18 de marzo

Hola, Marcos:

¿Todavía piensas en el sol levantándose por el horizonte y en esas largas sombras que trae consigo? ¿En el negro de la noche que pasa a verde y azul, árboles y cielo? ¿O los pájaros cantando melódicamente al aire…? Recuerdo cuando, describiendo al amanecer, dijiste que te alegraba la vida. Un deleite visual, el despertar de la naturaleza y del mundo, y no sé cuántas otras cosas empalagosas. Para mí, es sinónimo de molestia. El sol brilla por mi ventana y se escurre por mis cortinas. Invade mi habitación. Quiero seguir soñando, pero no me deja. Pareciera apuntarme al rostro con una linterna sin posibilidades de cubrirme. Es inútil. Al final me rindo y abro mis ojos.

Todas las mañanas, obligada por el sol, me levanto de mi cama, no sin antes encapricharme un buen rato por la futilidad de mis quejas. Al cabo de un rato se me pasa el malhumor, salgo a la cocina, desayuno y dejo correr las horas un poco, esperando las primeras señales del atardecer, tú sabes. Pensándolo ahora, es parecido a cuando me baño: enciendo el calentador, abro el grifo y dejo pasar unos minutos hasta que el agua tibia comience a fluir. A veces me quedo esperando un poco más. Sí, sé que desperdicio el agua, pero es irresistible ver caer el chorro, el sonido cuando impacta y el vapor caliente que desprende; además, como te mencioné en alguna ocasión, no planeo vivir más allá de los cincuenta años. Mi desperdicio neto tampoco será tanto, espero.

Bueno, el motivo de esta carta es decirte que me parece un desperdicio enamorarse de una mujer como yo, por eso te lo dejo en claro desde ahora: soy un desastre y nada más. No sé quién crees que soy, pero desde ya te aseguro que te equivocas. Y no es que tenga algo en tu contra, tampoco mis amigos me conocen, ni mis padres; ni siquiera yo misma. No quisiera hacerte esperar en vano. Algo en mí está mal y no sé si tenga solución. Desde que me despierto hasta que me duermo, desde enero hasta diciembre, es todo lo mismo. El lunes se vuelve indistinguible del domingo, con los meses pasa lo mismo. Floto de un año a otro acercándome a mi destino, sea cual sea.

Te lo digo de una vez, Marcos, no es divertido convivir con alguien cuya vida es tan aburrida e insípida como la mía. Me la paso esperando todos los días. Esperando a que el sol no brille tanto, al atardecer, luego al anochecer. En las mañanas espero a tener hambre para desayunar, en las tardes leo ocasionalmente esperando encontrar algo que me absorba y, por las noches, busco afuera esperando encontrar cualquier cosa que me haga sentir viva. La belleza de las flores, el misterio de los animales callejeros, la ficción literaria, el frío del aire o el calor del agua de la ducha. Eso y poco más es mi vida, no esperes otra cosa de mí. Sé bien lo que pasará si sigues contactándome y no quiero lastimarte, ni a ti ni a mí. Ya he tenido suficiente.

Velo de este modo: somos dos personas que coincidieron en algún punto de sus vidas. Un encuentro fugaz y suficiente. ¿Qué importa de dónde vengo o adónde voy? ¿Sufriríamos si dejáramos de recibir estas cartas que nos escribimos? Seguramente, pero todo pasa. Te seré sincera, a veces sueño despierta cuando desayuno y no hay quien me despierte. Quisiera experimentar algún romance de esos que tanto leo, pero no estoy hecha para ello. Lo pienso, imagino casos hipotéticos, situaciones ficticias donde, por alguna razón, tengo una pareja que me quiere y a la que quiero, pero nunca puedo imaginar qué sigue. No me imagino qué haríamos juntos ya que nada realmente me apetece. ¿Por qué se enamoraría alguien de mí en primer lugar? El amor es una fantasía insostenible. Siento terror al pensar en la posibilidad de enamorarme y no tener nada para dar. Soy de esas que perderían aún con el mejor juego de cartas porque he olvidado qué significa ganar, no vale la pena apostar por alguien así. Lo lamento si te decepcioné, pero quería ser sincera contigo.

Con mis mejores deseos, Laura.

