NOMBRE: Adrián Alfaro Castro.

EDAD: 27.

SEXO (M/F): M.

ASUNTO: moriré pronto.

CONFESIÓN:

Comenzaré con Laura, la mesera de la cafetería que frecuentaba. Cómo me absorbía el carácter con que colocaba mi orden sobre la mesa. Siempre sin vacilación. Siempre segura de que solo a mi orden le correspondía ese espacio del universo y resuelta a consumar tal correspondencia. Solía pedir un moka y una dona. Al divagar, pensaba que quizás era su resolución la que creaba el efecto de correspondencia inquebrantable, o quizás era Laura parte de una correspondencia aún más compleja y difusa. Pero poco me importaba cuando cerraba con la misma conclusión: Ojalá que nada le suceda. Con ello terminaba mi divagar y comenzaba a comer. El pan, por cierto, lo compran de la panadería a unas calles, y antes también yo compraba en esa panadería, pero no había lugar para comer y tenía que llevarme todo a casa. No podía con el trayecto. Permanecer sentado en una hilera de asientos de un camión, varado en medio tráfico, bajo un semáforo rojo, en una ciudad adormecida, aletargada. Letargo matutino. Personas mudas. Un mundo al borde de la hibernación. En tal escenario, me resultaba repugnante transportar una bolsa de pan. No pude. En algún punto del camino, sin notarlo, sin verlo, mi pan comenzaba a sufrir alguna especie de descomposición. Llegando a casa no encontraba más que harina y azúcar, y pensaba que todo era peso muerto, yo incluido. Para evitar este incidente es que comencé a ir a la cafetería.

De la cafetería no tengo mucho por decir, el café es decente. Aunque, a decir verdad, no soy una persona de café. Es más, ni siquiera me gusta salir. Me atemoriza. Quiero decir que tengo un temor de curiosa evolución. Comenzó con el incidente de la biblioteca, y hoy no salgo si no es absolutamente necesario, es decir, para comprar la despensa, urgencias médicas, pagar servicios. Y cuando salgo es siempre lo mismo: un andar forzado. Subordinado por la correa del miedo. Mis pies obedecen la mano de alguien que no soy, alguien que sostiene una correa invisible que se eleva de mi cuello al cielo. Sobre mi temor, este comprende una suerte de vigilancia o, siendo más específico, una extrañeza tanto del ver como del ser visto. Recuerdo, por ejemplo, cuando llegaba a la cafetería y me detenía un rato a contemplarla antes de entrar. Me detenía porque siempre me asombraba la banalidad que emitía contrapuesta a la ciudad. O cuando mi respiración se entrecortaba, detenía mi andar y mi vista me hacía creer que las personas caminaban en sincronía, formando una unidad, imitando una individual, premeditada pincelada…

Y ridículo como sonará, todo lo que arriba cuento se lo conté también a la dona que pedí en mi última visita. Asimismo, cuando estaba a medio comer, le confesé que pronto moriría. Pero solo a ella, que no sospecha ni es parte de ninguna pincelada perfecta ni de correspondencias complejas. Me hubiera gustado confesárselo antes a Leo, realmente lo hubiera hecho. Me pregunto qué hubiera respondido él. Quizás tuviera las respuestas que busco, o las preguntas, pero me hubiera conformado con poder decírselo.

Retomando el asunto, fue mi temor lo que me hizo dejar de ir a la panadería y, posteriormente, prometer no volver a la cafetería, sin embargo, rompí mi promesa. Mi razón es el motivo de esta confesión: moriré. Moriré, fue el presentimiento que tuve cierto día y que no me soltó sino hasta hoy. ¿Cómo? ¿Cuándo? Eso lo desconocía. Poco me importaba. Demasiado tenía procesando que, sin duda alguna, moriría. Podría decir que mi presentimiento fue vago, porque confiaba en él, mas no vislumbraba el camino que me conectaría a tal desenlace. Mis pistas se reducían a los escenarios que fui recibiendo, como el siguiente:

Camino entre neblina. Es medianoche. Calles vacías, farolas apagadas. Sitios irreconocibles. Giro en esquinas que nunca he visto. Por algún motivo camino, no detengo mi paso. El frío arde en mis fosas nasales. Siento preocupación, así que miro a mis alrededores, pero sigo sin reconocer nada. El frío persiste. Continúo desabrigado hasta que encuentro la cafetería. Empujo la puerta de cristal y entro: no hay nadie y el frío no es piadoso. Tiritando, camino a mi mesa y me siento en la silla metálica. Mi temblor empeora, mi piel se eriza. No puedo distinguir el frío del temor. Mi cuerpo sigue temblando, como si pronosticara su muerte. Permanezco sentado. Debería levantarme, pero permanezco sentado. Cedo al frío mis piernas y brazos. Un sopor extraño me ordena descansar. Entonces descanso mi cabeza sobre la mesa. Descanso hasta que muero de hipotermia.

