Hace algunos meses que quiero escribir esta situación, pero solo hoy reúno el interés y la paciencia. Con suerte, algún lector sabrá sugerirme oportunamente qué debo hacer.
Vamos, precioso, come un poco más. Ha pasado el tiempo y mi mamá sigue con su mismo otro poquito, su ándale, Mochi, solo otro poquito, como si fuera a morir otra vez. Lo toma de las patas, lo recarga en su pecho, entonces le besa la frente y le dice que es hermoso y valiente. Yo lo miro y me compadezco porque nada es su culpa.
Quiero hablar primero de mi madre y decir que es diminuta. Siempre lo ha sido. Es de las que juegan a hacerse pequeñitas para sentir la satisfacción magnificada que conceden las cosas cuando rebasan a uno. Ama solo por necesidad, para sentirse ella pequeña y su amor grande. Ve los campos de lavanda en Francia y decide cuidar en su jardín una pequeña maceta, pero siente un ahogo cuando le explican que no debe regarla más de una vez por semana y se tumba al sofá, vencida de ánimos, pensando la poca cosa que es un amor que se da una vez por semana. A veces se asusta con su propio ahogo y lo vuelve pánico y berrinche. Tiene un hijo, de forma que cuida sus maneras, pero puedo ver los desayunos donde deja el plato a medio comer o el café postergado, como si el castigo de la espera cotidiana o la autocontención la estuvieran curando; eso aún no lo comprendo. Con lo de Mochi le conté lo que me dijo el veterinario y la vi dormir sin cerrar la ventana, temblando casi, con la cobija doblada a su costado. Es lo que tiene mi madre, que a veces, siendo tan pequeña, colapsa con el quiebre de su amor, y cuando ama nunca le basta. Su peor escenario lo produjo el abandono de su marido, aquella noche oí sollozos en su baño. Al día siguiente, no obstante, se recuperó y decidió comenzar nuestras excursiones vespertinas a la playa en búsqueda de conchas. Las horas de búsqueda le fueron sanando el ánimo, pero solo durante la búsqueda, porque sucedía que llegaba la hora de volver a casa y ella no quería porque se acababa el juego y seguía la vida de siempre, donde no quedan sino sus berrinches tácitos. Pero ahora tiene a Mochi y está contenta con él. No necesita más. Es la madre de siempre, la que me cuenta cómo le fue en el trabajo antes de que haga la pregunta.
Dice que le cansa nunca juntar el dinero para viajar a España o Italia conmigo, o que le entristece la operación de cadera de su hermano, o que sigue envejeciendo su madre con la que ya casi no platica, o menciona el caldo que olvidó cómo preparar, la zapatilla despegada, el calor del verano… Nada de eso le importa. Es feliz si puede querer algo y quererlo mucho, con pasión camuflada, el maquillaje de los adultos. De la misma forma sé que se pondría tan triste en su recámara como cuando murió Mochi si tardara en encontrar ese algo al cual querer.
Por eso me da lástima mi mamá.
Lo de Mochi, por otro lado, fue a mediados de marzo, cuando hallamos un bulto en su cuello: Es un tumor, me explicó el veterinario, debemos extirparlo.
A Mochi lo conocí dos años atrás asomándose por la casa, aun presa del hambre y del terror, confiando en que yo o mi madre o cualquier persona le diera alimento y refugio; eso hicimos todo este tiempo. Y una operación fallida fue todo lo que acabó siendo. Lo enterré a mediados de marzo en el patio trasero, donde cuida mi madre su jardín y alrededor planté doce semillas de margaritas que nunca florecieron. Mi madre no lo supo. A los cuatro días de su deceso hallé un gato parecido en el albergue de Raquel; el mismo pelaje gris atigrado, las mismas rayas negras del lomo. Mi madre es un poco ciega y no se percató. Le extrañaba al principio que este gato no respondiera a su nombre, Mochi, pero le explicaba que eran consecuencias de la operación y que, sumado a ello, perdió un porcentaje de audición y bajó de peso y se exasperó su timidez: todas complicaciones del procedimiento. Pero sobrevivió, Mamá, le asegure. Para mi suerte, la farsa se consolidó a las tres semanas, cuando el gató comenzó a reponder a Mochi1.
