Los recuerdos de esta familia me llegan bajo circunstancias muy particulares. Debe serme visible el tono de las manchas de grafito mal borradas, como cuando las nubes quieren llover y no cae nada. También debe sonar el ruido a motor detenido por semáforos.

Ahora que están todos muy detenidos voltea el niño a ver al perro, presiente que algo tiene porque está inquieto. Debieron habérselo dado otros dueños hace algunos años; se sabe cuando son de otra casa. Recuerdo los ojos tristes que pone cuando sospecha que lo dan a otra familia en otro carro. La respiración que busca agotarse el oxígeno cuando el hombre lo sube al auto con el niño e intuye, en su pensar animal, que nunca los verá otra vez. Parece llorar a pulmón abierto, pero es solo el sonido, solo los sollozos sin lágrimas. La hiperventilación se suma. El niño nunca piensa que le regalan el cachorro, sino que lo está robando, y aunque quiere disculparse no habla. Le dice el hombre que a los dueños les falta el tiempo para cuidarlo, que por eso lo aceptaron y no hay forma de devolverlo. De esto harán dos años. Ahora el perro es suyo y ha aprendido a lamer su mano por las mañanas y a mirar a la familia como pidiendo algo. Parece a veces que aún intenta llorar apoyando su cabeza en las piernas tendidas del niño.

En estos momentos la familia viaja a las islas polinesias en un sedán en un tráfico que sugiere retraso. Conduce la mujer, ambos manos al volante, su mirada en las hileras de vehículos detenidos que la separan de las islas. En el asiento del copiloto duerme el hombre a sus anchas, soñando lo que sueñan los hombres de oficina que hacen horas extra. Al otro extremo, en la cajuela, el perro mirando por la ventana. Sentado en la hilera intermedia el niño mira al perro y medita si su inquietud es hambre, sed o nervios. No le falta saberlo. Tampoco la mujer necesita desviar la mirada para advertir el ralentí de los camiones de doble remolque a su costado izquierdo. Toneladas de metal prensando la autopista.

El perro desconoce que viaja a las islas polinesias. Al hombre le son ajenas en su sueño. El niño tiene la posibilidad de conceptualizar islas semejantes si antes de partir sus padres se las describieron. La mujer en cambio lo sabe, pero piensa que viaja sola.

¿Cómo se ve un perro en la arena? Alguien de la familia lo piensa. Uno de los tres se imagina la arena húmeda reflejando el sol y las nubes confundiéndose. Algunas voces infantiles recorriendo la orilla mientras gritan que encontraron un tesoro. Eso necesita la mujer, al mar y a sus toneladas sosteniéndola sin esfuerzo, sobándole los cansancios con sus ondulaciones.

El niño ya no juega al tesoro. Está en esa edad en que se hablan de valles y mesetas en la escuela. La cordillera, la colina, la llanura. Lee el libro y memoriza que los valles tienen forma de V cuando el agua los moldea o de U cuando es el hielo de un glaciar. En su muñeca cuelga una pulsera de silicona verde. Le gusta el color, será porque le recuerda lo anterior; donde él vive no hay eso, y si lo hay, está cubierto de gris, de calle, de ciudad que se hunde cuarenta centímetros por año mientras los edificios suman pisos. Las islas polinesias no se hunden, ¿se lo habrá dicho la mujer? No lo recuerdo. Hablaron de ello, pero no lo recuerdo.

De esto el hombre parece que ya no se preocupa. Pienso en su escena que me llega repetida: comienza la noche, llega a casa y en el porche acaricia al perro. Después se acaba cualquier interacción del hombre. De la casa no tengo muchos recuerdos, dónde trabaja tampoco lo sé, pero sube siempre la misma banqueta a casa y repite el mismo gesto de caricia. Al hombre le pertenecen también los recuerdos del niño corriendo de los perros hambrientos de la calle. Él en su bicicleta, respirando tan veloz el aire, con una manada despierta a su espalda. Si en verdad es él, en ese tiempo no conocía a la que sería su esposa. Llegaba a casa aún de día y su vida era el taller mecánico de su padre que nunca pagaba las cuentas y la cocina de su madre para siete hermanos; luego no había más mundo. Es como si al crecer se hubiera disuelto en una solución insípida. La ciudad lo masticó y lo escupió adulto. En esta escena la ciudad lo mastica cada día y él regresa adulto a casa, de noche, para acariciar al perro antes de volver a dormir.

Hace tiempo que el hombre de oficina dejó Querétaro y a veces vuelve. El pasado agosto fueron a visitar a su familia, así que este agosto debió escoger la mujer. Tuvo que ser ella quien planificó el viaje. Por idea suya van a las islas polinesias. De la mujer en particular puede decirse, mirada con atención, que genuinamente ama al hombre y genuinamente intenta amar al niño. Lo intenta. Ella sabe que lo intenta a diario aunque él no le responda. El viaje seguro que es otro intento suyo. Debe ser ella quien organiza y calendariza porque nadie más lo hace. Es ella la que en algún tiempo viajó a la capital para trabajar y se enamoró del hombre y tuvo este hijo que le hizo dejar el trabajo para prestarle atención. Y darse cuenta, luego, de que su enamorado empieza a llegar una hora más tarde sin explicación y que su hijo responde cada vez menos como si ella estuviera muda o fuera invisible y nadie supiera el sacrificio que ella hace. La mujer sabe que es un sacrifico. Y así una madrugada se le ocurre ir en familia a las islas polinesias para arreglar la situación y la idea de llegar es lo único que la consuela. Pero ¿por qué cuando la mujer escoge hay tanto tráfico?

