Mati, lo primero que vieron mis ojos: Mati asomándose por la puerta entreabierta de mi recámara, Mati espiándome, Mati pensando: ¿Ya te despertaste?, ¿Sigues dormido?, ¿Vas a salir de tus sábanas?, Tengo hambre, ¿te falta mucho? Las preguntas que se acumulaban, yo que volví a cerrar mis ojos para dejar de escucharlas y Mati esperándome. Pero los cerré en un sueño ligero, sin desear no despertar más, porque Mati me esperaba. Pedí morir y renacer en unas horas más, y así ocurrió. Las horas no las conté, pero desperté con la misma fatiga y pensé que lo había dejado esperando por esperar, así que me levanté, me puse las sandalias, enjuagué mi cara con agua fría, me cepillé los dientes y salí a preparar el desayuno. Yo en la cocina, preparando huevos revueltos, y él en la sala, dibujando en su libreta. Ocasionalmente, volteaba a verme con su misma mirada inquisitiva con que vigilaba mi dormir matutino y yo pensaba que quería decirme algo, pero regresaba sus ojos a su libreta y entonces era yo quien sentía la necesidad de decirle algo. Mati me preguntaba en su mente y seguía mi turno de responder, pero yo no podía y me limitaba a revolver los huevos con la pala: izquierda a derecha, derecha a izquierda.

Era Navidad, diciembre veinticinco, la fecha de los regalos, de los días en familia, de las alegrías, de los cariños. Pensar Navidad es imaginar niños corriendo a descubrir sus regalos, o corriendo afuera para ver si nevó con una sonrisa que no les cabe en el rostro. Pero Mati estaba comiendo conmigo en esta casa que ni siquiera tiene árbol navideño. A mediados de diciembre pensé comprar uno, pero me sentí solo en la tienda, frente al árbol. Eso es todo, solo por eso no lo compré. Mati, que también vio el árbol aquel día, parado a mi costado, solo emuló mi silencio. Siempre es así: mi melancolía decide y me olvido de Mati. Debí comprarlo, pero no pude. Y no puedo decirle esto a Mati, ¿cómo le explico que no pude comprar un árbol? Por eso me alivia que no me diga lo que no me dice cuando voltea a verme, pero encontrar alivio en eso me hunde más. No, no es que no haya podido, claro que pude, pero me negué. Alguna parte de mí, la misma que decide dormir y dormir y dormir, dijo: No compraré el árbol. Fui yo, y lo dije con él a mi costado. Pero lo que más me pesa no es eso, sino mi cobardía para desearle feliz Navidad. Llegó el veinticinco y no le dije nada. Mati, hoy es Navidad, tan fácil era. Feliz Navidad, Mati. Pero no pude. Mucho me visualicé llamando a su puerta, entrando, diciendo: Mati, hoy es Navidad. No pude. No, decidí no hacerlo. Ni siquiera nevó; cuánto me hubiera complacido que nevara para Mati.

Mi melancolía decide, No pude, No puedo, Me negué; me doy cuenta de que da lo mismo, solo intercambio las palabras intentando alejarme de ello, pero es lo mismo que vuelve a asfixiarme cuando Mati me ve y parece querer decirme algo para luego callar y yo me engaño diciendo que es mejor así, que por algo decide no hablarme, pero lo cierto es que es lo mismo: la culpa que vuelve y me asfixia. Es culpa, es miedo; por eso nunca le pregunto qué es aquello que quiere decirme.

Para la comida, salí. Le mentí: le dije que saldría a comprar algo aun cuando no había necesidad. Daban las siete porque comenzaba a oscurecer. Pensaba caminar lento a la tienda y quedarme allá una hora o dos, pero siguió oscureciendo y el cielo se tiñó de un color melancólico y pensé en Mati. No pude seguir caminando, ni a paso lento ni a paso muy lento. ¿Qué haría si algo llegara a pasarle mientras mato el tiempo afuera? Mati no sabe usar el teléfono, no le he dicho cómo llamar. Ni siquiera conoce mi número. (Pero no es que sea tonto, para nada, simplemente no le he enseñado. La señora Linda, su maestra, me habla mucho de él cuando lo recojo. Mati es muy listo, me dice siempre, entonces volteo a ver a Mati con deseos de felicitarlo, pero me regresa esa culpa enmudecedora. Le enseña muy bien, dice ella, pero es falso. Mati es listo, de eso no cabe duda, mas nada de eso me lo debe a mí porque yo no me he tomado el tiempo de enseñarle. Por eso siento asfixia cuando la maestra me habla tan bien de él y quiero voltear a verlo, porque yo no me merezco el agradecimiento que desparrama la señora Linda).

