Cuando se funda el sol en la noche. Cuando se funda el sol en la noche y en tus pupilas clave un prematuro, impasible ocaso, no menos rojo que tu sangre, y cuando no sea más de ti seguir buscando, ¿verás entonces?
¿Veré entonces? ¿El qué?
Hace tiempo busco una palabra. Oí aquel mensaje, recuerdo haberlo oído, desde entonces busco una palabra en el cofre de esta recámara. Adentro están todas las palabras; desperdigadas, revueltas como las gotas que hacen una laguna, pero están todas. Solo una me salvará. Sabré cuál es y cómo me salvará cuando la encuentre, lo sé aunque no sepa cómo lo sé. Me salvaré.
Busco:
Estratificación, Luna, Marte, grisáceo, sublimación, cretáceo, sedimento, magnificencia, estipulación, quebrado, violenta, amarillo, gusano, mundo, lengua, esporádico, superficie, parecer, amígdala, enfrascada, desnudez, esdrújulo, epidermis, remolino, purificación…
—¿Qué buscas?
—Una palabra.
—¿Primavera? ¿Buscas primavera? ¿Te gusta la primavera?
Detrás de mí, bajo el tragaluz, la única fuente de iluminación de la habitación, una persona me observa sentada en un taburete, balanceando sus pies descalzos, haciendo preguntas ocasionales que no me apetece responder.
—Ya sé, ¿soy yo? ¿Me buscas a mí? —Continúa sus preguntas.
—No, busco una palabra.
—¿Verde? ¿Como yo? Dime, ¿te gusta el verde?, ¿la esmeralda? Dime, ¿qué es lo que te gusta más?
Un ocaso prematuro, rojo sangre, mis pupilas, mis manos que no encuentran y mi corazón que cede al temor… ¿Qué es lo que veré? ¿Cuánto tiempo me queda? Necesito salvarme.
Recuerdo más del mensaje:
Caerá y bañará cada criatura que conoces, y no serán ya distintas de tu dolor; no podrán ser lo que busques por más que busques. Cesarán tus fuerzas, palidecerán tus manos, enceguecerán tus ojos: será ocaso. El mundo que conoces, bañado en sangre tuya. ¿Verás entonces?
¿Primavera? ¿Ocaso? ¿Primavera u ocaso? ¿Mundo? Ninguna es. Solo una palabra debo hallar, aún queda tiempo, pero… ¿y si no la encuentro? ¿Qué será de mí si no la encuentro? ¿Moriré? ¿No estoy muerto ya? No, no es la muerte lo que me aterra, es distinto. ¿Qué veré?
Sigo buscando:
Colmillos, máquina, molusco, espumaje, acelerado, río, licor, zorrillo, vidente, bruma, polilla, benemérito, gloria, ácida, follaje, cristalino, dolorida, dulzor, pretérito, quemadura, derramado, sendero, mortaja, holladura, llavero, negligencia, estrecho…
No está. No la encuentro. No está. Y él… no lo sé, ¿busca algo también? Su tranquilidad desespera, aunque el tragaluz indique que queda tiempo.
—¿Y tú?
—¿Y yo?
—¿Y tú qué haces aquí? ¿Buscas una palabra también?
—No, solo te veo buscar. Dime, ¿qué palabra buscas? Podría ayudarte. Me gustan las palabras.
—¿Ayudarme? ¿De qué manera?
—Hay muchas, ¿sabes?, las conozco todas. Las palabras hermosas: seda, vela, leva, alba. Las palabras no tan hermosas: acróstico, cronificación, ambigüedad, repartición. En realidad no me gustan las palabras largas, me dan pereza, ¿comprendes? No hay vida suficientemente larga para pronunciarlas, hacerlo sería dividir tu vida en trozos largos pero escasos, abrazar más de lo que tus brazos te permiten, pretender vivir más de lo que toca, ser más feliz de lo que corresponde… Ah, y luego están las palabras muy hermosas, mis favoritas, las que no puedes cansarte de pronunciar: arte, latir, nacer, vida, verde…
—¿Qué quieres decir con eso?
—Perdón, eso no importa. Pero dime, ¿qué palabras te gustan a ti? ¿Quieres hablar de ello?
Es joven, no tendrá más de veinte años. Una sonrisa acapara su rostro, y su mirada no la despega de mí, como esperando algo con paciencia. Destacan sus cabellos: comienzan verde esmeralda, en la punta se tornan aguamarina. La expresión en sus ojos no la puedo describir, es particular, lejana quizás, casi como si no fueran verdaderos ojos los que me miran, o no fuera yo a quien miran, o no fuera yo quien los mira, pero también son verdes, esmeraldas, seda, sauce, juncos, laguna, florecer, derretimiento, iluminación, calidez, lentitud, cansancio, fatiga, pereza, fatiga imposible, eterna, imperecedera. Sofocación. Verlo me sofoca. No puedo.
Ocaso. Es el ocaso. Está llegando, lo veo aproximarse por el tragaluz. Es el anochecer rojo, grisáceo. La bruma violenta. Con ella, la luna enfrascada, estrecha, dolorida, desangrada. Mi carne desangrada. Si no encuentro la palabra, es el mundo violentamente derramado sobre mí o yo sobre él. Debo encontrarla ya.
Revuelvo en un arrebato el baúl y sigo buscando:
Dios, fatídico, cenizas, escasos, desvanecimiento, carmesí, hambre, mortuorio, detención, cruel, tiempo, eterna, lábil, visceral, lápida, lejanía, fatiga, calor, juncos, sauce, seda, verde… Verde…
—¿Por qué verde? —pregunto finalmente.
—Porque me gusta.
—¿Por nada más?
—Nada más falta. Si lo quiero, verde es vida: es renacer, primavera, color, esperanza, luz, promesa de vida. Solo si lo quiero.
—¿Y así lo quieres?
—Antes debes saber que yo también busqué palabras en el pasado. Yo también vi al sol fundirse en la más oscura noche. Yo también enceguecí, también derramé vida y morí. Oíste la voz, ¿verdad? Por favor, dime, ¿qué oíste tú? Háblame de eso.
—¿La palabra es Verde?
—No… Verde no.
—¿Cuál es la palabra?
—Eso no importa. ¿Por qué no hablamos, mejor, de las otras palabras que has encontrado? O, si así lo prefieres, hablemos de otra cosa.
—Necesito la palabra. ¿Cuál es?
—Por favor —Me insiste.
—No puedo, estoy buscando una palabra.
Él no responde más.
Pasan unos minutos, entonces se detiene el balanceo de sus pies y mechones de su cabello caen al suelo: se despintan en blanco. Cierra sus ojos verdes y detiene su latir. Sé que ha muerto. Encima de él, por el tragaluz, veo el atardecer. Rojo sangre.