Cada inicio de primavera me siento aquí, en esta banca de madera donde observo la belleza de la naturaleza, como siempre he hecho. En primavera sucumbo ante la nostalgia y pienso en ti.
Las flores estaban frescas ese día. Fue gracioso el contraste con sus caras, decaídas como nunca las había visto. Mi nombre siendo tallado en la fría piedra. El rocío matutino dando a la piedra la apariencia del llanto. Fue un verdadero espectáculo, ¿verdad? Y las personas que iban y venían.
Vi a quienes juraron nunca verme más y extrañé a muchos que prometieron visitarme. Llegaron cinco personas, luego diez, veinte, cincuenta… llegaban como hormigas y un pensamiento lúgubre comenzaba a formarse en mi cabeza: ¿qué sería de mí si no llegaras tú? Seguramente moriría, por segunda vez.
Entonces llegaste, y aquellos pensamientos sombríos se esfumaron; de hecho, todos mis pensamientos abandonaron mi mente, me quedé en blanco. Cuando tus ojos vieron los míos, por un breve instante sentí que todo era un sueño. Sentí que te acercarías a mí, tomarías mi mano y nos iríamos de ahí. Quizás a tu casa, quizás a la mía, no lo sé, nada de eso me importaba.
Pero solo me observabas; tus manos empezaron a temblar, luego fueron tus piernas. También tu mirada comenzó a cambiar, era aquella de quien ve la mayor abominación imaginable, pero giré atrás con un terror enorme y no vi nada. Creí que era imposible, pero me giré de nuevo y te vi huyendo. El miedo me consumió en ese instante. Mi amor, ¿tan horrible me veo ahora?
Cuánto quise perseguirte, hablar contigo, explicártelo todo y hacerte saber que soy la misma, pero algo intangible me ancló a mi tumba. Lo único que pude hacer fue gritar y llorar, aunque tampoco salió sonido de mi boca ni lágrimas de mis ojos. ¿Sabes? Cuando se fueron tú y los demás, los días se volvieron bastante silenciosos y las noches tortuosas, pero lentamente me fui dando cuenta de algo: no importa cuánto dolor sufra, este no me matará porque ya estoy muerta. Alcancé la tan codiciada inmortalidad.
Suena extraño ahora que lo pienso. En ocasiones sigo pensando que todo fue todo un mal sueño y otros, que todo sucedió apenas ayer. No te culpo, sé que mi belleza se esfumó en aquel accidente que me separó de ti, mas tú mejor que nadie deberías saberlo: todos moriremos. Cuando te llegue el momento, estaré aquí esperándote en esta banca de madera. Te tomaré de la mano y nos iremos para siempre de este lugar. Hasta la próxima.