26 de noviembre

Marcos:

El otro día, regresando de mi caminata nocturna, avisté un bello gato de pelaje negro y ojos amarillos ámbar. Estaba inmóvil en sus cuatro patas. Yo también estaba inmóvil, observándolo con intriga. No entiendo cómo un momento tan sencillo como este me acelera tanto el corazón. Si fuera a llevarme algunas memorias a la tumba estoy convencida de que esta sería una de ellas. Los animales, aunque desconocidos, alivian mi soledad. No es la primera vez que me cruzo con este gato. Me hace querer abrazarlo con todas mis fuerzas, pero me limito a observarlo, así como él hace conmigo. Lo veo también en mis memorias, incluso en mis sueños; siempre igual de tierno. A veces, por breves instantes, cruzamos miradas y siento una extraña conexión que nunca siento con las personas. Me imagino compartiendo mi vida con un gato. Me despertaría e inmediatamente iría a verlo. Le daría de comer, lo cuidaría y jugaría con él. De hecho, en más de una ocasión llegué a soñar que yo misma era un gato callejero. Observaba a la gente cruzar las calles durante el día, escondida entre los arbustos; cuando oscurecía salía a descubrir el vecindario, sus edificios, sus banquetas, los árboles, las hojas caídas, los insectos, la luna. Me pregunto cómo me verá el gato a mí. Con sus ojos hermosos me gusta pensar que cualquier cosa que ve también debe ser hermosa.

Por cierto, leí el cuento que me recomendaste, el de la mariquita sin manchas. Marginada por los de su misma especie, querida por nadie. Me quedó en la memoria la parte en que decide pintarle a sus alas esas manchas falsas con tal de no ser excluida, solo para acabar perdiéndolo todo con las lluvias posteriores. Me trae memorias de mi niñez. De pequeña me obsesioné con la ridícula idea de que un olor repugnante emanaba de mí y no se iba por más que me bañara, luego entendí que no se trataba de un olor. Bueno, no tiene caso contarte más porque hace muchos años de aquello, solo quería decirte que entiendo a la mariquita, aunque sea un poquito. Quizás por eso el final me pareció tan bonito. Me apena decirte esto, pero sentí envidia de ella. No importa lo que pase, siempre seré yo misma. Es de admirar el valor que tuvo que tener para decir eso y mostrarse al mundo con esas alas defectuosas, para mostrarse como es, bajo la luz del sol, a la vista del mundo entero. La misma que otros calificaron como miserable comenzó a desprender belleza con su alegría. Yo también quiero ser como ella. Quiero irradiar la misma belleza interna que la mariquita. Creo que tienes razón, creo que ya no quiero seguir escondiéndome en la oscuridad de la noche. Ya no quiero ser la sombra de lo que otros ven en mí. Algún día, con el sol en su máximo esplendor, saldré y seré capaz de sonreír mientras las personas me ven. Realmente ansío ver con mis propios ojos el mundo que se halla entre el amanecer y el atardecer. Está decidido, mañana lo haré. Saldré a caminar al parque al mediodía y te compartiré mis descubrimientos. Espera mis noticias con impaciencia. Por cierto, te recuerdo que todo esto de continuar con nuestro intercambio de cartas fue idea tuya. Me voy a enojar contigo si un día dejas de responderme.

Con cariño, Laura.

11 de diciembre

Querido Marcos:

¿Has ido al mar? Yo fui hace ya bastantes años. Era tarde y el agua estaba fría, así que no entré. Me senté en las rocas y lo vi con mi familia unas horas. Era divertido. Se arrastraba hacia mis pies y luego, como si de timidez se tratara, se alejaba. Escuchaba las olas, parecían querer decirme algo, pero también se alejaban cuando más cerca estaban. Al final oscureció y me fui. Cuando muera y me cremen quiero que lleven mis cenizas al mar.

