Alrededor de esta lámpara todo es oscuridad. No hay nada, pero eso no lo detiene de seguir tomando forma. Lo percibo cada que regreso a casa. Llevaré unos tres meses con esta sensación, mas no fue hasta apenas un par de semanas que la identifiqué. De esto no me caben más dudas: algo hay en mi interior y va tomando forma. Ese algo podría ser una idea, un pensamiento, un sentimiento; podría ser incluso un paisaje (pacífico o sombrío), una pieza musical, quizás una escultura… no lo sé, es aún vago, pero sé que se aproxima con inminencia. Si intentara describirlo… no, soy incapaz; describirlo en estas etapas sería como esforzarse por ver el futuro.
No es un algo que haya llegado como los resfriados y me haya contagiado; siempre ha estado aquí, lo siento con cada palpitar de mi corazón. Si me concentrara lo suficiente, diría que incluso lo escucho. Es como un tumor que crece conmigo. Si lo extirpara, moriría, de eso estoy seguro, aunque no creo hallarlo incluso si hiciera una incisión en mi pecho.
Mis sospechas me indican que este suceso guarda alguna conexión con mi casa. Debe ser así. Es una vista peculiar la que me recibe todas las noches: introduzco la llave, giro el pomo, abro la puerta y, aun estando oscura, veo mi casa en profundidad; se asemeja a un tren vacío. Primero está el largo pasillo del recibidor (con un baño a la derecha), después está la sala (a su izquierda, la cocina) y, más al fondo, está mi recámara. Cada noche, sesenta y dos metros cuadrados de silencio negro se posicionan frente a mí, aguardando mi entrada. Son despreciables, pero me miran con tristeza, como si hubieran estado esperándome por horas, como un rompecabezas contemplando su última pieza. Entonces entro. Nunca prendo la luz del corredor, no hace falta, prendo la de la cocina para prepararme la cena (como ahí mismo), vuelvo a apagar el interruptor y me encierro con seguro en mi cuarto. Adentro tengo una cama, un armario con mis escasas prendas, una cajonera de cuatro compartimentos donde guardo escritos como este, un escritorio de madera bastante viejo, una silla rústica y una lámpara de mesa. La lámpara ya no ilumina como antes, pero me basta para leer y para escribir.
Debo confesar algo: no me gusta encender los focos, con ellos lo veo todo muy extraño, y no, nunca he tenido problemas con mi vista, tampoco con mis oídos, pero hay momentos en los que no escucho nada. No me refiero al volumen, sencillamente no puedo entender los sonidos. Son ruido llano sin ningún significado. Es todo lo mismo. Pasa igual con mi vista: a veces no veo más que destellos de luz y color desperdigados por doquier. En mis peores episodios, todo se resume en explosiones de ruido y revoltijos de colores y formas que no puedo entender si no hago un esfuerzo descomunal por concentrarme. Afuera de mi casa, el mundo puede volverse bastante extraño por momentos, casi como si estuviera atrapado en una pintura abstracta. Y esto no es más que mi intuición, pero en esos instantes me ha parecido que aquel cúmulo de imágenes y sonidos irreconocibles comparten el mismo tono. Están ansiosos de converger en una sola forma, casi como…
Escribiendo esto, tengo el presentimiento de que lo mismo pasa conmigo. Quizás la figura moldeándose en mi interior siga un mecanismo similar. Ese algo podría estar compuesto de todos mis días, mis sensaciones, mis miedos y mis anhelos, mis pensamientos presentes y los ya olvidados, mis sentimientos (los superficiales que van y vienen y los más profundos, aquellos que no alcanzo a ver y que siguen alejándose)… Me temo que ese algo en mi interior podría ser yo. Yo en trazos, colores, formas… Mi vida convergiendo en una masa arcillosa ansiosa por reclamar una apariencia definitiva cual figura de barro. Pero es aterrador porque no siento mías las manos dándole forma. No puedo verlo, ni al escultor ni a la escultura. No, eso no es lo aterrador, lo que verdaderamente me hace temblar por las noches es desconocer cuándo estará lista. Podría ser mañana, podría ser hoy, podría ser nunca. Dios mío, ¿qué haré si nunca está lista? Seguramente pasaría mis días oculto en esta casa monocroma, oculto del mundo exterior que no entiendo, oculto de mi destino. No, hay algo peor: ¿qué haré si llega a estar lista y tiene forma de muerte?
No sé hacia dónde me estoy dirigiendo. Encerrado en mi habitación, continúo acelerando hacia mi destino en un tren oscuro. Lo único que sé hoy es que el tiempo sigue corriendo y la figura sigue tomando forma mientras escribo esto.