I

A la noche le faltan catorce lunas cuando estás encorvado. Descubres tu velo de sueño, te sientas en la cama, las piernas recogidas, la cabeza hundida. Pareciera que no te has movido en toda la noche. ¿De quién te ocultas? Te veo de espalda, desnudo, y sé que naciste ese preciso momento. No hubo noches antes de ti, no las habrá después. Eres anterior a cualquier nacimiento y desde entonces no has muerto. Es mentira el cielo de una luna, engañan a las personas para que no te busquen ni digan lo que digo ahora que te encuentro: que cuando cae la noche, descubro otras catorce lunas alineadas verticalmente en tu espalda… ¿Duele mucho?

II

No sabía que se iluminaría de un naranja tan tibio. Fuiste una llamarada violenta, casi fatal. Luego las ascuas que aún arden al atardecer. Te sentaste enfrente mientras mi corazón divagaba jugando a enamorarse, cuando algún sol inclinado alumbró con su color el lóbulo de tu oreja. Lo demás se dio por instinto. Apartar mi mirada se dio por instinto, por temor de sentirte tan cerca y tan ajena. Si dolió fue porque afuera del camión esperaba una mañana fría, afuera de ti hacía frío. Mi único remedio fue entregarme a merced de un sol bajo tu oreja. Y si sobreviví fue solo porque al otro lóbulo aún lo cubrían tus cabellos castaños.

III

Esta compatibilidad la rige la suerte; los cabellos sueltos no van a juego con todos los cuellos. Tu caso fue de esos donde la suerte brilla dos veces: la primera para ser hermosa, la segunda para ser vista hermosa. Te vi bañada de suerte. Algunos de tus cabellos aún dormían en el cuello de tu abrigo, otros se despertaban a la luz de un cielo de verano imaginario, y lo últimos, perdidos en tu nuca, pedían indicaciones: ¿dónde se erige la oreja?, ¿dónde descansa la espalda?, ¿cuáles senderos llevan a los hombros? En tus senderos transitaban los pequeños, los apenas nacidos, y los ancianos ya caídos por sus años. Los había mirando al este y al oeste. Libres y tímidos. Feroces y reservados. Rebeldes y compasivos… Todos dos veces hermosos.

IV

Pienso en una madriguera, luego en tus omóplatos. Desconozco si tus omóplatos vienen de una madriguera y ciertamente no quiero una para nosotros. Estamos bien así. Está bien vivir y morir, llegar e irnos a las prisas. Pero antes de partir acostúmbrame a ti. Dime qué dicen tus latidos cuando apoyo en tu pecho mi cabeza. Enséñame a pronunciar tus respiraciones. Cántame el sonido de tu piel frotada en mi piel. No necesito una madriguera, te quiero a ti. Y cuando mueras te pido tu omóplato. Déjame el derecho. En noches de insomnio quiero recargar mi oído en él y dormir con tus historias, y si yo muero antes, te prometo el izquierdo.