Mírala, qué extraña mi mano. Mírala bien: está hueca. Y mira mis dedos… Mejor dicho, esparcida: mi mano está esparcida. Distancias inmedibles separan los dedos de mi mano izquierda. No inmedibles, más bien impronunciables. Escogieron manifestarse en tiempo y sé que a nadie le alcanza la vida para precisar cuánto han ido separándose entre sí mis dedos. Son grandes decimales anteriores a Dios, mas no infinitos. Míralos bien, mis dedos… Creo que falta uno. Contando desde el meñique, me falta un dedo entre el segundo y el tercero; es donde más distancia hay. Necesito seis. Falta uno. Pero mira mi brazo. Ese sí que está vacío, hueco: mi brazo. Ese sí que sí. Siéntelo. Siéntelo bien y dime si no es gracioso cuán liviano está. Pero fíjate bien que no hay nadie dentro. Le falta más aire. ¿Quién puede hacer una vida en un brazo desprovisto de oxígeno? Recarga tu oído y mira si no lo inflaron bien. Me falta aire en el brazo. ¿Sabes dónde los inflan? Tú debes saberlo. Solo un poco, tampoco necesito mucho. Un poco, y otro poco de dedo. Solo poco, por favor. Por favor.