La primavera se fue como llegó. El olor de los campos de jazmín saturó mi olfato y llenó mi cuerpo de esperanzas en un suspiro, solo por eso supe de su llegada. De solo pensar en que, posiblemente, nunca podré ver aquel pintoresco paisaje nuevamente, mis ojos se humedecen. A veces ni yo me creo mi estupidez. He de confesar que he cometido, quizás, la tontería más grande de toda mi vida.
La verdad es que el frío del invierno fue insoportable el año pasado (al igual que los anteriores), de modo que esta primavera decidí tomar acción. No permitiría que el frío siguiera arruinándome las noches.
Cansado de dormir sobre el suelo invernal, me dispuse a recolectar materiales a lo largo del verano. El tiempo se pasó volando y antes de darme cuenta me hallaba construyendo mi pequeña fortaleza mientras las hojas otoñales crujían a cada paso que daba.
Me empeñé tanto en terminar ese refugio que no me percaté del paso del tiempo. No me enteré de nada más allá de lo que mis sentidos captaban, pero sé que fui feliz. De haber sabido antes que los días podían ser tan divertidos con tan poco, quizás nunca se me hubiera ocurrido edificar menuda burrada.
En un día de esos, mientras recorría mi camino favorito, no sé si fue el viento de ese día, el sonido de las hojas o el hermoso paisaje arbolado, pero por un segundo recordé cuando solía correr y brincar con mis amigos en el parque. Fueron solo unos segundos, pero daría lo que fuera para volver a recordarlos.
Así, el invierno llegó y mi fortaleza se erigía majestuosa. Entré en ella, coloqué los últimos ladrillos que faltaban y me recosté sobre mi cálida cama a esperar que el invierno pasará.
Siendo honesto, no era lo que esperaba. Aquella cama no es tan cómoda, me despierta constantemente en las noches y los libros que traje conmigo para leer se agotaron antes de lo previsto. Incluso el chocolate caliente (que preparo todos los inviernos) me da la impresión de estar demasiado caliente en comparación a años anteriores.
Ha sido tanto el aburrimiento que en varías ocasiones me encontré a nada de salir de aquel lugar, mas el miedo al frío y el esfuerzo gastado en la construcción siempre me detuvieron. Quizás fue simple orgulloso.
Finalmente, el olor a jazmín marcó el regreso de la primavera que tanto anhelaba. Por fin decidí salir. Dirigiéndome a la entrada comencé a pensar: ¿Qué será lo primero que haré al salir? podría ir al campo de flores al lado de la fortaleza, no, sería mejor explorar la arboleda, no, el camino otoñal…
La luz del Sol se había ido y yo aún seguía dentro de las paredes de esa horrible fortaleza. Resulta que había olvidado colocar una puerta para salir.
La primavera pasó, luego le siguió el cálido verano y el otoño, el otoño al que recientemente le había agarrado el gusto. Luego invierno de nuevo. Un invierno que nunca se fue.
Creo que el frío me está volviendo loco porque últimamente comienzo a pensar por instantes que estos ladrillos no se ven tan mal, que mi vida acá no es tan mala. Por momentos olvido la primavera y luego la recuerdo, después lloro.
Solo quería resguardarme del frío.