La hoja está vacía, no sé qué escribir en ella. Es un blanco pulcro que combina con este día tranquilo y estático. He pensado en dejarla como está, recostarme en un área abierta y perderme mirando a las nubes deslizarse. Olvidar el pasado y vivir mirando arriba. Pero no funciona así, mis memorias me están comiendo vivo; escribiré algunas sobre aquella etapa de mi vida, junto con varias otras cosas que siempre quise decirte y nunca pude, antes de que se pierdan en el olvido, como el vapor del café de aquella noche.
1. Prescolar
El escenario de mi primera memoria contigo fue una escuela. Me dejaste en las puertas del aula mientras yo lloraba por tu ausencia (al igual que muchos otros niños). Mientras te observaba parado, en la entrada del salón, te alejabas cada vez más hasta desaparecer. El recuerdo como tal es irrelevante, pero debes saber que lo guardo con cautela por ser el más antiguo que tengo contigo. Para mí, fue el día en que te conocí por primera vez. Me pregunto si tú también lo recuerdas.
2. Memorias
Quienes me conocieron de pequeño podrán decir muchas cosas sobre mi infancia que yo mismo no recuerdo más. Con una sonrisa exagerada, me contaban historias de nuestra familia. A veces, hablándome un tono casi burlesco, me referían anécdotas antiguas y parecían enorgullecerse del hecho de saber más que yo. Con las fotos, la situación no era tan distinta: las consideraba memorias fantasmales que existían más allá de mis registros. Al final, todos imponían su autoridad por encima de la mía. Si de alguna manera todas esas personas y fotografías llegaran a fusionarse y pronunciar algo, seguramente sería, sin la menor duda, parecido a esto: ¿Crees conocer a tus padres? ¿De verdad lo crees? ¿Estás seguro?
No obstante, hay algo que no muestra ninguna foto y que, a la fecha, nadie parece saber. De pequeño, salía con mis padres al cine a ver películas (que, curiosamente, no recuerdo, aunque tampoco es como si eso importara). Era de mis actividades favoritas, posiblemente porque nadie la conocía.
A pesar de todo, la vida era buena, incluso si todos parecían saber más que yo. No me hubiera importado que las cosas hubieran permanecido de ese modo. Hoy día, mis padres seguramente sigan viendo películas de vez en cuando, en la pantalla de la casa. Yo dejé de ver películas, los tiempos ya no son los mismos. Ahora soy yo el que porta memorias que nadie conoce y cuya existencia no se registra en ninguna foto. Sin consentimiento, mis ojos y oídos lo grabaron todo.
3. Desayunos
Si llegara a seleccionar aleatoriamente una de las veinticuatro horas del reloj, lo más probable es que la hora escogida sea una donde mi padre se halle trabajando. Más rara era su presencia a la hora de comer con nosotros que su ausencia y, como salía temprano de la casa, los desayunos nunca eran de tres personas. Éramos mi madre y yo los únicos que ocupaban el comedor por las mañanas.
Usualmente eran huevos estrellados y frijoles refritos. Cuando desayunábamos, había ocasiones en las que el sonido de los cubiertos era lo único que nos separaba del silencio. Había otras ocasiones de silencio excesivo donde ese mismo ruido se volvía ensordecedor. Estoy seguro de que a ella también la agobiaba el estrépito repetitivo que producía el tenedor cuando atravesaba la comida y golpeaba el plato sin piedad. Ha de ser por eso que a veces rompía el silencio y me preguntaba: ¿Está buena la comida? Con todo lo que había estado pasando entre nosotros ya no sabía qué pensar, así que me limitaba a contestar siempre lo mismo: Sí. Y a pesar de todo, siempre buscábamos la forma de desayunar juntos. ¿Qué más nos quedaba?
Pero si hubiera sido sincero con ella le hubiera dicho lo salado que le quedaban los frijoles y… Al menos seré sincero acá: hubo un periodo en que viví odiándola con todo mi corazón (y otro en el que la quise demasiado). Podría no parecerlo, pero nuestra relación no siempre fue la mejor y, a estas alturas, me importa poco si lo que siento está mal. Pero quisiera aclarar que el odio merodeando mi mente fue no del tipo burdo y asqueroso que te hace desear con vehemencia la muerte de otra persona, sino del tipo más patético donde ruegas con cortesía. Lo que yo rogaba cada mañana era su tristeza. Su tristeza y su miseria.
