La gota baja la nariz. Próxima a la boca arriba un mal augurio. Otras gotas más bajan por los costados, surcando los pómulos. No son los ojos, agotaron su vida útil y no miran más; quizás los oídos: cansados por tanto oír, optaron por una fuga sincronizada. ¡Vaya lástima!, un día caluroso basta para fundir dos oídos. Y junto con la nariz ya líquida, los oídos continúan bajando y dan con los labios. Acuosos, los labios ya no articulan palabra y la narración acaba.