Vas tarde. Vas siempre tarde. No por retraso, sino por falta de tiempo, por eso vas tarde, porque te falta el tiempo para pensar. Vas tarde a morir. No te confundas, no se ha vuelto a posponer tu fecha de muerte, es que morirás el día designado pero estando tarde. Estás condenado, así son las cosas, y ahora estás tarde. Seguramente entiendes. Necesitas entender. Escoger asirte de la muerte es, en esencia, un proceso tan sencillo como lo es el escoger una camiseta por encima de otra; ambas opciones nacen de un análisis que se vuelve respuesta y se afirma y ejerce. El problema con la muerte es que nunca alcanzas a evaluarla en su entereza. No has muerto antes, ¿cómo conocer la sensación? Ni siquiera eres capaz de conocer el futuro potencial que deshechas con tu muerte. Por más que te imagines su peso destruyendo tus hombros, sabes que no se pueden sentir los días que aún no llegan, y me atrevo a decirte que tal es tu verdadero problema: te fue ocultado tu futuro. No puedes ver enfrente y estás a tu suerte en un salto de fe; tal es tu segundo problema. Y el tercero es que no tienes tiempo, debes saltar ya, antes de que te vuelvan las ganas de vivir.

Entiendes ahora que la falta de tiempo te habrá imposibilitado considerar plenamente la situación antes de morir. Imposible adivinar si te llegará algún amor como una panacea, si un departamento con un balcón de buenas vistas para ver los atardeceres es todo lo que necesitas, si acaso te espera un día de suerte donde una mínima acción produzca una especie de reacción en cadena que concluya con una vejez satisfactoria. Tienes prohibido saberlo. Prohibido también saber si acaso los demás tienen razón y todo esto es pasajero. No se te permite descubrir que, solo quizás, las cosas no estén tan mal y terminar viendo tu situación desde una posición que hoy te resulta extranjera.

Ojalá pudieran entender esto los demás. Ojalá comprendieran lo que ni tú puedes.

Y sigues pensando (quizás tu cuarto problema), piensas hasta que te llega el terror del extremo contrario: podrías tener tú la razón. Podría ser que realmente tengas que escoger y actuar tu decisión. Qué dicha no poder saberlo, ¿verdad? ¿Verdad que te alivia no saberlo todo? Aunque te ganes la etiqueta de ignorante, y aunque la etiqueta permanezca sobre tu cadáver en descomposición por haber tomado una decisión irreversible haciendo hipótesis que bien sabes frágiles y arregladas a conveniencia.

La verdad es que quieres morir antes que cualquier cosa. Te da igual si tienes la razón, pues cuando la has tenido, ¿de qué te ha servido? ¡Ah!, para qué recordar. No tienes tiempo. Vas tarde. Tienes que rendirte ya. Trágate todo sin masticar, todo el asco de un último bocado. No veas.