I

Apenas ayer la ví sonreír, justamente ayer, cuando desempacábamos la mudanza que acababa de llegar y charlábamos de no recuerdo qué. La recuerdo emocionada por dictar el orden de la sala, mientras que yo me ocupaba de mi habitación, y Paki, como llamábamos a mi hermano menor, se ocupaba de encontrar todos sus juegos.

Nos dormimos por la madrugada, agotados.

II

No había nadie. Usualmente, llegando de la universidad, encontraba a mi madre descansando en su recámara, pero no fue el caso. Busque puerta por puerta hasta encontrarla en el baño del segundo piso. Faltaban 15 azulejos en la sección de pared sobre la bañera: 3 de ellos yacían en la bañera, teñidos de rojo; los restantes estaban incrustados en el centro del pecho de mi madre, también en la bañera, inerte. La sangre, manando principalmente del reverso de su cabeza, cubría el suelo; como las áreas más lejanas ya casi terminaban de secarse, se asimilaba a la cera que derraman las velas.

III

Mi madre, muerta. Mi padre, trabajando. Paki, aún ausente.

IV

El tiempo siguió corriendo y mi madre permanecía quieta, como si estuviera soñando y no quisiera despertar. Entonces surgieron las preguntas: ¿Qué comeremos de ahora en adelante?, ¿Qué dinero le daré a Paki para ir a la escuela?, ¿Cuánta comida queda?, ¿Y si me pregunta por ella?, ¿Qué haremos?, ¿Qué haré?… Recorrí todas las habitaciones con las preguntas en mi mente buscando respuesta, cuarto por cuarto, baño por baño, ventana por ventana. No hallé consuelo, pero sucedió algo que me sorprendió un poco: eventualmente, mi angustia se apagó. Así, tan fácil como se extingue una vela de un soplido flojo.

Llegué a la siguiente resolución:

Si me preguntaba, le diría a Paki, cuando llegara de la escuela, que mamá salió a traer comida porque se despertó tarde. Inventaría excusas sobre la marcha. De volverse demasiado insistente, le diría que nos dejó, pero le diría, también, que me dijo que volvería si nos portábamos bien.

V

Pensándolo bien, nadie más que yo lloró su muerte, pero tampoco me entristecí tanto como hubiese querido. Su vida valía más que las pocas lágrimas que derramé en su memoria; aun así, aunque busqué y busqué, no hallé más tristeza en mí. Además, todavía tenía a Paki, y pensar en Paki me hacía olvidar que mi madre estaba muerta. Pensar en Paki era garabatear su imagen en la bañera hasta no verla más… pero también era volver a preguntarme lo mismo: ¿Qué haré?

VI

Mi hermanito veía televisión en la sala, en la misma sala cuyo orden dictó mi madre con sus manos ahora frías. Lo vi llegar desde el segundo piso; nos saludamos como de costumbre.

Todas esas escaleras que separan el segundo piso del primero le hacían verse tan lejano sonriendo desde ahí abajo mientras veía la televisión. Tan lejano, y tan contento e ignorante de su madre. Hubiese querido que todo siguiera así.

VII

Aquel día, la policía hizo sus preguntas. (Parecerá de sentido común, pero, sentado en el baño, viendo lo quieta y tranquila que se veía mi madre, descubrí que la policía no viene si nadie la llama). Mi padre, a quien también llamé, las respondió todas y volvió a su trabajo. No noté en él más que un gesto de pena entremezclada con un poco de incomodidad, quizás molestia o tedio (difícil de descifrar cuando se ven tan semejantes). Antes de que se marchara, le pedí dinero para la comida y para el transporte a la escuela.

Y Paki… a él le mentimos. Le dijimos que nos habían robado; no respondió nada, pero casi rompe en llanto. Le dije que durmiera un poco, que luego lo acompañaría.

VIII

Fue algo raro. Cuando los dos uniformados se hallaban subiendo al segundo piso, donde yo estaba, un pánico ajeno se hizo de mí y me llevó a correr hacia mi habitación y encerrarme ahí. No abriré incluso si me cuesta la vida, fue lo que pensé mientras me hacía bolita en un rincón. Para mi sorpresa, no tocaron la puerta.

Habiéndoseme pasado la paranoia, salí y despedí a los policías.

IX

Cada vez que el contorno de Paki se dibujaba en mi mente, el dinero que me había entregado mi padre me parecía poco. Fui entonces a la habitación de mi difunta madre y busqué más por todos lados. En vez de dinero, encontré dos cosas: una cubeta tumbada en el ropero con un poco de sangre en el fondo y dos sándwiches de jamón dentro de una bolsa de plástico en su cama. No entendí por qué había una cubeta con sangre ahí. Sobre los sándwiches, esos eran para nosotros, es lo que ella solía preparar como reserva cuando no tenía tiempo de cocinar algo más. Al pensar en eso, la tristeza volvió a mí. Pensé que se preocupó por nosotros minutos antes de morir, quizás también mientras se desangraba en la bañera.

X

En la noche, cuando fui a acompañar a Paki a su habitación, lo encontré muerto sobre la cama. Lo descobijé y vi una abertura desagradable de unos treinta centímetros a lo largo de su estómago que soltaba sangre y materia orgánica que no sé describir. Nada más verlo, llamé a mi padre.

Me entristeció bastante que mi madre ya no estuviera para acompañarme en el duelo. La muerte de Paki fue bastante silenciosa, casi como si hubiera ocurrido en secreto para que nadie supiera de su trágico destino, pero fue mejor así. Nadie debería ver de mi hermano otra cosa que no sea una sonrisa jubilosa. Él no debió sufrir.

XI

Fue hace años. Recuerdo el día en que la vi llorar sola. Mi madre se veía tan sola que parecía estar a punto de congelarse en aquel momento e iba a desaparecer de mi vida. Pero sus lágrimas eran hermosas porque me hicieron sentir lo mismo que ella. Por eso es que no pude con la sonrisa que fingía mientras desempacábamos la mudanza, porque me parecía tan falsa que me dolía verla. Por eso lo hice. Quise salvar sus lágrimas, asegurarme de que seguían ahí y que mi madre seguía siendo mi madre; y así fue cuando la vi llorar en la bañera. Las mismas lágrimas hermosas que me destrozan el corazón. Pero frenaron al doceavo azulejo y volví a quedarme solo, sosteniendo una mano que comenzaba a congelarse.

XII

Le prometí a Paki que todo estaría bien, que no temiera. Solo es un momento, se lo prometí.

XII

Con Paki muerto, esperé pacientemente la llegada de mi padre. Mejor dicho, esperé por sus lágrimas que aún no había derramado.