¿Recuerdas la novela que estoy escribiendo? Si no es así, discúlpame, pero de cualquier manera hay algo que quiero decirte al respecto. Es sobre Alicia. Se me ocurrió esta mañana y no he podido dejar de pensar en ello. Repito el escenario en mi mente. Se sitúa cronológicamente antes del incidente del río. Alicia conversa con Leonardo bajo el puente y, en algún momento cuyo disparador aún me debato, le confiesa que en su planeta de origen no existen las personas tristes:
[…] porque nuestra resistencia biológica no se compara a la humana. Te asustaría conocer la tasa de muerte por carencia afectiva. […] Es biológico: una conexión fisiológica con los sentimientos. Nuestro organismo se atrofia cuando percibe carencia afectiva. Mi tío murió por lo mismo cuando su esposa falleció. Antes de aquello, es decir, cuando vivía aún en pareja, mi tía (su hermana) le recomendó tener hijos, ya sabes, como respaldo afectivo, una práctica común allá; pero él nunca hizo caso. Con la muerte de su esposa, no le quedó más que soledad y desamor. […] no existen las personas tristes porque no pueden. Cuando el cuerpo presiente una tristeza indigerible, se atrofia como mecanismo de protección. Dicen que es doloroso el momento en que el corazón se rehúsa a bombear más sangre, pero después de eso hay paz. Es como si un dios se apiadara de nosotros y nos rescatara cuando estamos en el precipicio. Cuando no queda nadie que nos quiera […]. Leo, ¿tú nunca vas a dejar de quererme, verdad que no?
Perdón si te importuno con estas cosas, no tengo a quién contárselas. Quisiera contarte más, pero a veces siento que estoy parado sobre hielo y estoy a punto de quebrar algo si sigo hablando de manera insolicitada. Solo pido, por favor, que no me odies. Me da igual la falta de querer, pero no eso; el odio es fatal. Nunca me odies.