Verano, vacaciones, tiempo infinito, y una moneda. ¿Qué más podía hacer? La coloqué bajo mi dedo índice encorvado y la propulsé con mi pulgar. Ahora que lo pienso, dio muchas vueltas, más de lo que los especialistas en lanzamientos de monedas consideran usual. ¿Cuántas dio entonces?, se preguntará usted. Muy bien, hagamos el siguiente ejercicio mental: piense en un número de vueltas que podría dar una moneda tras ser lanzada, cualquiera; pues ese no fue, fue otro. Tras dar esa cantidad de giros, cayó en mi palma abierta: cara.
Habían dado las tres de la tarde, y ya mi casa se había convertido en un horno que me estaba cociendo vivo. No me apetecía moverme ni un solo centímetro del sofá, pero logré reunir las pocas fuerzas que afloraban desde mis zapatos para asomarme a la ventana y asegurarme, en caso de ver personas vivas allá afuera, de no morir de aburrimiento. Y así fue. Vi personas caminando, pero me pareció que caminaban lento, lento como hormigas lentas; me pareció, incluso, que estaban a punto de derretirse e inundar las calles.
Lancé la moneda otra vez y, estando alta en el aire, me escuché pensar Cara. Efectivamente, cayó cara. No negaré que, aunque fue a raíz de un pensamiento instintivo, me adjudiqué orgulloso la victoria, y con ella sacudí un poco mi aburrimiento.
Tras eso, había transcurrido alrededor de media hora hundido en el sofá, hasta que escuché un avión sobrevolar mi colonia. No, no era un avión. Era un valiente caballero adentrándose en la impenetrable torre de mi aburrimiento para rescatarme. Venía por mí, para liberarme. ¿Acudiría yo a su encuentro? Bueno, seguía la moneda en mi mano: de caer cara, acudiría; de caer cruz, me mantendría en el sofá. Entonces la lancé: cayó cara. (Si es usted un buen observador, habrá notado para este punto que la moneda había caído del mismo lado tres veces consecutivas. Supongo que este acontecimiento marcó el espeluznante tono del que comenzaría a teñirse mi día).
Me hallaba, nuevamente, desparramado sobre el sofá. Sí, había visto el avión, pero no fue lo que me imaginaba. Se veía igual de lento, casi como si él también fuera a derretirse. El hecho de que me hubiera levantado del sofá en el que estaba encarnado y la posterior decepción aeronáutica que sufrí, hicieron que empeorara mi ya diabólica sed, pero la cocina estaba demasiado lejos como para ir por un vaso de agua y mis pies se rehusaban a moverse más. ¿A quién complacería, a mis pies o a mi boca? Bueno, estaba tan cansado a raíz del calor como para escoger, por lo que pensé que tenía que hacerlo una tercera parte. Ya imaginará usted lo que hice: Cara, voy; cruz, no voy. Sorprendentemente (y desafortunadamente, porque tenía una pereza imposible de describir si no es con extravagantes metáforas), volvió a caer cara.
Y ahí, mientras miraba aquel océano de gente derritiéndose (realmente no se derretían, solo estaba siendo poético) estaba yo, ya sin sed, cada minuto más cerca de lograr una fusión total con el sofá.
De fondo sonaba Memo Rex Commander y el Corazón Atómico de la Vía Láctea porque había vuelto a lanzar la moneda y, como era de esperarse, había vuelto a caer cara, y cara era poner música para no perderme entre tanto silencio. Y voy a intentar llegar al Sol…. ¿Tan lejos podía llegar desde mi sofá? Yo y el sofá no ocupábamos mucho volumen en mi casa, ya ni qué decir de la distancia que nos separaba de la entrada principal que, a efectos prácticos, era la misma que la que nos separaba del Sol.
Además del calor, sentía todavía el metal en mi mano derecha, y fue ahí que tomé consciencia de la escena que protagonizaba: había salido cara cinco veces consecutivas. Mi corazón dio un salto, y me permití la barbaridad de pensar que la textura de aquella moneda escondía los más oscuros y maravillosos secretos del universo, y que yo estaba empezando a oír una mínima fracción de ellos.
