Me lo contó hace unas dos semanas:

Como otras mañanas, recorría la playa. El sol desnudo, el viento salino, el bochorno, y todo eso. Y también un agujero de unos cuarenta centímetros que nunca vio y que lo hizo tropezar. (Refiere que era un camino terrizo, será por eso que no lo vio). Tras su caída, y aquí viene lo curioso, percibió más hoyos a su alrededor, y de uno vio asomarse un topo. Un topo de verdad.

Entiendo que esto a ti no te parezca la gran cosa porque no conoces a esta persona, y quizás no hay nada que pueda decir para contagiarte la emoción que el fragmento anterior me genera, porque lo que te cuento es una anécdota de segunda mano. A ti no te pasó, es entendible. Tampoco a mí me pasó, pero escucharlo de primera mano me otorga el permiso de creer que sí. Que él lo hubiera visto es como si yo lo hubiera visto y como si, de alguna manera, se me permitiera creer formalmente, más allá de fotos, videos y artículos digitales, en la existencia de los topos. Los de verdad.

Ya sé, permíteme rehacer la anécdota para que tú también puedas creer en ellos.

Hace dos semanas, como suelo hacer cuando el sol aún ilumina tenue y tímido por el este, salí con mi calzado deportivo y mi chamarra cortavientos a recorrer la playa. Ya sabes, el viento que carga olor a sal, el bochorno húmedo, esas cosas. La cosa es que tropecé con un agujero de unos cuarenta centímetros. No lo vi, la tierra reblandecida por la lluvia es engañosa. Me quedé a examinarlo un rato y descubrí que lo rodeaban varios agujeros similares, y créeme cuando te digo que de uno asomó la cabeza un topo. Uno de verdad.