A su lado el hombre sueña que camina. Es un sueño recurrente. Piensa que si alguien midiera los pasos que ha dado contaría treinta y cuatro años, quizás treinta y cinco. Sueña el hombre que camina sin retorno a quién sabe dónde. A los diecinueve dejó la casa de su familia, a los veinticinco se casó y ahora cuenta treinta y cuatro. Haciendo sumas, el hombre sueña que le faltan años, y esto quizás no lo sabe cuando está despierto. Sueña también que nunca ha tenido gatos y se pregunta si hubiera sido muy distinta su vida si de niño sus perseguidores hubieran sido gatos, no perros. Si él pudiera seguro que fundiría al perro bajo el sol y le daría la forma del gato que solo puede imaginar. Solo por saberlo, por descubrir que quizás es una persona de gatos, aunque luego lo olvide al despertar. De la misma forma es fácil sospechar que el hombre ha descubierto lo mismo en múltiples sueños a lo largo de estos dos últimos años y que nunca se lo ha contado a su esposa.

Recuerdo ahora a la mujer sentada en el respaldo de la cama matrimonial; la cama tendida, las cortinas abiertas, las sábanas blancas, la mujer de blanco. Está sola en la cama matrimonial con el teléfono en la mano y pide disculpas a su madre. Le dice que la visitará pronto. Modula su voz para no quebrarse durante la llamada. Escucha a su madre tan cerca y la casa vacía. Están el hombre y el niño, pero uno trabaja y el otro tiene escuela y es así siempre, y cuando la mujer se lo dice, el hombre le responde que no quisiera discutirlo otra vez. La mujer se muerde las uñas sobre la cama y no sabe hacia dónde hacerse si cuando ellos no están quiere volver con su madre y cuando están le avergüenza lo que pide. Necesita un descanso en el mar con el niño.

El niño mantiene la mirada atrás, al perro, y más atrás, por la ventana trasera, al tramo de asfalto recorrido y los vehículos en cola. Ninguno de los cuatro hace ruido, pero el niño viaja más callado. Puede que no haya hablado desde que tuvo su desayuno y uno de sus padres le preguntó si estaba listo para el viaje o algo por el estilo. Puede que no haya respondido incluso. Es porque tiene aprendido cómo descomponer su voz en un conglomerado de sonidos individuales, primarios, y cuando habla, influenciado por este aprendizaje, escucha de su boca solo los ruidos sin significado. Muchas de las memorias del niño consisten en esto y lo evidencian más cuando repite lo que otros dicen para diluir su vergüenza con la multitud o cuando habla solo y nadie lo escucha. Son los mismos ruidos que hace al comer. No le gusta. El padre llega del trabajo muy cansado para estas cosas y la madre nunca entiende. A veces lo intenta con el perro porque él no necesita entender su habla y el ruido es suficiente. Por lo mismo no responde las preguntas ni del hombre ni de la mujer, y esas preguntas que no hallan respuesta las tengo olvidadas, pero sé que hay alguna sobre las islas, uno de los adultos preguntando algo del viaje… No hace falta recordar lo que no se puede.

Estas memorias me llegan por acumulación. Para esclarecer la naturaleza del fenómeno, diré que algo similar me ocurre cuando detengo mis ojos en los autos sin saber que los sigo viendo y de repente me llega el entendimiento de que la cuenta ya va en 103 y sigue el 104. Hay cuentas ascendentes que se gestan en mi ausencia y yo les doy vida cuando es mi turno de recordar y luego decir que la familia sigue viajando. He juntado tantas memorias y en ninguna recuerdo la parte en que descienden del auto. Es más, nunca recuerdo que reanuden la marcha. Nunca gira ninguno de los miles de neumáticos de caucho caliente. No hay descenso del auto ni abordo de ningún avión o barco o cualquier otro medio de transporte que los pueda acercar más. La imagen se detiene en el tráfico como una fotografía urbana y solo queda el perro inquieto (que por su pelaje bien podría ser un Beagle, o un Harrier, incluso un Harrier-Beagle) al cuidado de una familia de tres con destino a las islas polinesias. La mujer llorando al volante. El hombre midiendo en sus sueños. El niño mirando en silencio al perro inquieto. Con destino y a la deriva en una tarde desocupada. A la familia no la conozco. Ni siquiera sé si la carretera en la que viajan es la misma que la mía. Alejando la vista observo un plano aéreo donde todos los autos se parecen, como si hubieran sido serigrafiados sobre la tira de asfalto. Ahí estoy también yo, en algún lado, quizás en el mismo carril. El cielo no tiene nubes, pero al tratarse de una metrópolis pueden adivinarse estelas de avión a unos pocos kilómetros. Quizás uno de estos aviones va al aeropuerto de Tahití Faa’a. Hace calor. El cielo antepuesto a la carretera remarca la apariencia de una tarde calurosa. Creo que es verano.