Lo que sigue roza lo supernatural y comprenderé si se desea abandonar la lectura, pero no puedo narralo de otra manera. Mi situación se resume a que escucho una voz en el jardín. Es verdad. La escuché por primera vez al mes del entierro de Mochi mientras regaba las margaritas. Lo adjudiqué al sueño, pero admito que fue una voz externa. Las voces de afuera son inconfundibles. Sé cómo se oye lo que hablo o pienso; esa voz sonaba distinto. No digo timbre, digo otro sonido. Vino del suelo donde yace sepultado Mochi. Son discurso enteros los que pronuncia la voz, pienso que estuvo rogando largo rato sin ser oída y me tocó a mí dar con ella por azares del destino. En las primeras noches escuché esto: Tengo sed, dame tantita agua, te lo suplico. Mi hija murió ayer y la estoy buscando tumba a tumba. Estoy cansada, solo poca agua. Jamás podría inventarme yo semejante diálogo. Posteriormente, otra noche, regando la tumba de Mochi, la misma voz me agradeció y me compartió que se quedaría otro rato en el jardín. De esto hacen tres meses y mis visitas continúan. La visito porque me lo suplica con el mismo tono desesperado con que me suplica el agua. He considerado que acaso finje su sed y solo me quiere parado como oído para sus divagares. Lo cierto es que sus motivos no me incumben, las cosas son las que deben ser. Este será mi castigo, me digo en ocasiones. No importa mucho.
La cuestión es que mañana no volveré. Podría mentirle (porque no me alcanza el corazón para decirle la verdad: que no volveré a escucharla ni mañana ni pasado) y dejarla en abandono sin aviso, no cruzar más el patio aunque implique olvidarme también de Mochi. No me importa. Duele menos el golpe que no se espera. Con suerte ni me recordará. Pero ¿y si es real su sed? Lo que sí me asusta es que mi abandono le cause algo peor que una segunda muerte: la disolución en la noche, el sufrimiento eterno, qué se yo, he escuchado destinos tan pesimistas que prefiero omitirlos. Pero ¿y si es real y todo eso me espera también a mí? No pienso mucho en mi muerte, me angustia la idea de desaparecer. Mienten quienes dicen haber superado ese terror. Nadie cuerdo vence el miedo a la muerte. La muerte se lleva consigo todo lo que uno alguna vez quiso y querrá y no deja escombros para reconstruir nada. No queda una sola sombra. Morir es quitarle a una madre sus hijos; negarle el verles crecer y jamás revocar el castigo. Nunca. Es decirle: No son más tuyos, están muertos, nunca tuviste hijos. Estás muerta. Su hija está irrevocablemente muerta. Me lo dice cuando la visito, que se le complicaba pagar el alquiler del departamento, ocho mil pesos pesos por una recámara y un baño, el oficio de escritora que no pagaba los ocho mil pesos, su carrera fallida, lo asqueroso que es tener una carrera fallida y una hija a la cual mantener, la descripción de la mirada minuciosa y asquerosa que le echaba el portero del edificio cuando salía por las mañanas, las comidas frías que le preparaba su hija, la enfermedad, el hospital, la serie de infortunios, la hija perdida, la travesía por las tumbas mexicanas, su llegada al vecindario, las colonias de ratas y otras suciedades del sistema de drenaje, la sed… Al final, siempre al final, llegaba a la parte donde volvía a mirarme a los ojos y me decía lo mucho que aún resentía a Lautaro, que la abandonó junto a su hija muerta una madrugada de marzo. Que la abandonó y se llevó los trece mil pesos que tenía ahorrados, dinero que ya nunca tuvo voluntad para recuperar. Y acabando vuelve con su hija muerta.
Nunca le pregunté su nombre a la voz. Mañana la abandono. Es que no doy más. No me dan las energías para asistir todas las noches a ese teatro penoso. Nada de lo que dice importa. Lo que quiero decir es que nunca se calla. Si me busca es por ser el único con quien puede hablar, de otra manera no fingiría como niña emocionada al verme llegar. La pobre está despojada de cualquier rastro de orgullo y humanidad que tuvo en vida y no lo sabe. Todo se lo llevó la muerte sin aviso. Lo peor es que a mí nunca me escucha. Está muerta y sin dignidad y ni así detiene su discurso. Qué pena me da. Ni cuando intento contarle lo de Mochi me escucha. Le pregunto si siente su presencia y no me escucha. Le pregunto si podemos tener una conversación de dos personas, ella y yo, pero continúa el monólogo con Lautaro y Sofía (su hija fallecida) y luego el portero y el rencor de su novela inconclusa y la inflación económica. No tiene con quién hablar, por eso me hago el interesado en sus comentarios insípidos y repetitivos. Pero está muerta. Se aferra a seguir hablando con desenfreno, pero está muerta. Muerta. Muerta. Muerta. Y los muertos no importan. El ritmo acelerado en sus narraciones me oprime el pecho. Se me revuelve el estómago. Me dan ganas de vomitar pensando que ya no quiero escucharla, deseando que se calle. Eso me da ganas de vomitar, ser yo tan repulsivo. Ella estará muerta, pero conserva una especie de amor por su hija y una especie de odio por su marido y eso la salva. ¿Qué tengo yo? El asco. El asco es asquerosamente asqueroso.
