Es hipotético, absurdo, pero te pido que por favor imagines lo siguiente:
Podrás cambiar de identidad si miras la luna a las 23:31. Si es la hora y alzas la mirada, dejarás de ser tú y comenzarás una nueva vida en el cuerpo de otra persona que también haya decidido mirar la luna en la hora designada. Será un intercambio. Piensa que será por piedad que miras a la luna: piedad a ti y a esa otra persona. Absolución de la mucha vida que arrastras. A las 23:31 puedes redimirte y redimir a la otra persona. Se trata de romper la falsa reciprocidad de vivir una vida que te escoge a ti como vehículo de trascendencia, aceptar que tu apego es condicional y puedes cambiar de vida cuando te apetezca. Algo se invierte muy adentro de ti cuando lo haces, pero está bien, es una reacción natural. Los vellos erizados son una reacción natural.
No, ¿sabes qué?, olvídate del intercambio. Piensa solo en ti. Piensa que alguna vez fuiste un bebé: te alimentabas del seno de una madre, dormías bajo supervisión, unos cuidadores velaban por tu bienestar, tu deber era seguir creciendo. Todo estaba bien, porque se supone que el manto de la inocencia salva al recién nacido de cualquier defecto. Ellos, inmaculados, se salvan; tú no. El problema es que no puedes volver atrás, solo puedes saltar a otro vagón.
No, no, olvida el escenario, es inútil. Estás condenado a ser tú y solo tú por lo que dure tu vida y ninguna luna te quitará eso, pero quiero que me digas si no se sentía mejor cuando no lo sabías. ¿Nunca has pensado en la existencia imaginaria de un botón que, al ser tocado, te permita volver a aquel momento de tu vida? Volver a empezar de cero. O sencillamente cambiar de identidad: mejor, peor, ¿qué importa? La promesa de otra vida donde no seas tú, eso te aliviaría. Que un clon tuyo continúe tu vida y que a ti te dejen libre, por piedad. Que haga lo que ya haces, que ame y odio lo mismo que tú, pero que a ti te perdonen. ¿Te gustaría tener un clon?
No, tampoco es eso. Olvídalo todo y permíteme reformularlo de nuevo.