¿Qué pasaría si mi racha se extendiera hasta el sexto lanzamiento?, pensé, tan quieto en el sofá, temiendo ponerlo a prueba. En mis manos mortales (en la derecha, más específicamente) tenía, aunque las posibilidades no estaban a mi favor, un poder que no pertenecía a este mundo; un poder que podía decidir el destino no solo mío, sino también el de toda la humanidad; un poder que podía hacer y deshacer; gobernar o derrocar gobernantes; traer el paraíso o traer el apocalipsis; terminar con todos los problemas sociales, ambientales, filosóficos, económicos, matemáticos y de cualquier índole, o terminar con los días de existencia de la especie humana; un poder con el que podía moldear el mundo a mi antojo, darle la forma de esta mano y de esta moneda…
Mis divagaciones no paraban y mi terror era directamente proporcional, así que decidí apagar mi mente un segundo. En ese momento, con mi mente totalmente blanca (para no cometer alguna tontería como apostar inconscientemente el futuro del universo entero), lancé otra vez la moneda: cara, de nuevo.
¿Comprar un número de lotería? Ese fue el motivo de mi siguiente lanzamiento, cuando aún pensaba que lo mío era meramente suerte, azar mundano, coincidencias extraordinarias. Habitualmente, cayó cara, significando que iría a comprar un número, pero ¿qué me importaba a mí un insignificante número de lotería? Mejor dicho, ¿qué me importa a mí ser rico si tenía en mis manos (en la derecha, más específicamente) un poder ajeno a toda lógica y a todo conocimiento alcanzable por mortales?
No quise lanzar más la moneda, pero tampoco quise dejarla en cualquier lado. Temía que aquel poder divino (o lo que fuera que se alojara en mi mano) se acabara en caso de caer cruz, pero también temía que continuara y que fuera incapaz de vislumbrar aunque sea los horizontes de aquel poder del que me había apoderado sin saberlo.
Debe usted, lector, ser comprensivo conmigo, ¿cómo podía no temer por mi vida si ese resultado solo colaboró a la confirmación de mis hipótesis? Es simplemente imposible que yo pueda robarle al mundo su destino con una simple moneda, de eso quise engañarme, porque comenzaba a creer que no era tan imposible. Y claro, antes de llegar a ese tipo de planteamientos conversé con decenas de las posibles explicaciones que se me habían ocurrido.
Pero debe saber usted que no soy tan inteligente. Ciertas personas poseen reflejos inexplicablemente sobrehumanos que relucen en situaciones extremas, fue la explicación racional que por un pequeño margen de tiempo logró convencerme. Pero tampoco soy tan tonto. Sé que predecir el lanzamiento de una moneda que gira incontables veces (incontables para los ojos humanos, ya los especialistas con especiales artefactos sí pueden contarlos) es llanamente imposible por más sobrehumanos que sean mis reflejos.
Tonterías los reflejos sobrehumanos, tonterías las situaciones extremas, tonterías yo. Esto había cruzado la línea de lo científicamente explicable tiempo atrás, y era una idiotez seguir intentando engañarme de lo contrario. Ciego aquel que no quiere ver, me parece que rezaba el dicho; ciego aquel, porque yo ahora lo veo con claridad. Me quedaba una única explicación racional que podía solucionar la aparente contradicción entre las vueltas inusualmente superiores y las predicciones generales de los especialistas: una entidad superior a la comprensión humana estaba modificando las probabilidades de la moneda, un dios del que nunca había oído hablar, pero del que estoy seguro que mucho se ha escrito y especulado (pues no puede ser de otra manera), un dios que me había elegido a mí, un hombre común y corriente, como su profeta. Sí, esa era la explicación más convincente y científica.
Yo soy eso. Yo soy la moneda curvando el espacio tiempo y modificando las probabilidades que se calculan tras el telón de la realidad humana. Yo soy el día venidero, yo soy el astro rey que aún fundirá a las personas durante todo el verano, yo soy la palabra de Dios, yo soy Dios… O quizás solo soy un imbécil superado por el calor y el aburrimiento. La moneda no mentirá: cara, soy Dios; cruz, soy imbécil.
Así, apoyé la moneda sobre mi dedo índice encorvado, como hice al inicio, y la volví a lanzar. La vi bailando en el aire, como si el tiempo transcurriera en cámara lenta… La tomé, antes de que girara inusualmente más de lo usual, la tomé prematuramente, con mis manos (la derecha, más específicamente) y dirigí mis ojos hacia ella con miedo:
Cruz.