Y si voy a la iglesia y rezo que no mueras, ¿me querrás más? Si escribo una grandiosa hazaña a tu favor o creo una metáfora original de tu hermosura, ¿me querrás más? ¿Te moverá el corazón decirte que busco tu querer? ¿O lo pensarás raro? Porque es así; aún no te cuento la otra parte: por ti iría a una casa de brujería a comprar tu amor; te robaría un cabello para armar un amuleto de la suerte; grabaría tus ronquidos y los esparciría en el mar. Por tu querer, hasta de tu ser te despojo y te vuelvo un personaje más en otro de mis escritos. Es que me he dado cuenta de que a toda la poesía le faltas tú. ¿Crees que esto sea desconcertante?, ¿aún tengo remedio?, ¿sigue siendo posible quererme? Y es que tampoco conoces mi fantasía fallida: en la misma iglesia recé nuestras muertes para renacer juntos. Para que pensáramos lo mismo y habláramos el mismo idioma, y nuestro cuerpo fuera el mismo, y nuestros sueños coincidieran, y nuestras risas fueran compartidas. ¿No te parece esto raro? Porque lo es.

Por desgracia, hace tiempo sé que de amor no moriré. Pero en otra vida te lo hubiera pedido: Vámonos de aquí. Dejemos una vida atrás, que adivinen nuestros pasos quienes puedan y premiémosles con nuestras tristezas caducadas. Dejemos atrás piel y hueso, que se lleven cuanto quieran, pero nosotros escapemos. Nosotros vámonos.