Alguna organización benéfica que repare rostros a domicilio. Un filántropo buscando a quién donar el millón de pesos que le sobra, que a los ricos se les pierde el dinero entre las nalgas. Al menos cien mil que me den. Si es el millón me pago la reconstrucción facial; si son cien mil dejo mi trabajo y me lo gasto en alquileres de doce mil, comidas frugales, salidas a museos privados, a restaurantes con reservación, cocina fusión, esa no la he probado, y cuando se me acaben los fondos me suicido. Ahora sí que sí. ¿Qué otra cosa hago con un rostro tan irreconocible? Hasta cenar me da pena. Mojo el pan en la leche y pienso que es mi rostro, inflado, hinchado de sangre, saliva, mocos. Pasarme alimentos húmedos me asquea. Hundo los dedos en mis sienes y siento blandos los huesos, lechosos. Tengo una cabeza de plastilina que chorrea saliva al dormir y deja la almohada blanca. Y cuando levanto esta cabeza parece que de plastilina transmuta a piedra y termino pensando que mi cabeza es como un globo de acero. Eso es, mi cabeza es un globo de acero inoxidable que debo balancear en una cuerda floja mientras cruzo con ella las cataratas del Niágara. Si no piso bien seguro que me gana el peso y caigo al suelo. Dejaría un agujero enorme. En el noticiero dirían: Favor de no tirar asteroides sobre las banquetas. Favor de no atar globos de helio a corazones arruinados. Favor de no intentar cruzar el Atlántico en tiempo récord con un globo aerostático si no son Poe. Si estuviera así de alto no me importaría no ser Poe, haría el recorrido. Llegando a la mitad, antes del descenso, me lanzaría para ver si mi cuerpo golpea el suelo antes que yo. A ver si me quedo afuera. Así me robo el cuerpo de una paloma y me dedico a asolearme en las cornisas de los mercados o de plazas donde la gente tire migas de pan seco. Si desde el tercer piso las vistas fueran las que se ven en avión, dejaría mi cuerpo abajo, muerto en el suelo, y yo me quedaría a ver cómo despierta y duerme y despierta la gente. Volaría de cornisa a cornisa en tiempo récord. La sangre del cuerpo seca en la morgue. Viajar de ciudad en ciudad. El vértigo de un despertar abrupto, de agacharse y que duela la cabeza al levantarse de vuelta. Agacharme hasta llegar al infierno de Dante y levantarme más rápido que mi cuerpo y dejarlo ahí, pudriéndose, en el cachito de cementerio bajo mi balcón.