Escribo esto a modo de evidencia en caso de sufrir un infortunio: muerte o desaparición.
Mi nombre es Luca, como Lucas pero sin s al final. Tengo 21 años, los cumplí el mismo día en que nací: doce de agosto. Vivo en Puebla, Puebla (cerca de CDMX, pero no tanto). Estudio en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Mis padres son Rodrigo y Alma. Me gusta la música (en mis tiempo libres compongo canciones, aunque no he tenido la oportunidad de saltar a la fama), el helado de menta granizada y las flores.
En este instante me hallo esperando al señor Kim (de ahora en adelante, me referiré a él como K.) en la terminal de autobuses sobre la avenida 5 de Mayo, sentado en las bancas de metal, esas que están frente a los mostradores. Visto calzado negro, pantalón de mezclilla azul, suéter beige invernal, gorro gris… aunque, seguramente, K. ya sabe todo esto.
Debió iniciar hace, aproximadamente, medio año, cuando mis calificaciones comenzaban a descender, mis gastos como estudiante foráneo superaban mis posibilidades y mi futuro seguía tan incierto como siempre. Llegué a la ciudad con el apoyo económico de mis padres, comprado por esas promesas de la grandeza de la sociedad exclusiva de la capital y de ningún otro lado que no sea la capital: Hijito, acá no conseguirás nada; todo está allá, Luca, en la ciudad; acá en San Andrés Cholula no hay eso, mijo. Y estando acá no tardé en darme cuenta de que no había nada (bueno, hay cosas, muchas, demasiadas, para ahogarse, pero no para un foráneo sin dinero). Solo era un foráneo sin dinero. Y lo que más me aquejaba: no tenía amigos. Pero siempre he sido bastante listo, así que se me ocurrió entrar a las redes sociales para encontrar unos cuantos y, de paso, desperdiciar un poco mi tiempo. Al inicio ni yo creía en mí, pero luego, cuando conocí a K. en Discord, me di cuenta de que fui bastante ingenioso con esa táctica.
Sobre mi relación con K., bueno… al inicio, todo era divertido, intercambiábamos mensajes sin apuro por explicar nuestras circunstancias. El tiempo comenzó a avanzar, nosotros seguíamos hablando y los días pasaban y yo me espantaba porque pensaba que los días se hacían más cortos. Pero era divertido. (Yo seguía siendo el foráneo sin dinero, por supuesto, pero dejó de importarme). Mi primer contacto con K. sucedió al mes de instalar Discord; en mi bandeja de mensajes me llegó un saludo suyo: ¡Buenos días, Xx-caLupro-(812)-xX! (Aclaro que Xx-caLupro-(812)-xX es mi antiguo nombre de usuario, ahora soy Luca (812)). Tras aquello, comenzamos a conocernos. Descubrí que tenemos varias cosas en común, él también reside en Puebla, compartimos gustos musicales (Rosalía, Los Tucanes de Tijuana, Kali Uchis, etc.) y… bueno, tampoco sé más sobre él, es algo reservado en ese aspecto. Quizás no tenemos tanto en común. Su verdadera identidad me ha inquietado bastante, y no soy tonto, he escuchado de varios términos como catfish y esas cosas, pero él no haría eso. Ah, otra cosa que me sorprendió: su ortografía, su bendita ortografía.
Pero todo cambiaría la noche en que me mandó el siguiente mensaje: Luca, te hago conocedor de mis sobresalientes habilidades adivinatorias, ¿deseas probar su eficacia?. Acepté su propuesta sin pensarlo tres veces y K. me volvió a escribir casi al instante: Tu color favorito es el verde. Acertó. No le di mucha importancia porque cualquiera puede tener un poco de suerte (además, tampoco es que estuviera tan seguro de mi color favorito en ese momento), pero sus adivinaciones aumentaron en precisión con los días: De pequeño tenías un cachorro llamado Cacahuate; odias a tu madre; no puedes comer cereal si no es con leche tibia; te gustaría cometer un robo en el aula de informática de tu universidad y luego desaparecer de la ciudad y de todos los que te conocen… Acertó. Acertó en todo y siguió acertando en nuestras conversaciones posteriores, hasta que un día dejó de escribirme. Nunca se despidió ni me avisó de su ausencia, simplemente dejó de escribirme, mi único amigo.
Justo cuando pensaba que lo comenzaba a olvidar, esta mañana encontré un papelito blanco doblado a la mitad bajo la puerta principal. El recorte, perfectamente simétrico, sin manchas, con letras cuidadosamente recortadas y pegadas de diversas fuentes impresas, decía lo siguiente:
Hoy, 23:30. Estación de autobuses.
Sé que es suyo porque no pudo ser de alguien más. También sé que no debí obedecer, pero es mi única oportunidad para liberarme de esta vida aburrida, (o para que deje de importarme). Si he de morir intentando vivir, que así sea.
Hoy, doce de noviembre del año dos mil veinticuatro, renuncio a mi antigua vida de foráneo sin dinero y espero en la estación de autobuses para conocer a K.