El primero les salió tonto. El matrimonio tuvo más hijos, otros cuatro: tres salieron igual de tontos, y la última… la última… Bueno, no salían tontos, lo que sucedía es que sus padres estaban embrujados. Los hijos, pobres, salían normales, con algo de retraso mental pero normales; al primer o segundo año les daba una fiebrecita, sí, algo de convulsión, a veces espumita en la boca, y entonces, según los padres, amanecían tontos1. Así de fácil. Por supuesto, el matrimonio no sospechó en vida de ningún embrujo y por consecuencia no hay registro de ello, pero es obvio que solo un embrujo puede explicar esto. ¡Ay, mi niño, que se me ha quedado tonto!, lloraba la madre cada vez que se le iba uno más de sus hijos (y no es que se le fueran, porque seguían vivos, pero estando tan tontos era debatible que hubiera algo como un alma dentro de estos niños; o esto decían los padres).
Y no, claro queda que la situación del matrimonio no hallaba explicación en el refrán de tal palo, tal astilla, porque los padres —fuera de cualquier embrujo— eran normales, y los abuelos. Llegó la familia al municipio de Gollada por allá del 97, nunca se tuvo quejas, más que alguna pelea de No son mis hijos, son tuyos, la de genes de tonta eres tú, y la otra que respondía con Tonta seré yo, pero tú eres tontísimo. El médico de los diagnósticos decía Hay ahí como un soplo en el pulmón de la madre, quizás sea eso, pero por pura compasión: mejor inventar una explicación falsa a una maldición que en otro caso esparciría desesperación pura. (Porque quién sabe de qué son capaces dos embrujados desesperados). El marido abrazaba a la mujer cada vez que se les iba uno, luego rezaban por el siguiente: Este sí es el bueno. Pero al año (a veces a los dos) se les ponía tonto de nuevo.
Cabe decir que el primero les dolió más, porque él era guapo. Los demás como sea, pero el primero… tanta belleza desperdiciada. Seguro que también hubiera sido muy inteligente si no le hubiera dado tontera, decían (o no le hubiera dado si los padres, negligentes, oyendo al médico lo hubieran llevado al neurólogo). Los demás, pues… No, claro que no, de la misma forma les dolió lo que pasó con los otros tres2, que les salieron igual, pero el primero… ¡Ay, el primero, ese era el bueno!, lloraban seguido.
A los niños, en cambio, muy contrario a como sucedía con los padres, esto les causaba exagerada risa. Dicen que cuando se es tonto todo es más gracioso, y los cuatro hijos tontos eran verdaderamente tontos y todo les resultaba verdaderamente más gracioso. Eso contaban los padres: que les gustaba mirar los colores, sorprenderse con los sonidos, mirarse entre ellos con cara de tontos. Avanzados en la niñez, los cuatro hijos habían aprendido a asomarse afuera de casa los días lluviosos para enguajarse los ojos en la lluvia. Cuánta risa les daba. Y no paraban hasta que uno de los padres iba por ellos, porque ya se habían resbalado, porque estaban llorando muy alto, o porque se habían orinado y venían los vecinos a quejarse. Esto a los padres les suponía un cansancio cumulativo (lo de irlos bañando cada que se ensuciaban los pantalones, o de acomodarles la lengua para darles de comer3) que a veces derivaba en discusiones acaloradas.
—¿Dónde están tus chamacos? Tráelos, te voy a decir una cosa. —Empezaba el padre.
—¿Mis chamacos? ¡¿Míos?! —Continuaba la madre, sorprendida, siempre demasiado harta.
—Tuyooooos —decía—, tuyos, siempre tuyos, no oigo soy de palo y tengo orejas de pescado y tuyos y tuyos y tuyoooos, siempre tuyos.
—¡Esto es el colmo!
—¡Tuyoooos!
—¡Tontooo!
—¡Tontaaa!
Pero salió el quinto hijo, una niña, y marido y mujer volvieron a unirse. Fruto de un amor compartido, decían. Rezaron con todas sus fuerzas los dos primeros años tras su nacimiento (que es cuando se decidiría si el niño tendría uno de esos episodios como los de sus hermanos y quedaría igual de tonto —o en términos más apropiados, con retraso psicomotor—), y, oh sorpresa, tuvieron éxito. Esta niña, la quinta, nació normal. ¡Bendito Dios! ¡Bendito Dios, quédate tú con los otros cuatro, que solo necesito a esta!, lloraba extasiada la mujer. ¡Quédatelos, Dios!, seguía el marido. Y al final se los quedó la sirvienta de la casa4, que por algo le pagaban.
