Espagueti [24-09-24]
Mis ojos no alcanzarán a ver nada más que espagueti y eso me bastará, pilas de espagueti bañado en salsa de tomate, cada uno con un grosor que rebasará con creces mi pequeña estatura. Un mar de pasta en el que hallaré cavidades adentrándome lo suficiente, y será de mis diversiones favoritas entrar en ellas a dormir: recostado, rendido en el suelo, caído en sueño mientras huelo el tomate, el ajo, la cebolla, el orégano y, ocasionalmente (cuando la curiosidad de mi nariz se alborote), el olor de otra cosa: un placentero ingrediente secreto imposible de descifrar y que, por eso mismo, me arropará con los sueños que nunca he tenido. Y en cada despertar escalaré las altísimas tiras de pasta hasta llegar a la superficie, desde la que apreciaré la montaña nevada que se asomará por el horizonte, una de crema y queso desbaratado; querré acercarme a ella, probarla, luego escalarla y llegar al cielo.
Me quedaré mudo cada día al mirarla antes de avanzar hacia ella. Todos los días me acercaré unos pasos más (o eso pensaré. Quizás no me acercaré nunca, pero eso no importará porque, por las noches, cuando mis pies se hallen cansados, bajaré de nuevo a dormir cobijado por las cavidades de espagueti) hasta que miraré a mis costados, desde la superficie, y vislumbraré los gigantescos bordes blancos del plato que estará conteniendo ese bello paisaje culinario en el que me estaré divirtiendo dejando mis pequeñas huellas. Pero será efímera la alegría de dicho descubrimiento porque, entonces, miraré una gran nube reluciente descendiendo de los cielos como un regalo divino, un regalo que caerá con la misma furia que un meteorito apocalíptico. Colindará con el plato. Me daré cuenta de que es una cuchara gigantesca que me tomará encima. No me apartaré (y no será por miedo). Montado en ella, voltearé abajo y apreciaré cómo me estaré distanciando de la montaña blanca, y, cuando voltee arriba, veré la boca abierta que me recibirá con sus dientes embarrados en salsa de tomate. Seré masticado cientos de veces, seré despojado de mi forma, mis huesos crujirán, mis fluidos se esparcirán por doquier con cada mordisco; seré una masa deforme.
Mi cuerpo, que se siente ahora tan distante; mis pensamientos, que nada cambian y que a ningún lugar llevan; mis sentimientos, que nunca puedo entender y que tampoco buscan comprensión; mi corazón mismo, anómalo desde el principio, la fuente de todo mal: todo en mí será destruido hasta que nada quede. Luego seré hermoso; luego, cuando los dientes me hayan dado forma con cada mordisco hasta corregirme, hasta no ser más yo, seré hermoso.
La persona que descenderá por la garganta será una persona querida, amada por la vida. Será aquel al que le sonreirán los sueños y anhelos tan codiciados por el cadáver que atrás dejó y por el que entristezco pensando en su destino, y entristezco aún más pensando que yo también querré más a aquel que no será yo. No seré más el que se hunde en la melancolía contemplando su plato de espaguetis fríos o el que se entusiasma fantaseándose enano; al despertar, antes de dormir, cuando como y cuando no: no seré más aquel que no quiere sino pensar y soñar hasta terminar de derramar su tiempo, hasta ser brutalmente masticado un centenar de veces. No seré tampoco este, que se la pasa escribiendo sobre sus fantasías y escribiendo que escribe mientras aguarda el día en que eso ocurra, porque ya estaré muerto.