Esta mañana escuché cómo la gente hacía un esfuerzo inútil en contener su risa al verme tomar agua. Se rieron tanto que dejé de hacer el tonto y comencé a beber como la gente normal hace. Aún estoy lejos, pero creo que cada día me acerco más a ella.

He de decir que, desde aquel incidente, cada sorbo de agua que tomo me hace recordarla con lujo de detalle. Imagino la misma parada de tren, la misma iluminación, el mismo bullicio, sus actuaciones y el desconcierto que sentí cuando partió.

El mundo lo habitan miles de millones de desconocidos, pero cuando mis ojos la vieron por primera vez sentí que ella pertenecía a una clase totalmente distinta, (o al menos no se asimilaba a nada que hubiera visto antes). Es como si su atractivo trascendiera lo humano. Es bastante extraño que pueda afirmar esto con tanta certeza sin conocer el motivo aún a esta fecha. Probablemente sea eso mismo lo que me atrae tanto a ella, no lo sé.

Lo único que hizo esa tarde fue tomar agua de una botella, nada más, pero lo hizo de una manera casi imposible: sostuvo la botella de plástico transparente con sus dedos con una fuerza comparable a la de un depredador que atrapa a su presa, pero al mismo tiempo, la acarició con tanta gracia y fragilidad que me pareció una elegancia imposible de imitar. No pude evitar detenerme unos cuantos segundos para presenciar cómo devoraba el contenido de aquella pobre botella. Fue atroz, pero más que eso, fue hermoso.

Su mirada tampoco era la de una persona como las que tú o yo conocemos. Mientras bebía, sus ojos, protegidos por esas finas pestañas, apuntaban fijamente al frente, muy lejos, no sé dónde. Y no, no lo imaginé, sus ojos eran dorados como la miel. Una miel que tampoco he visto, pero de cualquier forma creo que es la manera más apropiada para describirlos (por imprecisa que pueda ser).

Estoy convencido, esos ojos dulces como la miel y ardientes bajo la luz del sol penetraban más allá de la estación de trenes en la que estábamos, no, penetraban hacia un mundo desconocido. Esos ojos veían más allá de lo que cualquier humano como nosotros podría.

Estoy seguro de que si yo lo intentara jamás podría imitarla sin parecer un penoso payaso. Aun así, por alguna razón, cada que tomo agua me resulta imposible evitar hacer un intento por acercarme a ella.

No creo en los cuentos de hadas, pero podría jurar con mi vida que ella no es de este mundo. Realmente ansío ver lo que ella vio ese día. Daría lo que fuera por ver el mismo paisaje (no, me conformo con verla a ella de nuevo). Quiero saber, ¿existe algo más allá de este frío e incoloro mundo? No lo sé.