Ser conjuntos en un diagrama de Venn. Ser intersectados e intersectarnos. Platicar hasta que llega la hora, luego quitarse el diagrama, ponerse la cobija y encontrar que no queda más bajo la cobija, porque es verdad: no queda nada debajo. No sobrevive sino una noche que olvida lo que somos. No más diagramas de Venn. Y, sobre algo o no, se vive al mismo ritmo y se despierta a la misma hora. Se quiera o no, se piense o no, se sienta o no, se llega siempre a tierra firme, al punto tan familiar de equilibrio: una especia de homeostasis, de autoestabilización involuntaria.
Programados para envejecer pase lo que pase. Vivir por costumbre. Pensar que se vive por costumbre.
No me gusta la costumbre. Pienso en las parejas que siguen juntas por costumbre: mejor separadas. Mejor seguir andando el desierto en busca de otro diagrama de Venn, de otro conjunto que clave su ser en mí, como la crucifixión de Cristo. Mejor la muerte y el renacimiento. Mejor tirar las sobras de la comida. Mejor tirar el acompañamiento al que no le encuentro gusto. Mejor desechar lo que no me intersecta. Mejor en la basura. Todo a la basura. Y equivocarme: se siente bien equivocarme, haber cometido un error de juicio, el hormigueo que me llena el pecho al saber que yo pago los platos rotos porque es mi vida. La vergüenza y las ganas de escapar que se agitan y contradicen al envejecimiento programado. Se siente bien la crucifixión como insurrección.