La mejor manera de cerrar el día es con un tazón de cereal con leche (el de chocolate me encanta) y esto es absoluto. Para mi desgracia, hace pocos minutos abrí el refrigerador y no había leche. Ya se imaginará el lector la desagradable sorpresa que me llevé. Saldría a comprar un tanto más, pero afuera hace un frío horrible. Ni tanto, en realidad no tengo hambre por las noches. Solamente estoy cansado. Prefiero quedarme en mi habitación y descansar.

Sin embargo, llevo unos quince o dieciséis días cenando siempre, por costumbre, un tazón de cereal en la mesita de mi recámara, con una manta sobre mis piernas y el televisor encendido (tristemente nunca pasan nada interesante). Siendo precisos, llevo poco más de un año con este ritual, pero reinicié la cuenta tras mi traslado a la capital. Desempacando la mudanza no tuve tiempo siquiera de salir a comprar leche. Es curioso, pero no es la primera vez que me sucede: descuido mis rutinas aparentemente esenciales y, para mi sorpresa, no siento la más mínima pizca de insatisfacción. Me pasó una vez que, por las prisas, me fue imposible tomarme el café matutino que venía tomando por meses y, como esperaba, nunca sentí ese Me falta algo, o el Hoy el día se siente un poco distinto, mucho menos el Me siento raro. No sentí nada. Fue un día normal y el sol seguía ahí arriba, brillando. Incluso hoy, a esta misma hora, en este preciso instante, podría acostarme en el suelo para dormir o salir afuera y dar un paseo con nada más que mis calzoncillos. Podría abstenerme de comer un día entero o de moverme en cualquier lugar o momento durante cualquier lapso y aun así conservaría mi despreciable tranquilidad mental. Pero creo que eso no viene al caso.

Volviendo al tema, me pesa tener que interrumpir un ritual tan especial como este (que, como repito, justamente había retomado hace pocos días), y no es que lo deseara con alguna clase de anhelo o hubiera estado esperando ese cereal, sino que es más parecido a contar del uno al quince (o al dieciséis o al diecisiete) y luego volver abruptamente al cero… Quien me conoce, sabe que soy extremadamente paciente, pero incluso yo puedo frustrarme un poco con esta situación. Diría que es incluso incorrecta, que no debería ocurrir nunca, pero tampoco es el caso. Son, simplemente, situaciones que pasan y ya, tampoco hay más.

A estas horas solo queda dormir. Aunque tampoco es que tenga sueño, pero ¿quién soy yo para desobedecer a la luna? Miento… solo quiero acostarme en mi cómoda cama, cobijarme bajo la cálida manta y permanecer inmóvil en ese espacio reservado únicamente para mí, alejado de todo el mundo y libre de todo sonido. Me asombra el efecto que un simple trozo de tela puede tener en una persona. Meto del cuello para abajo e inmediatamente me abriga una rara sensación de esperanza. ¿De qué me abriga? eso no lo sé con certeza, mis preocupaciones son como una gran nube negra y helada que cambia de lugar cada noche. Son como… fantasmas que no puedo atrapar.

Aprovechando el tiempo, porque aún no es medianoche, me he acomodado en esta cama resuelto a exponer con el lector los pocos fantasmas que he cazado en mis últimas noches de vigilia. Porque me he dado cuenta de algo y es que solo me entero de ellos mientras los describo con precisión, así que vengo a estamparlos en palabras. Para contextualizar un poco diré que, como habrá supuesto el lector, me mudé recientemente a la capital. Esto, por cuestiones laborales. Abundan las ofertas en la capital y pensé en ganarme la vida acá. Bueno, podré decir que fue por eso, pero también es cierto que un día, mientras cenaba (cereal de chocolate, como siempre), me di cuenta de algo: volver a la ciudad sería uno de los pocos anhelos que habían ido creciendo en mi corazón. A partir de ese día me volví bastante consciente de este pensamiento. Día y noche, mi mente comenzaba a revivir. Gradualmente, recordaba pequeños fragmentos de mi vida en la ciudad, de mi infancia; esto, a su vez, incitaba a mi mente a pensar más y más. En fin, que antes de percatarme, mi anhelo se había convertido en un capricho realizable. Y resulta que, tras una muy breve investigación, descubrí la abundancia de ofertas laborales en la capital. No pude haber escogido mejor excusa para venir.

