Ahogar unos cuantos sollozos no es nada cuando el miedo te prensa el corazón, la pequeña Angie da fe de esto.

La puerta estaba entreabierta cuando llegó de la escuela. Teo, el perro, yacía cercenado en el sofá; la pata izquierda faltaba. Un rastro de gotas rojas subía las escaleras. Allá, la luz del baño estaba encendida tras la puerta cerrada y el lavabo sonando. La pequeña entró a la recámara de los padres: se refiere que el señor estaba enrollado con sábanas bañadas en sangre y su rostro deformado sobresalía; de la señora no hubo noticia, solo dos tacones rotos en la entrada.

Cuentan que la pequeña se encerró en el clóset al escuchar el baño abrirse; posiblemente porque hizo ruido al llegar, o porque su llanto la delató. Así, escondida, hacía lo imposible para contener el miedo que se había impreso en su mente.

Entonces llegaron unas pisadas desde el baño.

Sin respirar agitada. Sin temblar. Sin moverse.

—¿Angie? Angie, ¿estás ahí?

—¿M-mamá?

—¿Angie?

—¿Mamá?

La mañana siguiente, los titulares denunciaban el incidente:

Terror en Valdoro: se confirman 4 cuerpos. El asesino sigue suelto.