Recordar es como dirigir un haz efímero de luz a lo que está en una habitación oscura.
Claro, es hermoso ver lo que pensabas que ya no verías, pero no me gusta recordar, al menos no cuando el proceso encaja tan bien con aquella frase. Y mi disgusto aumenta porque a la frase hay que sumarle lo anterior, pues recordar es también eso: ver lo que no pensabas ver, traer al presente lo que pensabas que era pasado. Y no me gusta eso. No me gusta volver atrás, a aquella habitación oscura donde no pertenezco. Allí, me siento exactamente igual que cuando me visualizo vistiendo la ropa de quienes pasan por las calles. (Aclaro que mi incomodidad no proviene de lo que ilumina el haz, sino de lo que no ilumina: ¿cuál es el recuerdo adyacente al iluminado? Imposible saberlo cuando la habitación es tan enorme como oscura). Y eso es lo que ocurre cuando recuerdo: me pongo una camisa que no es mía, un pantalón que no me queda, un sombrero que no me gusta, calzado que nunca me pondría… hasta que me veo como una persona que no soy y traigo a la persona a la que sí le corresponde lo que el haz ilumina. Si fuera un evento de una sola incidencia (algo así como una estocada fatal), no habría problema, no opondría resistencia ni mostraría mi agobio, pero no es una estocada fatal, es un desangramiento lento, una cocción a fuego lento que nunca cesa.
Conforme los años pasan, mis recuerdos continúan trayendo al presente personas que no soy (aunque debería serlas porque solo de mí vienen mis recuerdos, o eso se dice). Acumulo personas que, además de reclamar ese momento del pasado, del que yo no soy más partícipe que ellos, reclaman sus funcionalidades: algunas, se atreven a pensar por mí en ocasiones; algunas, se limitan a escuchar e interpretar lo que otros me dicen; algunas, impulsivas, me hacen hablar cosas que yo no hablaría; otras, más reservadas y tímidas, vuelven gradual mi despertar, o me imposibilitan dormir cuando aún no es hora. (Incluso, hay una que se encarga de saborear mis tés matutinos)…
Si hay algo que me apena de todo esto, es no ser verdaderamente yo en quien piensan quienes están lejos.
En fin, no alargaré innecesariamente mi queja (porque, a fin de cuentas, esto no es más que una queja, la de mi agobio imposible de callar y la de mi resistencia fallida), lo que dije al inicio es lo único que quiero decir: no me gusta recordar. Y uno pensaría que me acostumbraría con los años, y es cierto, lo hago por momentos, pero nunca desaparecen esos días en que todo lo siento tan… extraño. Hoy me asaltó esa extrañeza de la que hablo, por eso es que me animé a expresar mi inconformidad. No sé lo que veo al mirarme en el espejo; me veo solo a mí, o me veo a todos (como un caleidoscopio, o un rompecabezas perfectamente ordenado), donde todos son yo, o donde todos somos todos y yo. Quizás, solamente veo a todos, o solamente me veo yo, o lo que veo es otra combinación que omito.
Por cierto, este amanecer, irónicamente, los rayos del sol me iluminaron a través de la ventana del baño aún oscuro.