De tan solo pensar en llegar me emocionaba sobremanera. (En una ocasión incluso olvidé apagar la estufa; afortunadamente, el único percance fue un chocolate caliente derramado). Pensaba que llegando reviviría los dulces momentos del pasado, esos que aún permanecen intactos en mi memoria. Pensaba que saldría de mi casa, respiraría hondo y, por algún motivo que no entendería, sonreiría al mundo entero. Pensaba que recordaría en su plenitud los momentos de antaño y sería feliz mágicamente. Resulta que no me equivoqué, pero, de cualquier forma, la realidad ha resultado ser todo un desastre. Pues todo cambia y eso es una verdad universal, solo ilusos como yo piensan distinto, pero las buenas memorias no son inmunes al paso del tiempo.

Muy en el fondo, una parte de mí desearía nunca haber regresado, quizás así mi vida seguiría asediada por el anhelo.

Pero las cosas son las que son y heme aquí, recostado en una cama individual mientras miro el techo de un departamento en la capital. A ver, los primeros días que llegué sí que fui bastante feliz. Tan solo entrando a la ciudad comencé a ver las hermosas jacarandas (ese magnífico contraste de verde y morado), logré reconocer muchos edificios del pasado, y ni hablar de la comida. Llegué a mi nuevo departamento en la madrugada y creo que nunca había sonreído tanto en a esas horas de la noche. Pero lo mejor fue cuando recordé memorias que no sabía que tenía, redescubrir lugares previamente conocidos y recuperar una rara especie de alegría olvidada.

A pesar de lo poco que llevo en la ciudad, construí nuevas memorias felices. Recuerdo con especial cariño una mañana reciente en que recorría las calles y, aunque nada especial aconteció, repentinamente sentí una inyección de felicidad, como si me abrieran los ojos a la fuerza y me cegaran con una alegría imposible de rechazar e imposible de imitar. Inspeccioné mi alrededor y no había más que una jacaranda a mi derecha, una vereda adornada con sus flores a mis pies y un edificio escolar a mi izquierda. Aunque no hallé nada con mis ojos, fui víctima de una extraña especie de alegría natural sobre la que no tenía control. Era, nuevamente, una de esas situaciones que simplemente pasan y ya. Pasó muy rápido.

No quiero mentirle al lector (ni parecer más hipócrita de lo que ya soy), estoy enormemente agradecido con la alegría que siento ahora, es verdadera, toda alegría es verdadera mientras dura, pero igual de verdadera es mi pena. Muchas memorias se quedaron en el pasado a pesar de haber regresado a la ciudad. Parecerá extraño, pero no cabe duda: la ciudad a la que volví no es la misma que dejé cuando era niño.

Nunca me pareció tan cierto como ahora eso que dicen de que la dicha más elevada viene acompañada de una depresiva e inseparable tristeza. A veces, cuando me despierto, cuando mi mente aún está en blanco y parece que todo es un sueño, me asomo por la ventana y medito viendo el hermoso paisaje nostálgico desde mi recámara. A través de esa ventana solo hay pinos, edificios de dos a seis plantas y… personas, y me pongo bastante sentimental. Felicidad, tristeza, no sé cuál de las dos sea, creo que en este punto son indistinguibles. Incluso he llegado a pensar que son lo mismo.

Antes de continuar, quisiera compartir con el lector un poco de mi pasado. Yo nací en un octubre del año 2003 en la Ciudad de México. De pequeño llevé una vida de lo más común en un apartamento igual de común. Un padre y una madre que amé y que me amaron. Por las mañanas caminaba a la escuela con mi madre, siempre pasábamos por un parque de juegos; ahora, cuando lo veo, me trae nostalgia. Inicialmente me asombró que el mismo parque estuviera ahí, pero pasaron los segundos y, entre más lo veía, más me daba cuenta de que no era tan magnífico como lo pintaba mi memoria. Aun así, disfruté viendo a los niños usando los mismos juegos que yo una vez disfruté. Saliendo de la escuela, camino a casa, recuerdo que solíamos recorrer las hermosas veredas siempre adornadas con las jacarandas, marchitas y sucias pero nunca feas; hoy que las veo me doy cuenta de dos cosas: la primera es que esas veredas son como las que podrías encontrar en cualquier rincón del país; y la segunda, que mis memorias olvidaron un elemento crucial: las personas. Las únicas personas que recuerdo de mi infancia, además de mis padres, son dos amigos muy queridos (nunca supe qué fue de ellos); no hay nadie más en mis memorias y ahora resulta que salgo de mi departamento y veo personas por doquier y de todo tipo.