4. Sonrisas
Sonríe más, no desperdicies esa cara tan bonita. Recuerdo que me dijiste algo similar hace bastantes años. Te gustaba vestirme con mis mejores prendas, también te gustaba cuando nos tomábamos fotos, o cuando cocinábamos juntos (cómo olvidar esas albóndigas). Quisiera poder decirte lo mismo hoy: Sonríe más.
Lo vi claramente, nuestras sonrisas llegaron a escasear, como un grifo cerrado derramando sus últimas gotas; quizás por eso me entristecía las pocas veces que te veía feliz. Y tus pocas alegrías me recordaban al pasado perdido donde nuestras sonrisas sobraban. Si me permitieras exagerar, te diría que sonreíamos incluso de manera sincronizada.
En ese entonces, un mundo de dos personas no me parecía una mala idea.
5. Llamada
Cierta noche, intentando dormir, recordé con lujo de detalle una memoria que consideraba olvidada y que se ha vuelto el motivo de este escrito. Suele regresar en las noches pesadas, cuando mis ojos dejan de ver con claridad, para asegurarse de que no olvide nuevamente. Cierro mis ojos y la veo a ella, mi madre. Se halla en la sala. Habla por teléfono con alguien mientras yo la observo desde el pasillo conexo. De la conversación nada es claro, pero es, quizás, la primera vez que la veo triste; también, la primera vez que la veo gritar y llorar desconsolada. Por algún motivo, al verla así, siento que mi madre muere; al pensar en eso, siento que yo también lo hago. Luego cuelga el teléfono y a los pocos minutos se acurruca débilmente en una esquina del sofá. Su llanto cesa eventualmente y el contorno de sus ojos enrojece. Yo, que tengo miedo, me quedo viéndola en silencio desde el mismo pasillo.
En su momento, fallé en prever que el rencor y la tristeza reclamarían los días de mi madre. Durante los años posteriores, descubriría también que la interlocutora sería la amante de mi padre.
6. Adultez
Con los años, mi familia antes feliz llegó a convertirse en una fosa de aguas residuales, de gritos y rencores en los que me hundía cada día un poco más.
Las confrontaciones nocturnas de mi madre a mi padre se volvieron habituales durante algunos años. Evitaban gritar cuando podía verlos, aunque siempre podía oírlos. Con la intención de no estorbarles, procuraba irme temprano a la cama, mas no era poco frecuente que no alcanzara a dormirme y terminara por atestiguar, en silencio, los reclamos desesperados de mi madre y las defensas furiosas de mi padre. Al inicio, mantenía la esperanza de que todo fuera un malentendido entre los dos, pero mis esperanzas se quebraron tan pronto como me enteré de que fueron varias las infidelidades.
Así, los días sosos y melancólicos terminaron acumulándose; luego, por las noches, sentía que estrujaban mis entrañas. Mi felicidad se derrumbaba al otro lado de la pared, pero nada podía hacer, pues se suponía que nada de eso tenía que ver conmigo. Me escondí en mi cuarto durante años. Para ellos, nunca vi nada porque estaba durmiendo, así que me lo guardé todo y me aseguré de nunca hablarlo. Me aseguré de nunca encontrarme con mi madre llorando en su cuarto ni de cambiar la forma en que me dirigía a mi padre.
Desde pequeño, el padre que admiraba me enseñó que los adultos también cometen errores; y mi madre, que los adultos pueden llegar a ser tan vulnerables como un niño indefenso cuando ven el mundo caerles encima. Un futuro gris era lo único que veía cuando me encerraba en mi cuarto.
7. Cielo
¿Qué es más suave, el agua o el fuego?, me preguntaron en una ocasión. La respuesta es evidente, aunque desagradable. No respondí. Claro que, a primera vista, el agua resulta vencedora; es dócil, afable, se aloja donde le dicen sin renegar, pero con un ligero toque o una pequeña turbulencia se agita toda, como si el pánico la consumiera. Eso no es todo; si lo peor llegara a sucederle, si fuera aislada de su recipiente, tarde o temprano se secaría o se evaporaría. Está condenada a ser prisionera de su contenedor y, peor aún, de ella misma. Viviendo con el temor de mezclarse con las suciedades que puedan llegar a su morada. Si tuviera el poder, no me sorprendería que un día, en medio de un capricho, decidiera desaparecer todas las aguas del mundo…
Miserable es la palabra que se forma en mi mente cuando pienso en el agua. El agua es miserable, el viento sí que es libre.
