Cuando caen rayos soy famoso. Veo los flashes por la ventana, los paparazzi, me siguieron a casa. Pienso que cometí un crimen que la ciudad necesita conocer y no quiero decir. ¿Es que me robé un pan?, ¿será eso?, quiero decir, comprar dos y robar uno. Si fuera uno no importaría. Basta decir a la cajera: Disculpe, ya lo dejo donde estaba. Entonces el delito se arregla y me marcho a casa. Las disculpas revierten injurias. Perdón por lo que te dije ayer, no es lo que quería, te dicen, y quedan inocentes. Una fuerza ajena, absoluta, sin consultarte los declara inocentes y cierra el asunto y deja de importar si te sigue doliendo que te hayan mentido y te hayan usado como juguete antiestrés o vertedero. ¿Ahí qué te queda? Buscas material en tus memorias para incriminarlo una segunda vez, pero solo recuerdas lo que te contó de su madre, que lo dejó cuando niño, luego lo de su padre, y sus desamores tempranos, y quieres sentir pena por él pero descubres que ya no puedes: está muerto. ¿Te ha pasado? ¿Has matado sin saberlo a alguien declarado inocente? ¿Y te ha pasado que le miras y te preguntas si esa persona estuvo viva? Quizás los paparazzi saben de estos cadáveres. Y quizás saben que guardo una cama muerta, una cama insoportablemente inerte que no se mueve ni respira. Tan muerta como las paredes de mi casa de pintura blanca que comienza a ceder, como las prendas sintéticas que esconden mi piel. Qué despropósito intentar la reanimación en una cobija, lo sé yo. A veces escribo esto en mi diario, pero él también está muerto, y cuando miro al cielo es de concreto y las calles son cables y la ciudad un enorme electrodoméstico comunitario. Es absurdo consultarlo con el bolígrafo, por eso te pregunto a ti: ¿crees que la ciudad haya estado viva antes de morir? Si lo supiéramos, podríamos sentir algo de tristeza y podríamos curarnos. Tristeza en lugar de los trazos sueltos que quedan tras intentar borrar un poema, en lugar de las arrugas sobre la hoja desdoblada. Porque hay poemas que no caben en el basurero, y en el mar, muy adentro, hay marejadas que nunca se calman. The sea was a part of him. Me queda claro que solo el arte sobrevive a la muerte, aquel gestado para comerse, para ser desfigurado por los dedos del espectador antes de ser tragado. Yo también tengo los dedos manchados: los dedos manchados, el estómago lleno y estoy en caída libre. Pero el fondo no se ve y el descenso continúa sin pronóstico. ¿Conoces esa situación de olvidar una palabra y estar a nada de recordarla?, cuando la tienes sobre tu lengua tras una larga persecución mental y te decides por dar el salto y verbalizarla, pero entonces se te aleja un poco más, y la sigues, y vuelves a saltar, y vuelve a alejarse, y cuando miras atrás descubres que no sabes dónde estás parado, que has avanzado mucho y no conoces ya las calles ni a las personas y nadie se detiene a preguntarte qué haces ahí, sentado en el cruce peatonal… Es porque sigo esperando. ¿Sabes?, un escrito solo está terminado cuando alguien más lo lee, hasta entonces es solo un borrador aún desechable, sujeto a infinitas modificaciones; es cuando habita la mente de otra persona que realmente existe y solo entonces vale la pena haberlo escrito. Yo sigo esperando.