No sabía cómo iniciar esta carta, pero seré directa. Marcos, quiero decirte que hasta aquí llegué, me rindo. Aquel día salí de mi casa. El sol brillaba intensamente mientras caminaba hacia el parque, el mismo que visito por las noches. En un día tan bonito descubrí lo horrendo que resulta salir sin una buena razón. Los adultos iban a su trabajo, las familias pasaban tiempo juntas, los estudiantes iban a casa, incluso los pájaros estaban ahí para buscar alimento… pero ¿qué hay de mí? No puedo simplemente decir que mi motivo para estar ahí, caminando en esa calle, es simplemente ver un árbol, o una planta, o las nubes, o dejar correr el tiempo, ¿sabes lo tonto que suena? Y no creas que es cosa mía, Marcos, la gente de verdad se me quedaba viendo. Como si supieran todo esto o fuera alguna regla universal de esas que no se escriben. Me miraban sin decir nada. Pudo ser debido a mi marcha tosca, no salgo a caminar seguido; también pudieron ser mis pasos, quizás muy cortos, o muy largos, o lentos, o rápidos; pudo ser también mi vestimenta, quizás mi estilo era anticuado, o simplemente no escogí bien mi conjunto. Y yo seguía avanzando, dirigiéndome a un lugar que ni siquiera tenía la necesidad de visitar, evitando pensar en el peor de los casos, pero la incertidumbre me asfixiaba. ¿Será que vieron más allá de mi apariencia? Es imposible, pero si alguien me hubiera dicho que sabían el miedo que tenía y que vagaba sin rumbo, le hubiera creído. Sentía que me ahogaba en un mar hostil. Di unos pasos más antes de detenerme y volver a mi casa con toda la vergüenza del mundo mientras intentaba contener mis lágrimas pensando en lo patético que se vería una mujer llorando en medio de la calle por tonterías como estas, pero ahí estaba yo, llorando por dentro, por tonterías como estas, mientras me preguntaba: ¿Cómo justifico mi existencia?, ¿cómo me convenzo a mí misma de que tengo un lugar en el mundo? Parece que mi única opción es vivir escondida, para siempre.

Podrá parecerte tonto deprimirse por estas nimiedades y no te culpo. Ya lo ves, soy una rara. No hay más. Ríete si quieres. Nada de esto es nuevo. Esta es mi vida. Gente mirándome como si tuviera algo en la cara, o como si tuviera un olor horrendo e imposible de percibir. Y te lo repito, no es mi imaginación; tantos años en soledad me han permitido captar estas sutilezas. Qué mentiras aquellas de que bajo unas capas de piel somos todos iguales, o que somos todos bello polvo de estrellas. Soy un desastre. Nada cambiaría incluso si se lo cuento a los demás y tampoco quiero parecer más rara. Cuando pasan estas cosas solo me escondo bajo mi indiferencia, apago mi mente y dejo pasar las horas un poco. Al fin y al cabo, la vida es la que es. No puedo llorar para siempre.

Tampoco creas que mi intención es causarte lástima. Por favor, no la tengas. Cuando me alientan con palabras bonitas parecieran susurrarme al corazón lo rara que soy. No lo soporto. Debes saber que, a lo largo de estos años, yo también he causado sufrimiento a los demás, en especial a mis amigos, si es que todavía puedo llamarlos así.

Te contaré una breve anécdota:

Cuando iba al colegio hice una amiga, se llamaba Diana. Me encontró leyendo cierto día y me preguntó: ¿A ti también te gusta leer? A partir de ahí comenzamos a platicar, a conocernos. No teníamos mucho en común, pero era divertido pasar el tiempo juntas. Podía apasionarse con algo tan aburrido como la jardinería, le encantaba la lavanda, y luego aburrirse con las clases para terminar durmiendo por ratos. Entre plática y plática, los meses pasaron y su cumpleaños se acercó. Fue en un mayo como este cuando falté a su cumpleaños. No entiendo por qué, todo iba estupendo. Incluso le había preparado una carta amistosa. Con lo cobarde que soy, ciertamente temía que no le gustara, pero más me asustaba que le gustara demasiado. No quiero excusar mi falta, así que no entraré en detalles sobre la carta. Al siguiente día ninguna de las dos tocó el tema y poco a poco nuestra amistad se fue marchitando hasta que llegó el día en que dejé de escucharla hablar sobre lo que ella llamaba Las siete maravillas naturales de la floricultura y todas nuestras pláticas acabaron. Estar con ella me restaba un peso de encima, como si no tuviera que cargar con todo yo sola. Me sentía tan ligera que flotaba. Quizás, con un poquito más de viento, podríamos haber llegado hasta los campos de lavanda de la Provenza que tanto quería ver. Al final nos separamos. Irónicamente, me contagió ese gusto por la lavanda.

