Si las personas pueden avanzar en una sola pieza es porque saben tragarse sus malestares. Cuando sobreviene la llamada de peligro inminente, cuando debes escapar de alguna u otra forma y ya no hay más camino donde echar los pies, entonces es cuando debes saber cómo se traga un malestar.
Primero lo primero, palpa la textura de tu malestar: ¿es poroso?, ¿denso?, ¿áspero? Agrega agua y vuelve a palparlo; repite hasta dar con una consistencia arcillosa. Para el siguiente paso debes haber practicado de niño con la plastilina, requieres dedos hábiles porque dotarás a tu malestar de una forma comestible. ¿Te gustan los árboles?, ¿quizás los gatos?, ¿y las lunas? Cuando se vea apetecible, y si de verdad no tienes más camino donde echar los pies, sube la figura a tu palma y llévala a tu boca. No muerdas, solo pasa con la lengua y deja reposar en tu interior.
Una vez en tu estómago, el procedimiento tarda algunos minutos o años en finalizarse, es decir, en olvidarse, porque cuando se olvida es cuando ya no existe, y da igual si te lo tragaste o si vino alguien y te lo quitó o si lo vendiste a otra persona; cuando ya no está, no está, y puedes, de nuevo, caminar.
(A modo de referencia, la complejidad de este procedimiento viene determinada, principalmente, por 3 factores: la magnitud del problema, las circunstancias inmediatas y el temperamento y experiencia del operador. Uno de los efectos adversos más reportados es el vómito posterior, aunque aún se debate que esto no se deba, acaso, a una técnica pobre).
Así, la próxima vez que veas una persona caminando sin que se le caiga un brazo o una pierna al suelo, sin que pierda los dedos en su andar, sin que vuelen sus cabellos, sin que ceda su cuello y ruede su cabeza, comprenderás que esa persona sabe tragarse sus malestares.