En aquel periodo de mi vida, la negatividad de mi hogar había sepultado tan profundamente mis esperanzas que una especie de paranoia me controlaba al pensar en la posibilidad de perderlas para siempre. Poco quedaba ya de mis padres. Comencé a pensar en ellos como marionetas infernales que gritaban sufrimiento a mis oídos para volverme loco. Cuánto quería escapar…
Cierta noche callada, con dinero en mi bolsillo y la mirada distraída, caminaba hacia una tienda. Mi madre me había encargado algo para la cena. ¿Qué era?, me falla la memoria. Recuerdo que mi mirada examinaba mis alrededores, como si esperara encontrar algo en ellos. Pronto me percaté de lo que muy posiblemente tenía ocupados a mis ojos: la banqueta estaba vacía, no había nadie sin importar dónde mirara. Me detuve temporalmente. El viento soplaba mi cuerpo con amabilidad. Al mismo tiempo, un calor invadía mi cuerpo desde la punta de mis dedos. Una necesidad inexplicable, pero ineludible de moverme nacía. Reanudé mi marcha y comencé a caminar, cada vez más rápido. Movía mis brazos y extendía más los pies. Estaba corriendo, no podía detenerme. Aumenté la velocidad. Éramos la noche y yo. No pararía hasta ser viento y olvidarme de cada pensamiento. Quise sentirlo todo: el aire frío, el calor de mi cuerpo, la respiración entrecortada, la fatiga. Quise volar, pero mi cuerpo no dio más. Mis pies se quedaron atrás, me tropecé y caí ridículamente.
Aún recuerdo cómo me dolía el cuerpo, demasiado. Tirado en el piso, solo pensaba en llorar hasta no poder más y olvidarme de mi padre, de mi madre y de mí. Poco me importaba lo que sucediera con ellos dos. El mundo pudo acabarse en ese instante y no me hubiera quejado. Pero en ese momento, en esa banqueta, solo había un niño riendo mientras veía la luna brillar en medio de un hermoso cielo. El niño sabía que nunca alcanzaría al viento, pero el cielo siempre estaría ahí para él.
8. Primavera
Gradualmente, los conflictos entre mis padres perdieron la intensidad que tuvieron en su momento y cesaron. Siendo sincero, hacía tiempo que sus discusiones habían dejado de ser un asunto que me quitara el sueño; ya no eran ninguna pesadilla, eran mi realidad. Aun así, fue agradable ver de nuevo un poco de amor genuino floreciendo en casa. Las cosas fueron mejorando, pero una ligera incomodidad comenzó a resurgir dentro de mí.
Pensándolo en retrospectiva, me he figurado que es un proceso natural: hacer las paces con los demás forma parte de los preparativos para envejecer. Nadie quisiera caminar toda su vida con una piedra en el zapato. Es natural.
9. Metamorfosis
Cuando mis padres se reconciliaron, mi mal presentimiento se solidificó en un malestar. Era una condición difícil de explicar, pero se extendía y manifestaba en cada movimiento que hacía y en cada pensamiento que tenía. Recuerdo aún el pequeño movimiento involuntario que fue apoderándose de mis dedos al intercambiar palabras con mi familia, o el desvío incontrolable de mis ojos cuando mis padres me volteaban a ver.
Mi desagrado crecía a la par que la felicidad regresaba a mi hogar. Mis padres y yo nos fuimos alejando en direcciones opuestas. Sus charlas casuales volvieron a aparecer, como antes. Retomaban la vida que habían pausado: las pláticas ocasionales, las películas familiares, las salidas espontáneas… Yo no pude, yo me quedé atrás, en otro tiempo, en otro lugar que, en ese entonces, existía exclusivamente en mi mente.