¿Pero qué pasa con las personas? En resumen, son las causantes de mi odio a la ciudad donde crecí, un odio que lentamente comienza a superar mi aprecio. Bueno, este cambio tan radical en mi valoración de la ciudad surgió a raíz de una experiencia que me hizo ver la ciudad por lo que realmente es. Hace aproximadamente una semana salí a recorrer las calles en el transporte público. Todo iba genial, exploré desde colonias urbanas con enormes edificios hasta zonas residenciales con demasiadas casas (algunas áreas bonitas y otras no tanto, pero creo que esto es algo que sucede en todas las ciudades), sin embargo, conforme pasaba el día y comenzaba a oscurecer, la ceguera de mi emoción comenzó a decrecer y me subí nuevamente al camión en ese estado de total claridad. Tenía los ojos bien abiertos, pero ya no veía por las ventanas, veía a los demás pasajeros. No mentiré, fue aterrador. Fue ahí que me enteré, nada era como lo pensaba. Nadie estaba alegre, nadie sonreía. Lógicamente, no eran personas que habían regresado a su ciudad natal, pero lo que mis ojos vieron aquel día, dentro de ese vehículo aislado del bello exterior, fueron humanos sufriendo. No puedo explicarlo bien, pero estaba seguro de ello por la manera fría en que se movían o la inexpresividad de sus rostros, o el silencio absoluto, no lo sé.

Se lee rápido, Problemas socioeconómicos, dicen todos, pero en ese instante me fue imposible comprender que tan solo dos palabras sean las causantes de tanto deterioro en un ser. Seguramente había más, tanto más que tenía miedo de ver sus caras. Temía ver la profundidad de sus penurias. Fue un punto de inflexión. Podría decir, incluso, que desperté por segunda vez. Eventualmente, lo único que pude ver al salir a las calles fueron personas.

Pasaron los días y lo que antes me parecía una hermosa ciudad ahora me parece un calvario. Al principio intenté calmarme, pensaba: Al menos moriré donde nací o Al menos la naturaleza es bonita aquí, pero la verdad es que ya me harté de fingir. Me siento en un lugar totalmente desconocido. Me siento un extranjero en mi ciudad natal. Y es que ahora, cada que salgo de mi casa no puedo evitar mirar a las personas (de reojo, rezando no cruzar miradas). Lo escucho todo, el silencio melancólico que emiten en las calles y esas miradas que no ven a nadie.

Al mediodía, cuando me desplazo por la ciudad, escucho el metal rechinante del camión y el pitido agudo de los conductores en el tráfico. Me disgusta juzgar a los demás, pero no puedo evitar sentir cómo, cada que alguien se dirige a mí, lo hace con hipocresía. Desde que llegué aquí, los pocos que me han hablado lo han hecho con intereses ocultos, casi siempre para venderme cosas. Incluso decir un simple gracias me hace sentir como el mayor hipócrita. No quiero decirles Gracias. Ya no quiero ver ni escuchar nada que tenga que ver con las personas, pero estoy en una ciudad hecha por personas para las personas. ¡Personas, personas y más personas! Dondequiera que mire: construcciones, publicidad engañosa. Hipocresía por doquier. Decadencia. Horror. Personas.

Últimamente he dejado de salir por las noches, es una tortura. Prefiero acostarme en mi recámara y apagar las luces; sé que, por más que entre y salga, nada habrá cambiado en ella. Las sábanas estarán como las dejé la noche anterior. Solo yo vivo en esta recámara. Pero he de admitir algo y es que no soy tan distinto de los demás: me escondo en paredes de concreto hechas por trabajadores de la ciudad mientras me quejo de sus habitantes, solo para sonreír después mientras respiro el verdor de los árboles que estas mismas personas plantaron.

Mis memorias parecen más lejanas que nunca. Algunas noches pienso que no soy más que una cucaracha más en este basurero, que soy de esas personas que tanto me desagradan, entonces me tapo bajo mi cobija hasta que se desvanecen estos sentimientos desagradables. Algunas otras noches desespero por ver algo, o a alguien, no lo sé. Volteó mi mirada por todos lados, muevo mis manos descontroladamente aun sabiendo que no hallaré nada en este cuarto. Mi pulso se acelera, mi respiración se entrecorta, mis sentidos se agudizan. Corriendo en busca de algo que no existe, deseando estar equivocado. Me pregunto: ¿Realmente estoy bien aquí?, ¿Qué fue de mis amigos?, ¿Dónde están todos?, ¿Qué hago?, ¿Vuelvo?, ¿Adónde?, ¿Aquí?, ¿Allá?… Entonces mi estado regresa a la tranquilidad. Abrigado por el calor de mi manta y el silencio de la noche, caigo dormido. Todo regresa siempre a la misma despreciable tranquilidad. Sé que este lugar ya no es para mí, pero tampoco tengo el valor para soltar las pocas memorias que me quedan. No podría irme de nuevo. Supongo que mañana iré a comprar más leche.