Eres músico y lo has olvidado. Te enseñaron los mejores. Aprendiste siendo solo un bebé, cuando tus padres te tomaban en sus brazos y sentías lo que ahora has olvidado. Y cuando era tu cumpleaños y te llegaba el beso y el regalo y la comida. Es eso. Esa sensación que, aunque tímida, sigue llegándote hoy. Lo que escoce dentro de tu caja torácica, justo por debajo del corazón. Late tres centímetros adentro de tu pecho. Recuérdalo, por favor. Recuerda la música que aprendiste. Y recuerda cómo sonreían cuando te tenían en brazos y jugaban contigo y te hacían cosquillas. Cuando los demás sentían el mismo escozor debajo de sus corazones. Por ti. Cuando lo hacían por ti, por oírte tocar. Haz un esfuerzo, por favor. Tu memoria está cubierta por mucho vivir, pero debes encontrarla. Busca debajo de tu calzado lustrado, más por debajo de la hora que anotas cuando llegas al trabajo, aún más por debajo que tu aburrido reloj de muñeca. Lo tienes. Acuérdate de las notas de las vacaciones de verano, los tonos y semitonos de bajar las escaleras en Navidad, la escala ascendente del primer beso… Acuérdate de que eres… No, lo has olvidado. Es inútil.