Entonces le sirvo el café a Jacinta y me dice: Oh, se nos acabaron las hojas. Entonces traigo más y me dice Rosario: ¿No me quieres traer un café? No, no quiero traerte un café, gorda. No, Jacinta, traerte más hojas no está dentro de mis responsabilidades. Pero ahí voy yo de tonto a servir café y traer hojas mientras me trago mis propios argumentos que, dicho sea de paso, saben a putrefacción, como los cafés que vende Don Marcos, que solo compran personas urgidas por no caer dormidas y roncar como vacas, o mandan a comprar, mejor dicho. ¿No vas a bailar?, ¿en serio? Ándale, no seas soberbio, ven al bailable. No, que no voy, no sé bailar, no me gusta, mi gato está enfermo, mi esposa va a parir, mañana cae un meteorito en mi casa, no puedo, cállate ya. Pero ahí estoy yo bailando tiki tiki taka taka y tucún tucún como si supiera bailar, con los dientes más apretados que mi cinturón que no me deja digerir los tamales, con tal de demostrarle a esa bruja que no soy soberbio y que no me faltan huevos como dijo ella en voz alta frente a Marta todas las mañanas que no accedí a su petición. Frente a Marta. Yo salgo a las seis de la tarde (aunque debería salir a las cinco, pero la gorda de Rosario me pide que le ayude con la computadora que no funciona bien, o que le ayude escogiendo qué vestido le gustará más a su novio, o que mañana viene tal cantante a dar tal concierto y no tiene dinero y quiere desahogar sus terribles e insolucionables penas conmigo) tan harto ya que solo quiero comerme esa torta que prepara Don Rodrigo con sus benditas manos. (Juro que estuvo en la misma fila que Messi cuando Dios repartió sus dones). Esas carnitas grasosas que se hacen agua en la boca, y el jitomatito y la cremita y… ¡Ay, Dios bendito! Don Rodrigo es vida, es amor, es mensajero del Señor y yo soy el oyente que acude a su ceremonia nocturna. Hoy no fue distinto, a las 7:43 (hora promedio en que llego a su puesto de tortas) le saludé: Don Rodri, ¿qué tal la chamba? Platicamos. Me dijo que su esposa tal y tal y su hijo que ya no tiene permitido ver y que va a dejar de tomar, y esas cosas de siempre, y yo le pedí la misma torta de carnitas que pido a diario (menos los domingos, porque esos días no voy a trabajar). Tomo asiento, quedaban dos taburetes desocupados. Boing de mango, salsa extra y limón aparte. Le hablo de Marta, de lo agraciada que es y de lo insufribles que están siendo todos conmigo en la oficina. Y llega lo peor: se acerca otro comensal por la banqueta. De primeras veo que es nuevo, que se la va a pasar preguntando el menú media hora y que voy a tener que comer en silencio. Pero eso no puede ser. No pueden decirme que espere hasta las 7:43 PM para contar mis penas y luego decirme que ya no voy a poder contarlas porque un señorito nuevo quiere una torta. Es el colmo. Y para empeorar la situación, cuando le entregaron su torta (de milanesa, por cierto, la más sencilla de todas; me irrita siquiera imaginar por qué se tardó tanto en pedir), me comienza a echar ojos. Yo creo que fue por rencor o envidia. Me tiene envidia porque yo sí alcancé un asiento y él no y se tiene que tragar su torta de pie y sin jugo (porque ya se habían acabado). Ya se cansará, pensé. Pensé, pensé. Pensé que, si lo ignoraba, me dejaría comer en paz, pero seguía mirándome con ojos de quiero preguntarle de qué pidió su torta, se me antoja de madres, pero luego cambiaba la posición de sus cejas y el conjunto se asemejaba más a ya, hijo de tu madre, párate del asiento, yo también quiero sentarme a comer, o quizás sea algo más sencillo, un no mames, ¿cómo que sin aguacate? (porque pedí mi torta sin aguacate, pero procuré comunicárselo al chef con voz queda, así que no puede ser eso. Además, él ni siquiera estaba cuando yo pedí mi torta). Y yo le devolvía la mirada diciéndole ya párale, ¿no? Ya deja de chingar, te gané el asiento y te aguantas. Pero el señorito me contestaba con sus ojos y no me dejaba disfrutar del don de Don Rodrigo, y yo estaba que ya no podía más. De verdad que no puedo. Estoy harto. Es imposible. No lo soporto, estoy harto. Ahora es medianoche y sigue sin poder ser. Es de no creer. Giro mi almohada una y otra vez, me retuerzo como gusano bajo mis sábanas y no me lo creo. Estoy harto. Harto, harto, harto.