No espera nadie adentro de los huevos que desayunas. Nadie con un estetoscopio en tu espalda escuchando tus respiraciones cuando termina invierno sin nevar y piensas: Quizás necesito un cambio de aires. Quizás en Europa nieva. En las regiones bajas de Chile y Argentina definitivamente caen copos del tamaño de una cabeza, y más abajo hay pingüinos. Arriba de ti Canadá, bosques, alces de película. Lagos de aguas cristalinas hay en muchos lugares del planeta. El agua que bebes no viene de ahí. Los hilos dorados con que bordaron tus cortinas no llegaron de ningún palacio celestial. Todo lo que tienes te ha venido de ningún lado y viaja contigo a otro ningún lado. Vas caminando a ningún cofre, a ninguna corriente de aire comiéndose tus cenizas y vomitándolas por calles sin nombre. A partir de cierta edad te cuidarás de los movimientos bruscos, evitarás los mareos, te cuidarás del sol, y cuando llegue el día envidiarás tu última vela de cumpleaños: más ardiente que tú, más resistente ante la calamidad de un niño soplando.