De mí no hay mucho que contar, mi vida es sencilla y lo que hablo es ligero como el humo. Si alguien quisiera perseguir lo que ocultan mis palabras, se encontrará con capas cada vez más translúcidas y livianas, como humo disolviéndose en el aire. Encontrará que no hay nada detrás. No hay nada porque no viví nada horrendo ni nada maravilloso, tampoco viví mucho ni poco. Tengo veintiún años y veintiún años han sido lo que viví. Aun con eso, una suerte de peso invisible me hunde, el contrapeso con que compenso mi livianez: pensamientos y sentimientos atados a nada, vagos y livianos, como yo, pero capaces de hundirme y mantenerme vivo. Muy capaces.
Humo. Soy humo y podría esfumarme si así lo quisiera. Es tan sencillo como desatar estos nudos falsos, mas nunca puedo hacerlo. Soy humo y es Alicia en quien habito. La habito cada atardecer, así lo imagino siempre antes de dormir: ella me otorga refugio en sus pulmones, me lleva hasta el fondo, al rincón más delicado, luego me expulsa al aire y yo subo, me asomo arriba, veo un cielo púrpura, y subo y veo la luna aún translúcida, y subo más y veo a Alicia ahí abajo, y está tan sola y tan triste que yo me siento igual de solo y triste, entonces desciendo y vuelvo a entrar en sus pulmones. Todas las noches vuelvo a ella.
Disfruto viendo a Alicia, es de mis actividades favoritas; fingir que el mundo se detiene y engañarme pensando que puedo mirarla todo el día y que nunca anochecerá y no habrá mañana porque el mundo se detuvo y, por tanto, no tengo ninguna prisa por hacer otra cosa que no sea mirar a Alicia todo el día. Cuando lo hago, me dejo ser consumido, ser delicadamente tomado con sus ojos y colocado dentro de ella, arrullado con sus latidos. Nunca quiero salir. Alicia son esas noches en que el cielo oscurece y veo la luna creciente, frágil, tierna, temerosa de la noche, y alzo mis manos anhelando poder tomarla con mis dedos, introducirla por mi boca a mis adentros y protegerla por la eternidad, o por lo que dure mi vida; ella me recuerda a eso. Pero el tiempo nunca se detiene y mis manos nunca crecen.
Esta mañana, estando ambos en el comedor, le pregunté qué estaría haciendo si no la hubiera invitado a desayunar conmigo. Le pregunté también en qué estaría pensando si no la hubiera interrumpido con mi pregunta anterior. Luego le pregunté qué haría en caso de que desaparecieran los jueves, y cómo sería su vida si el color verde dejara de existir… Le pregunté si hubiera podido comerse el omelette que le cociné si hubiera olvidado ponerle esa pizca de sal. Todas mis preguntas las respondió con una sonrisa y yo también sonreí. Se veía tan linda pensando en aquello que yo mismo me sentí lindo simplemente por observarla. Entonces pensé que, si es ella, podría atrapar tantas lunas como quiera. Pensé que los astros brillaban para ella, que ellos también querían verla toda la noche, como si quisieran imitar esa misma lindura.
Alicia… una vez más el día se esconde y me imagino siendo humo. Salgo de tus pulmones cálidos al frío seco de invierno. Me alejo de ti y subo. Es noche. Hay luna creciente, así que subo más. Subo más al cielo negro. Volteo abajo y me alivia verte sonriendo bajo las estrellas. Yo también sonrío y subo más. El frío invade mi cuerpo y me vuelve más liviano. Mi mente fatigada se adormece y se olvida de ti y de mí. Subo más, hasta perderme, hasta disolverme. Subo hasta que dejo de existir.