Dice que no quiere ser como el padre. Es tarde para no querer. Las venas de las manos ya son las mismas y se propagan por los brazos. Las voces comienzan a parecerse. De los pensamientos no se sabe aún. Lo que está claro es que la enfermedad del crecer no detiene su ritmo y se propaga más cuando no se mira al espejo (porque frente al espejo nada crece). Es cuando duerme que amanece la voz ronca y tan pesado el cuerpo y piensa, antes de retomar consciencia, que prefiere quedarse mudo antes que escucharse. Mudo y muerto en la cama, apenas cobijado. Así siempre.
Dice que no quiere ser como el padre. Lleva años diciéndolo, eso es lo malo. Encontrará un día que lleva años luchando con lo que no se puede luchar y será tarde para no querer. A la vida se le quiere ingrata o se sigue sufriendo. Esto lo sabe. Sabe lo de respirar el dolor para matarlo en los pulmones. Sabe llevar para los adentros las penas dispersas por el cuerpo, porque lo que muere adentro duele menos.
El cuerpo del padre tan vivo y el suyo tan muerto de adentro y aún así parecidos.
El padre es un buen hombre. La madre es una buena mujer. Aún así algo está tan mal. Si existe solución, debe existir aquí, porque todas las vidas que le sean regaladas serán de igual modo estropeadas. Si hay forma de vivir, debe vivir ya, antes de enfermar más. Desprenderse del molde, echar por tierra lo caminado, reaprender a caminar y caminar hasta llegar a la otra vida y las otras circunstancias que hoy no conoce. Necesita saber cómo se siente vivir así. Ese saber constituye el último salvavidas.