—¿El más alto? —repetí.
—Sí, el más alto.
—Mmm, la secuoya.
—Es eso entonces, una secuoya. Una gran secuoya.
Lo recuerdo de vez en vez. El cielo naranja, las sombras largas, el parque, él. Él y yo, rodeados de árboles.
Nos reuníamos a especular sobre el mundo: ¿por qué el sol es amarillo? ¿Por qué la lluvia oscurece el cielo? ¿Por qué la luna cambia de forma cada día? ¿Por qué el pasto y la tierra van juntos? Todo eso lo supimos. Llegamos a saber, incluso, que los autos de la ciudad son como gansos emigrando. Él me enseñó que salen de sus nidos por las mañanas para desplazarse en bandada a la tienda, al trabajo, al centro comercial, al estacionamiento, a la gasolinera, y que cuando quieren comunicarse con otros gansos cantan con su claxon.
Alguna vez levantó una piedra del suelo y la colocó en mi palma. Me regaló una piedra. Dijo que los pingüinos hacen eso y me dio otra. Solo pude quedarme viéndolo. Todo el tiempo estuve viéndolo. Podría jurar que lo vi pintar el mundo. Amarillo y verde: pintaba con ambos y solo necesitaba palabras. Cuando pensaba que había terminado, volvía a comenzar. Verlo era quedarse la noche en vela para llegar al final del mundo y descubrir a medio camino que, en algún punto, la noche paró de anochecer y el mundo renació en tonos purpúreos y rojizos y todo vuelve a comenzar. Todo esto se lo dije una noche, él me contestó que lo que le había dicho era como encender una vela de dos aromas.
En otra ocasión, hablando de la vida en general, nos propusimos averiguar la forma que tendría. A mí se me ocurrió que era una rodaja de sandía dulce con esas semillas negras que no se comen y con el final desabrido de los bordes. A él se le ocurrió que se asemejaba más a una deliciosa galleta con chispas de chocolate aún más deliciosas. Luego pensó que, si la vida tuviera altura, sería enorme. Tanto como el árbol más alto que pudiera imaginar, dijo él. Yo pensé que era demasiado y de repente tuve la sensación de que me hablaba desde la copa del mismo árbol. Y la distancia aumentaba mientras él continuaba pidiéndome que pensara en un árbol que nunca para de crecer y ramificarse. Cuando me pidió visualizarlo rozando la luna, sus palabras dejaron de bajar. No lo oía más.
El motivo por el que ningún árbol llega al espacio es la tala prematura, argumentaba él. Pero era mentira. Debió ser mentira que viviera pensando eso. La vida no podía ser una secuoya. Pensé que se engañaba y pensé que yo también lo engañaba al no decirle lo que creía.
Eventualmente creció mi incomodidad. Los momentos en que no lo oía se sumaban. Él seguía subiendo y yo no podía verlo más. Entonces comenzaron mis divagaciones. Soñaba que era un hada del bosque y me encontraba un ratón bonito con su nombre. Soñaba que quería verlo toda mi vida, así que lo llevaba a mi choza. Él continuaba hablando de la apariencia de las ciudades, del nacimiento de los mares, de la sensación de los colores. Yo continuaba soñando que jugaba con ese ratoncito desde que despertaba hasta que dormía. Lo alimentaba, le rascaba su panza, lo acariciaba. Entonces me sentía peor. Mi incomodidad se tornaba en culpa porque nunca era yo un ratón, solo él. Yo era el hada que vivía en una choza en el bosque, y él era el ratón que vivía con el hada que vivía en la choza de aquel bosque.
Todo era falso, claro, pero eso no lo hacía mejor. De alguna forma lo condenaba. Y luego salía de mis sueños y volvía a escucharlo por momentos, entonces descubría que me sentía aún más miserable porque en algún punto había dejado de creerle y nunca se lo dije. La vida no podía ser una secuoya porque no se trataba de ramificación ni de amplitud ni divergencia, sino de reducción y constricción. Es dar un paso y ver que se cierran dos. Resbalar, caer al fondo, resbalar otra vez y caer a otro fondo. Pero no podía decirle eso, de forma que escapaba y soñaba con el ratoncito que me esperaba en mi fantasía donde yo era un hada protectora, bondadosa. Acariciaba su panza en círculos, los suficientes para reunir el valor de volver con él y confesarle que no le creía. Para decirle, cuanto menos, que había algo que quería confesarle y no podía. Pero me acobardaba cuando volvía y lo veía tan alto y tan libre. Tanto entusiasmo.
¿Cómo decirle que el sol no era áureo por haber recibido la gracia de los dioses? ¿Cómo decirle que la lluvia no es el llanto reparador de una nube enferma y que la luna no cambia de forma a diario por temor a enamorar a las personas y que el pasto y la tierra no fueron amantes que un día se tumbaron en el suelo para nunca levantarse? ¿Cómo decirle que no creo en nada de eso?
En su lugar le diría que ya era suficiente, que no tenía que seguir hablándome, que ya no lo escuchaba, que daba igual. Déjame, escapa de mis manos, sé libre, vuelve por donde viniste y nunca me recuerdes. Pero más quise seguir escuchándolo. Por eso callé. Callé tanto que un día dejé de verlo.
En varias ocasiones regresé al bosque: en ninguna lo encontré. Tampoco volví a soñarlo.
Hoy pienso que quizás tenía razón y la vida sí era un árbol que nunca paraba de crecer. En mis recuerdos, lo era.