Recuerdo haber llegado al punto en el que, tan solo de verlos juntos nuevamente, mi mente se saturaba con pensamientos de toda índole. Si tuviera que resumirlos en una palabra, diría que repulsión sería la adecuada. Repulsión por sus actos fingidos. Tienen que ser mentiras, no pueden haber olvidado el pasado así como así. No pueden vivir como si nada hubiera pasado, me decía constantemente. Me parecía aborrecible que parecieran haber olvidado las noches tormentosas. Las palabras con las que gritaban sus pasiones son ahora confusas, pero nunca olvidaré el ruido agonizante que exhibían, como el de los gatos que lloran por las noches.
Sus encuentros recientes me hacían preguntarme dónde habían dejado sus penas pasadas. Desaparecieron el pasado que recordaba de un día para otro. Todo lo tiraron y no sé adónde. ¿Era acaso yo el único que no podía soltar la cuerda aún cuando le quemaba la mano? Posiblemente lo era, pero ¿cómo soltar la memoria de lo que pensé que sería la muerte de mi madre?
Las personas a mi alrededor comenzaron a cambiar, el mundo que conocía parecía ser una mentira y nunca supe cómo reaccionar, así que seguí fingiendo y la confusión en mi interior siguió creciendo.
10. Rojo
Hay un fragmento concreto que se me viene a la mente mientras escribo esto: Incluso el infierno puede ser acogedor si lo vistes de colores. Lo leí hace unas semanas. Fácilmente malinterpretado como un símbolo de esperanza, este fragmento bien podría leerse como: Resignación. Estoy convencido de ello, el autor no se refería al infierno como un lugar con el potencial de ser acogedor, no se refería a un sufrimiento llevadero, sino a la posibilidad de que, inclusive las cosas buenas de la vida, podrían ser parte del mismo infierno subyacente en el que se desarrolla la vida misma. Un infierno camuflado en colores. Seguramente el autor también conoce lo que es vivir una vida de mentiras. Un carnaval de disfraces donde no sabes si lo que ves es real o si eres tú el falso.
Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto, dice otro fragmento. ¿Y si es cierto? ¿Y si soy yo el infierno reflejado? Fuera como fuera, en aquel momento pensaba genuinamente que mis padres eran unos farsantes y comencé a dudar de todo y de todos. Creí vivir en un mundo aparte.
Cierto atardecer, vislumbré parcialmente ese infierno colorido en el que creía vivir: un edificio imponente con enormes ventanales. El Sol, reflejado en él, le daba la apariencia de una torre de fuego. Admirándolo, deseé que el mundo entero ardiera en llamas. Mi capricho era color rojo, un ardiente rojo carmesí.
11. Albóndigas
Fue este el evento que me hizo replantearme mi papel en la casa, seguro lo recuerdas:
Estábamos por cenar, el sol se estaba poniendo y ya hacía hambre. Me encontraba en la mesa, sentado, esperando a que llegaras para comenzar a comer. Quizás fue culpa de las cortinas opacas y la iluminación precaria, o de la ausencia de ruido, pero el ambiente se sentía distinto. Habías preparado albóndigas, pero estaban insípidas. Créeme que no entiendo bien lo que sucedió a continuación; mientras sostenía la cuchara vacía en mi mano, un pensamiento se me escapó por la boca: Te odio. Lo dije sin pensarlo. Mis pensamientos hallaron la salida, por fin. Te vi y me agité, pero no había marcha atrás. En serio quise disculparme contigo en aquel momento, pero mi mente no funcionaba. A ti, a mi padre, a todos, continué en mi arrebato, no de ira, sino de confusión.
Ahora que lo pienso, hacía tiempo que no gritaba, me sorprendí a mi mismo, quizás más de lo que tú te sorprendiste. Mis manos se vieron envueltas en un temblor. Callé y no dije más, sabía que mi voz se quebraría con la siguiente palabra. Fue así como te dejé a solas en el comedor.
Tengo que decirte que no me sentí mejor. ¿Cómo podría estarlo cuando ni siquiera te dirigí la mirada sino hasta el final, que fue cuando vi el dolor que te había causado? En lugar de desahogarme, sentí que el infierno salía de mi interior y me quemaba todo el cuerpo a su paso. Me quedé solo, en mi cuarto, con un dolor que no parecía tener final. Me estaba derritiendo. Había cometido un error y estaba pagando el precio.
Traté de escapar, de convencerme de que me sentía mal por haber estado fingiendo y guardando mis sentimientos durante tanto tiempo y que, por eso mismo, te dije esas cosas tan desagradables, pero fue imposible. Lo cierto es que, ese día, al verte derrotada por mis palabras, supe que era imposible escapar de mi sufrimiento. Fui yo.
