Cuando te odian, cuando alcanzan su punto crítico, no eres para ellos más que un trozo de carne sangrante; carne insensible, ridícula, ruidosa. Si les fuera sencillo terminar tu vida, estarías muerto. Si bastara con presionar un botón, habrías muerto tantas veces. Pero si estás leyendo esto es que, quizás, aún vives, porque el odio no puede sostenerse eternamente y se calmaron. Todo está bien, la vida sigue. Una disculpa, dos, tres. Lo entiendes, son problemas de ira, pero sabes que tocaron el botón en su mente y sigues muerto. Las personas no reviven. Tú no revives. No puedes revivir aunque lo intentes y digas que estás vivo porque te queda sangre, pero duele como si lo estuvieras. Abres la boca para gritar cualquier cosa y se te llena de tierra que antes no había. Quisieras moverla con tus dedos, pero quizás ahora sí mueras mañana, y recordarlo te entierra más hondo, te colma de lodo la boca, te asfixia, y no puedes mover un solo dedo porque vas a morir mañana y no existe manera de nadar ese pensamiento. No puedes; no cuando eres fácil de odiar y de asesinar. Buscas soluciones para descubrir que tus dos opciones son la misma: seguir sufriendo o morir; ninguna marca diferencia. No tenías solución, pero está bien, deja al río correr; que te quiebre las extremidades si hace falta, pero déjalo ser y respira. De nuevo, respira. Cuando respiras hondo todo está bien. Infla tus pulmones así sea de tierra y controla la exhalación: debe ser gradual, sin descargas bruscas, como un soplido coordinado. No los cuentes, solo respira. Y que nadie te escuche, porque este es tu pequeño y único tesoro sobre el que nadie tiene palabra. Tu última respuesta. Mientras tu piel, temerosa de morir contigo, se eriza hasta doler, pide perdón y respira otra vez.