Apenas regresé, me asomé por la ventana: ahí estaba Mati, en la sala, como en la mañana, acostado sobre el sillón, dibujando un poco más, jugando con el lápiz, mirando su libreta como si fuera algo más. Dibujaba hermosamente. Dibujaba como si él mismo formara parte del dibujo, y verlo así me hizo querer preguntarle lo de siempre: ¿por qué lo hace?, ¿por qué toma el lápiz todos los días y lo mueve sobre el papel? ¿Qué dibuja? Me gustaría preguntarle. ¿Pero qué haría yo si su dibujo fuera tan hermoso como temo? Dibuja incluso en la escuela, la señora Linda me lo dice igual de maravillada… No tuve el valor de interrumpir ese momento, así que permanecí afuera un rato más, esperando por la ventana. Cuando me di cuenta de que eventualmente tendría que entrar, pensé que debí haber llegado a la tienda y así comprarle algún chocolate o cualquier otra cosa. Entraría con mis manos vacías. Me armé de excusas antes de pensar siquiera en lo que me preguntaría; diría que estaba cerrado, que no había nada bueno, que olvidé mi cartera. Luego pensé en lo que él me diría: ¿Llegaste sin nada? Me dijiste que irías a comprar algo, ¿por qué llegaste sin nada?, ¿Me mentiste? ¿Por qué lo hiciste? No quise hacerlo, pero oscurecía más, así que giré el pomo de la puerta y volví a casa con él. Él no preguntó nada. Sonrió un poco y me miró como si quisiera decirme algo, luego continuó dibujando. Yo, por otro lado, seguí pensando y pensando y pensando mientras le veía dibujar con tanta calma. Me asfixiaba nuevamente. Apenas volví a casa, le mentí nuevamente: le dije que me dolía la cabeza. Volví a mi recámara. Cerré mis ojos para fingir que estaba dormido y olvidarme de todo, pero me dormí de verdad. Cuando desperté, Navidad había terminado. El reloj marcaba las dos de la madrugada del veintiséis.

Ahorita estoy afuera otra vez, arropado con un suéter, todavía de madrugada.

Desperté preso del miedo al saber que me había dormido en las últimas horas de Navidad. Ni siquiera le dejé de cenar, tomó una taza de chocolate y un pan dulce de la mesa (quise sorprenderlo con eso en la cena de víspera, con lasaña, pan dulce y chocolate en lugar de la cena tradicional. Ahora sé lo ridículo que suena). Me apuré a su cuarto para ver que todo estuviera bien; por fortuna, lo estaba. También lo cobijé. Mati dormía de lado, con sus párpados ligeros. Bajo su almohada, alcancé a ver un papel blanco. Lo tomé: era su carta de Navidad. La hoja se leía así:

Querido Santa:

Era todo. Lo demás estaba en blanco. Una hoja blanca doblada a la mitad tres veces y guardada bajo su almohada, esa fue su Navidad. No pude permanecer en casa tras eso. La señora Linda me dice que Mati es un buen niño, que tengo suerte de tener un hijo tan amable y atento. Felices fiestas, nos dijo a ambos el último día de clases. De haber sabido que esta sería toda su Navidad, hubiera comprado ese pino aquel día y lo hubiera tapizado de esferas y luces. Me hubiera tragado mi melancolía como una píldora y lo hubiera comprado. Y el veinticinco me hubiera levantado de mi cama y entraría a su cuarto, tocaría la puerta, llamaría su nombre. ¡Feliz Navidad!, le diría. Feliz Navidad, Mati. Feliz Navidad. Feliz Navidad…

No sé qué estoy haciendo. El cielo comienza a aclararse y yo sigo acá afuera, escribiendo esto, como si lamentarme me fuera a conceder un perdón divino. Quisiera volver adentro, entrar a su recámara, abrazarlo, decirle que estoy contento por tenerlo; pero no es así, solo busco un perdón. No puedo ser más miserable. De verdad que no sé qué estoy haciendo.