Mira que te lo dije, que no salieras, que teníamos comida para un par de días. No salgas, pero nunca escuchas y mira lo que te ha pasado por omisa. Solita te lo has ganado. El reportero lo señaló: Se aproximan tormentas tropicales, Mantengan precauciones, Vientos fuertes… Lo dijo, ¿acaso no escuchaste? Maldita sea, ¿acaso no pensaste qué haría yo si te llegara a suceder algo con este viento? No puedes ser tan tonta. Y ahora mírate… Está bien, no te preocupes, lo siento. Ya está, por favor, no llores.
Pero me entiendes, ¿verdad? Sabes que intenté protegerte de las tormentas. Fue un accidente, no pensé que el libro te golpearía justamente en tus tendones; además, sabes que tampoco lo lancé tan fuerte. Solo lo hice porque ibas a abrir la puerta y sabes el viento que corría. Me asustaste, es todo. Y tú tampoco tuviste cuidado, de haber atravesado tus manos, no te hubieras quebrado así la cabeza al tropezar. Mira ahora el desastre que estás haciendo, mira cómo tienes el suelo. Y cómo dejaste la entrada… Pero no llores, no te guardo rencor, debes entender que me preocupo por ti. Te quiero. Acariciaría tu cabello, pero la sangre interfiere. ¿Te sigue doliendo la cabeza? El suelo del baño está frío, ¿verdad? ¿También tienes frío? Tus manos están heladas. Acomodaría tus dedos, pero están muy rígidos. ¿Te duelen? Están torcidos, pero no puedo hacer nada. Y la muñeca de tu otra mano…
Hace días que no lloras, ¿te sientes mejor ya? Aquel día, cuando te caíste, te vi quieta en el suelo y no supe qué hacer y me asusté más, y la sangre ahí y el reportero hablando y el viento ruidoso. No podíamos salir, por eso te traje a esta bañera, pero comienzas a oler mal y no puedo bañarte estando como estás. El olor. Las larvas en tus brazos, tu ojo negro, tu cabeza envuelta en cabellos rojos y… Pero no pude coser tus cortadas, hice lo que pude. Lo leí en algún lado, decía que si te abría los brazos y dejaba salir un poco de sangre, te pondrías mejor, pero no sabía que saldría tanta y que no podría coserte después. Un desastre de agujas e hilos, todo extraviado bajo tu piel. Y no he podido salir por las tormentas. Si tan solo abrieras tus ojos… ¿Me estás escuchando? Las tormentas. La suciedad. Los vientos. El olor. Dicen que todavía se esperan lluvias. ¿Cuántos días más? El olor. Dios mío, hueles a basura.
Cuando estabas ahí tan quieta, tras tu caída, se me ocurrió que eras como una pieza de pan dulce, de esos que chorrean cuando se les remoja en leche, o como una nube que llora para la tierra, o como una niña que se orina mientras duerme y ensucia toda su cama; pero ahora que estás aquí, callada y envuelta en mugre, no me evocas nada. Lo sucia que dejabas la cocina tras preparar algo, podrías ser eso. El olor que queda. Eres eso. Y comienzas a pudrirte. No eres ella. Esos dedos torcidos, esos brazos garabateados con hilo, esa cabeza mugrosa, las larvas; nada es de ella. Lo siento, pero debo recoger el desastre que dejaste.
Haré un hueco para ti en nuestro patio, pero no será grande, así que tendrás que acomodarte en una bolsa. Con un cuchillo de esos que usabas para la carne. Porque no queremos que los fuertes vientos te hagan más daño, ¿verdad?, por eso saldré a acomodarte mañana o pasado, cuando los vientos se apacigüen. En mi jardín estarás bien, te lo prometo. Ya verás como te alivias al lado de la lavanda.