La situación se prolongó, hasta que entonces surgió lo de la niña y los hijos de la sirvienta; cuando se hablaba de cualquiera de los dos, se les refería —por parte de los padres, principalmente— como entidades aisladas: Los hijos y la niña ya están en la mesa, decía la madre. Me encontré a la niña y a los hijos hablando, decía el padre. Pero por más intentos que hiciera la pareja embrujada (embrujada de la cabeza), los cinco hijos ya habían amistado, y no era rara la ocasión en que la sirvienta los encontraba juntos bajo las lluvias lavándose los ojos o, en palabras de la niña, bebiendo lo que bajaba el cielo. Y sucedió en uno de estos episodios el incidente que involucraría a la quinta hija y que acabaría marcando a los padres de por vida. Fue cuando la sirvienta cocinaba algo en la cocina que los cuatro tontos clavaron su mirada en la niña y tomaron sus piernas; así la arrastraron por los pasillos de la casa y la sacaron a la lluvia, aún apresada. ¡Ayy, Mamá! La madre fue la primera en escuchar aquel ruido que hicieron los cuatro hijos con su hermana. Luego fue la sirvienta. Y como la madre —al igual que el padre— estaba tan embrujada y tan llena de porquería en su cabeza, pensó lo peor: los cuatro tontos, criaturas malditas, han degollado a su hermana. Le han lastimado el cuello con un cuchillo así como la sirvienta degolla a las gallinas para el caldo. Y la sacaron para que no se escuche y la lluvia lave la sangre. Como fue la sirvienta quien llegó primero, preguntó a ella: Dígame, oh, sirvienta mía, ¿es que acaso me ha dicho que no entre porque los cuatro tontos han degollado a su hermana de sangre, mi niña, mi muy querida quinta niña, y no quiere usted que yo vea aquel grotesco espectáculo? La sirvienta permaneció muda: los cuatro hijos habían enseñado a la niña y orinaban los cinco al aire libre.
Con tontos, los padres hablan de una persona tonta (de boca que suelta baba; de capacidades cognitivas lingüísticas limitadas a la repetición de sonidos, tal como hacen los pericos —que los padres también catalogarían como tontos si fueran una raza de humanos y no aves—; incapaz de saber, siquiera, que debe voltear la cabeza cuando los padres llaman su nombre, o al menos escuchar lo que se le dice tras el llamado; incapaz de deglutir, caminar, sentarse, etc.). El diagnóstico que da el médico al examinar a sus hijos siempre es retraso psicomotor grave (RPM), pero están los padres tan embrujados (¿o tan tontos?) que acaban llamándole a esta condición tontera. ↩︎
Ver cómo se le hacían tontos los hijos era como ir al mercado a comprar un cartón de huevos y, ya en casa, habiendo pagado, descubrir que hay uno quebrado que ya no te sirve y no puedes reembolsar. Hay algo de similitud, pero en el caso de esta familia todos los huevos salieron rotos (es decir, todos les salieron tontos), salvo el último; entonces esta situación puede entenderse mejor si invertimos el símil del comienzo: compras un cartón de huevos y te salen todos rotos, o eso piensas, hasta que ves que en la esquina uno nuevo, aún intacto, sin fisuras, y te echas a llorar y agradeces a Dios. Eso, echarse a llorar es lo que harían posteriormente. ↩︎
Motivo por el cual solo los alimentaban dos veces al día. ↩︎
Sin embargo, la sirvienta vivía en la misma casa que el matrimonio, por ende, los cuatro hijos continuaron durmiendo en la misma cama. Lo que podría decirse que sí cambió, es que los padres ya no les dirigían la mirada voluntariamente ni fingían afecto. (¿Quién escoge un huevo roto antes que uno nuevo, precioso?). Esta maldición adjudicada ahora a la sirvienta, designada cuidadora de cuatro tontos, significó la bendición del matrimonio. Aunque claro que aún se sentaban todos a comer en la misma mesa, los cuatro hijos, la niña{1}, los padres y la sirvienta, y se pasaban la comida y se veían a la cara —así fuera por accidente— y todo eso; sobre todo los cuatro hijos, ellos adquirieron la costumbre de quedarse viendo a la hermana durante las comidas, cosa que molestaba a los padres. {1}: A quien, por cierto, ya no incluían los padres dentro de la categoría de hijos, porque en el inconsciente, muy adentro de sus cabecitas embrujadas, pensaban que si la juntaban —así fuera conceptualmente— con los cuatro tontos, podían causarle algún daño o propiciarle alguna contaminación intelectual. ↩︎