Situaciones similares he protagonizado con mis padres y con todo aquel que me aprecia. Termino decepcionándolos e hiriéndolos. No quisiera que pasara lo mismo contigo, pero a estas alturas me temo que ya podría ser demasiado tarde, así que te lo contaré todo de una vez:

No muchas cosas existen en mi vida, a veces ni el sueño ni el hambre. Me gusta la literatura, la naturaleza y poco más. Suelo llorar de la nada. Antes amaba la repostería. Seguido preocupo a mi madre con mis ojeras. No puedo salir durante el día sin sentir que todos me observan. También me gusta el mar, las flores y el azul índigo. De niña quise ser pintora o doctora, ambas opciones me emocionaban. Me paso el día sin hacer nada. Mi madre no me deja cocinar porque siempre me olvido y lo quemo todo. Las personas me incomodan, no sé qué ven en mí. A veces siento que soy una extraterrestre que robó el cuerpo de una mujer. Unos días deseo tener más amigos, otros, siento que todas las personas son de cartón. Soy una miedosa sin remedio. Incluso mis padres me han dicho que no soy normal. En las noches recuerdo aquellas personas a las que he decepcionado. He pensado en esconderme de todo el mundo, para siempre. Verlo todo desde la distancia. Desearía ser una piedra en el fondo del mar. Que el sol se apague, que la luna tome su lugar y que el mar me abrace.

Por supuesto, soy consciente de que mis deseos son imposibles. Otra vez: fantasías insostenibles. Meras ilusiones. Es más, hay algo que no te conté la otra vez, soy alérgica a los gatos, desde que era una niña. No puedo convivir con ellos, nunca he podido. Solo me queda verlos a la distancia hasta que muera. Puedo soñarlos, tanto como quiera, pero son solo sueños. Sueños hermosos. Qué hermosa es la vida cuando olvidas tu existencia, ¿no crees? Dime, ¿es un pecado desear no existir? A veces me dan miedo mis pensamientos. ¿Cómo me mirarían los demás si se los contara? ¿Tan rara soy? No quisiera saberlo. Sería lamentable enterarme de que estoy más sola de lo que creo.

Todo esto que te cuento es muy abrupto, lo sé. En febrero intenté alejarme de ti, pero insististe en saber más de mí. Sabes que soy débil de corazón, así que continuamos intercambiando cartas hasta que un día me di cuenta: me había encariñado tanto de ti como tú de mí. No me malentiendas, siempre quise contártelo todo sobre de mí, pero sabía que no podía tener ambas cosas. Si te hubieras conformado con ver la superficie, ahorita estaríamos enviándonos cartas amorosas platicando de más cuentos, o de lo bonito que son los gatos. Me engaño diciendo que lo hice por ti cuando realmente lo hice por mí. Quería tener a alguien que me escuchara, al que pudiera platicarle mis gustos, mis disgustos, mis problemas, mis anhelos, mis sueños… todo. Esperar tus cartas también se volvió una actividad placentera, pero te lo repito: me rindo, he llegado a mi límite. Al final, entre más me acerco a los demás, más me acerco a mí misma y a mis limitaciones. Sospecho que esto mismo me pasó con Diana. Ahora estoy en una encrucijada, no, es más bien un laberinto donde todos los caminos están cerrados. Me ayudaste a ver lo enorme que es el mundo y lo bonito que se siente tener a alguien con quien intercambiar palabras. Tienes razón, hay vida más allá de lo que mis ojos ven y es hermoso, pero simplemente no es para mí. Por favor, créeme cuando te digo que lo he intentado, pero cada vez todo sale peor. Fui sincera cuando te dije que quería salir y sonreír bajo la luz del sol y conocer a más personas y… vivir una vida normal. Pero nada bueno sale nunca. Agarro trocitos de mi ser, los tiro a un abismo y lo único que obtengo es silencio. ¿Qué hago yo ahora con este corazón que está más vivo que nunca? Late tanto que me duele.

Podría equivocarme, seguramente lo haga tras contarte todo esto. Quizás no sea más que una mentira nocturna, pasajera, de esas que se desvanecen con el tiempo, como los dolores; o quizás sí que soy una rara sin remedio como todos dicen. Honestamente ya nada de eso importa. Tenías razón, pase lo que pase siempre seré yo misma. Haga lo que haga, intente lo que intente, la mariquita sin manchas siempre será la misma. Esperaré y esperaré. Envejeceré y moriré. Viviré siempre como hago hoy. La magia no existe. No puedo simplemente volverme aire, no puedo hacerme diminuta ni convertirme en una hormiga. No puedo volverme una piedra, ni una hoja marchita, ni un atardecer, ni siquiera un diminuto suspiro. Gracias a ti he abierto los ojos.

Perdón por extenderme más de la cuenta, pero quisiera hacerte una última petición: no me contactes más, por favor. No lo soportaría.

Para siempre agradecida, Laura.