Me queda el remordimiento de saber que la situación se hubiera desarrollado de otro modo si la voz hubiera dado con Lorenzo2, mi vecino. Él sabría qué hacer. Quizás estaría hasta contento de hablar con esta voz. Lorenzo es un poco raro, pero él también se salva, como mi madre. Así los tres. Ellos se entienden. Los tres se salvan.
Él vive solo. No sé lo que hace cuando no estoy en su casa, pero siempre imagino que debe ser alguna actividad trivial de esas que se olvidan a la semana o al año si dejas de pensar en ellas. En mi última visita pensé en decirle que puedo hablar con aquella voz, para contentarlo tantito, pero no quiero que me vea como lo veo. Yo no soy raro como él. Asqueroso sí, pero no soy raro. No quiero ser raro. Ser raro es lo mismo que morir, es ser privado de verme como persona y sufrir la condena que sufre una criatura sin nombre, a medio camino entre dos cosas que tampoco tienen nombre. Es ser otro intento fallido. Por eso me da tanta lástima también Lorenzo.
Ese es mi problema, que todos me inspiran tanta lástima.
Raquel me contó lo feliz que le hizo rescatar dos gatos más y solo pude pensar que su pobreza y su dedicación le harían morir como mueren las ancianas, perforados sus pulmones por enfermedad y soledad. Me ocurre cuando mi mamá abraza al gato que no es Mochi tan contenta y lo mima y le dice No sé qué haría sin ti, sin saber que su cariño se pudre en el patio trasero. Ocurre cuando el gato acepta nuestras manos y disfruta nuestras caricias aunque no sean para él. Cuando la voz del patio se entrega en pláticas frenéticas aunque esté muerta y lo que diga no valga y mañana se quede sola para siempre porque me cansé de esto…
¿Qué más quería decir? Lo olvidé. Sinceramente no sé qué intento comunicar. Tal vez mi problema es que hablo antes de saberlo y en el camino suelto cualquier discurso. Estoy infectado de intentos fallidos.
Estos días he considerado vivir hasta el cansancio para entonces no tener reparo en morir una muerte peor que mi vida. Agotar mi vitalidad en un solo día o en una sola hora. Qué conveniente sería que el momento de mi cansancio coincidiera con el atardecer y me fuera con el sol y las nubes del poniente. Eso dice Lorenzo, que las personas somos como nubes al pasar. En cambio, a mí me gustaría morir al mediodía, cuando nadie mira. Cuando muera quisiera que me entierren cerca de casa.
Aclaro que no pretendo encariñarme con el nuevo gato porque, repito, es todo un engaño, pero me mira tan tierno cuando lo llamo con ese nombre que me confundo a propósito y me permito pensar que es realmente Mochi quien me mira. Mas no quiero que suceda, procuro que no sea así, sobre todo ahora que se ha complicado la situación. Raquel me contó su verdadero nombre cuando lo adopté, pero me lo llevaré a mi tumba; de esto me disculpo todas las noches. ↩︎
Sobre Lorenzo. No sale mucho de casa. Llama jurado enemigo al Sol. Dice que las flores de primavera adquieren superpoderes con el Sol del atardecer y que lo hacen llorar como cebolla huérfana (así dice él, cebolla huérfana, por eso no hablo mucho con él; intento no hacerlo). Lo visito martes y jueves, cuando mi madre sale temprano del trabajo y me pide llevarle un termo de los tés que prepara; cuando me aburro en fines de semana o cuando siento pena por él también lo visito y me quedo un rato a escucharlo, siempre esperando que mi opinión sobre él cambie a mejor, cosa que nunca sucede. Lo que más me sorprende de Lorenzo son los pochimones: me contó que son criaturas del viento que lo persiguen y que son capaces de adoptar la forma de la última persona que ven, dice que por eso tampoco sale de noche ni cuando llueve, porque el viento despierta a los pochimones. Sin embargo, nunca ha sabido describirme cómo se comportan o cómo se ven porque nunca se ha encontrado con ninguno (dice que es mejor así, porque asegura que morirá cuando lo haga). ↩︎