Anochecía, quizás amanecía; en mi casa, quizás en otra.

Me desperté y oí las manecillas del reloj (o fue al revés); sonaban como lo hacen únicamente cuando sale el sol o cuando se pone, pero ¿qué me importaba eso a mí? En cuanto abrí mis ojos, me levanté de la cama como si el destino me lo hubiera ordenado, y de la misma forma y sin desviar mi mirada por los alrededores, me puse mi calzado y salí de mi recámara.

Al salir, giré atrás para echar un vistazo agudo: en efecto, no estaba ahí. Entonces continué buscando. Desconocía qué era, pero lo necesitaba como el hombre extraviado en un desierto necesita al agua. Nada más necesitaba.

El reloj, que no contaba el tiempo, continuaba sonando. Los dos estábamos atrapados en esa casa.

No tenía prisa, no lo sentí así. Si me hubiera detenido a meditarlo, hubiera pensado acaso: Tengo todo el tiempo del mundo, o algo similar. A pesar de ello, no tenía un segundo por desperdiciar. No sentí siquiera el correr de los segundos. ¿Tenía todo el tiempo del mundo o es que iba tarde? La respuesta era una: tenía que encontrar lo que fuera que estaba buscando.

No estaba sobre mis manos, tampoco sobre las repisas de la sala ni en los sillones. Busqué bajo la mesa (también encima) y en todas las recámaras.

Me hallaba en la eternidad, rodeado de objetos inservibles que no necesitaba en toda esa eternidad: el mobiliario, los electrodomésticos, algunos cuadros, mi ropa… Solo una cosa precisaba y no estaba. Mi casa se sentía más y más vacía, y ese mismo vacío comencé a sentirlo también en mi interior. Cada que no lo hallaba, el vacío crecía en mí: se escuchaba como el mar en tormenta, una vorágine despiadada que absorbía el ruido de las manecillas del reloj.

No encontraba nada y mi cuerpo se vaciaba y mi mente se llenaba de esa tormenta. Me ahogaré, pensé varias veces. Me ahogaré y desapareceré para siempre. Presagié inminente una inundación, una de un vacío arrasador. Me apresuré de vuelta a mi cuarto; si moriría sería ahí, así no tendría tanto miedo. Entré corriendo y me acosté en la cama. Estaba preparado para ahogarme mientras cubría mis oídos con mis manos, que poco efecto surtían ante semejante ruido. No sabía qué hora era, pero sabía que moriría. Moriría sin duda.

Ahí, tumbado y acurrucado, recordé algo, un recuerdo que no estaba en mis memorias, una memoria de otro mundo (más como un pensamiento ajeno); no lo comprendí del todo, pero me llevó a levantar instintivamente mi almohada. El ruido se fue, la tormenta paró, mi vacío se reparó y el reloj volvió a escucharse. Estaba ahí, lo que buscaba: un jugo de manzana.