No entendía nada. Te quería, definitivamente no te odiaba. Pero estabas llorando de nuevo y yo tenía miedo, de nuevo.
12. Vergüenza
Cuando nací, me fue otorgado este cuerpo. Lo primero que se me viene a la mente es una bomba de tiempo, una profecía fatal, una condena a la que me arrastra una marea indetectable. Por más que me mire en el espejo, el rostro de mi padre nunca desaparece, y cuando volteó abajo mis manos se confunden con las suyas. Me dicen constantemente que me parezco a él y no se equivocan. Soy hijo suyo, su sangre corre oculta por mis venas.
No he contado las fechorías acontecidas en mi casa con nadie más. Mi vergüenza se duplicaría si otros supieran lo que sufrió mi madre en mi presencia, o si supieran que ahora yo también soy partícipe de su aflicción.
De tal palo, tal astilla.
13. Soledad
Esto fue lo que escribí en mi diario en el día previo a mi partida:
Hace tiempo que el sol se metió y mi café aún sigue caliente sobre la mesa de noche. Todavía percibo el vapor que escapa de la taza y se pierde en el ambiente. Desaparece con suavidad y se vuelve aire.
Madre, me gustaría disculparme, pero hacerlo ahorita sería deshonesto. Hoy, en este momento y en esta hora, no siento arrepentimiento. No hay nada. No hay tristeza, no hay dolor, no hay remordimiento; mucho menos odio, jamás te odié. Tampoco hay alegría, ni felicidad, ni dicha.
Madre, soy ciego. No veo más. Estoy ciego y no temo. Veo el mundo entero frente a mí, contenido en una taza de café. Es enorme y me cae encima. No puedo seguir escapando de mi libertad.
He decidido que esta será mi última noche aquí. Al amanecer, cuando el café se haya enfriado, yo habré partido.
14. Paz
Todavía recuerdo cuando escuchaba el ruido de las pisadas de mi madre subiendo las escaleras hacia mi recámara. Normalmente ocurría luego de una discusión de madrugada, aunque también me acompañaba en alguna que otra noche tranquila. Yo siempre fingía estar dormido, con el rostro cubierto por mi cobija para que no descubriera mi sueño falso. Siempre era igual: abría la puerta con gentileza, caminaba hacia la cama sin hacer mucho ruido y se sentaba a mi lado sin decir nada.
Recuerdo con especial cariño una noche en la que tocó mi espalda con esa misma gentileza. Creo haberla oído decir: Perdón. Por el tono de su voz sabía que estaba triste. Una manta nos separaba, pero su mano era cálida. Permanecí callado como siempre, pero la acompañé en su tristeza. Nunca había sentido ni he vuelto a sentir unas lágrimas tan ligeras. Salían constantemente, sin ninguna resistencia. Sentí paz.
15. Adiós
Pudimos haber hablado nuestros problemas largo y tendido, pero no quise causarte más malestar. Tú ya has salido del pozo, no necesitas volver por mí. No, siendo precisos, ya esperaste demasiado por mí. Eres fuerte, tu corazón ha sanado y el mío sigue rasgado. Fui yo el que te abandonó y, aun así, seguiste esperando, pero ¿qué hice yo? Te dije esas cosas horribles y te lastimé nuevamente.
En algún momento, me sentí tan distante de ti que te quise llevar a mi infierno para que compartiéramos mi sufrimiento. Quería volver a compartir nuestra miseria, pero no vale la pena. Esa tarde, al verte afligida, recordé cuál era la peor vista que podían ver mis ojos.
A veces me imagino que todo sucede de nuevo, una segunda vez. Te vería derrumbada en el sofá y me tragaría todas mis lágrimas para acercarme contigo. Me sentaría a tu lado. Te diría que voltearas a verme solo a mí y que te olvidaras de todo lo demás. Te diría que te quiero y que nunca te dejaría sola. Pero ahora que me alejo, solo puedo pedirte perdón por medio de este escrito que esconderé de ti para siempre.
Hace tiempo que tú y yo vivimos en mundos distintos, así que, formalmente, me despido de ti. Hasta que volvamos a encontrarnos.