En mi última visita recreé el escenario con tal de comprender el sentimiento de reclinarme sobre mi lecho de muerte. No descubrí mucho. Habiendo roto mi promesa, me di permiso para volver a mi antojo, mas nunca he regresado. Algunos meses han pasado y difícilmente recuerdo ya el rostro de Laura.

Al anterior escenario lo preceden tantos más. En todos muero.

A manera de aclaración, si les llamo escenarios es porque me cansé de discernir si se trata de sueños, divagaciones en vigilia o de algo más. Da igual. Desconozco mucho y temo mucho, pero da igual. Incapaz de precisar cuándo comenzaron, únicamente puedo referir que fue a mediados de marzo que me enteré de que algo iba mal. Sucedió mientras leía Diarios, de Pizarnik, en la biblioteca. Este extracto:

[…] sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía […]. Tal vez ya sienta los síntomas iniciales: dolor en donde se respira, sensación de estar perdiendo mucha sangre por alguna herida que no ubico.

A la lectura, siguió el encogimiento, el desdibujo y la revelación. Según recuerdo, el techo de la biblioteca se elevaba varios metros y las paredes se alejaban otros tantos, los libros se disolvían en líquidos de colores, mis oídos comenzaban a escuchar ficciones. Recuerdo también lo normal que me pareció todo lo anterior y lo normal que acepté que viviría en ese mundo deforme por lo que me quedara de vida. Mientras tanto, el libro permanecía en mi manos frías, porque pensar en la muerte enfría mis manos, pero había olvidado todo lo que había leído las horas previas, salvo estas palabras que ahora reescribo: sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Yo también lo supe. Lo visioné y presagié: Moriré. Tanta certeza tuve que hubiera podido afirmar que moriría incluso si mi afirmación resultaba falsa: moriría incluso si erraba al adivinar que moriría.

Varios meses fui acosado por la paradoja y mi desconocimiento sobre mi muerte. Al amanecer, cuando abría mis ojos y sabía de mi existencia, descubría que la muerte me esperaba para seguir acosando mi pensar. Entraba cual gusano arrastrándose por mi cabeza, garabateando todo a su paso, rayando mi día. Como el gusano, yo también vagaba mis días lento y sin rumbo: lavaba los trastes, luego dormía, luego intentaba continuar la novela de Leo, luego comía, luego ordenaba mi departamento. Y nunca sabía qué haría a continuación. Preso del temor, no pensaba en nada más. Mi muerte bien podía significar llano sentimiento (tristeza, melancolía, desesperanza, insatisfacción), pero bien podía ser real. Morir de verdad, en carne y hueso. Volverme cadáver rígido, frío. En tal estado, me limité a anotar los escenarios fatídicos que iba recibiendo. Y alguna vez, tras haberme visto morir tantas veces, llegué a pensar que ya no era yo quien moría, que yo me hallaba dentro, bajo la piel y los huesos, oculto en el cadaver que porto.

Sobre la fecha de mi muerte, algunos días sospechaba que acaecería hasta mis cuarenta años, pero luego sospechaba que acaecería el año próximo, o la semana próxima, o el día próximo. Me visualizaba recibiendo llamadas telefónicas donde me indicaban que moriría en tantos minutos de tal forma, y yo acogía el mensaje con la misma extraña normalidad de siempre. Claro que nada de eso resultó cierto. Si he de especular la razón, diré que es porque las visualizaciones fueron creación mía, a diferencia de los escenarios que me fueron entregados. Entregados quizás por el sopor, por la vagancia, por la diversión, por el temor, pero nunca creados. En ellos nunca soy creador, sino intérprete.

Otro escenario que quiero rescatar es el siguiente:

Mis pies se dirigen a una alberca. Visto un traje de baño. Llego a la orilla, sumerjo las puntas de mis pies, luego mi cuerpo hasta el cuello. Floto un rato en el borde. Miro el suelo: el azul del agua se desdibuja al fondo y se pinta turquesa. Tomo una bocanada de aire casi llena y encorvo mi espalda hasta sumergir el resto de mi cuerpo. Cierro mis ojos. Aguanto mi respiración. Unos segundos pasan y solo escucho tersas turbulencias de agua en mis oídos. Otros segundos pasan y dejo de entender cualquier sonido. Más tiempo pasa y entiendo que no me queda mucho aire, pero sigo reteniendo mi respiración. Los minutos se acortan, los segundos se dilatan. Mis pulmones duelen, necesito aire. Permanezco encorvado. Mis músculos se tensan como cuerda de acero. Mi pecho se contrae como si fuera prensado. Pero todo sigue tan normal que no quiero subir. Entiendo entonces que entré para no salir y que moriré por asfixia. Así hago: muero por asfixia.

Aquella noche desperté falto de aire, apurado del corazón, y con la iluminación pobre de mi lámpara de mesa escribí lo que vi. Cuando estaba por terminar, quizás por el azul o el turquesa, recordé a Leo y pensé en él la noche restante. En una conversación de antaño me dijo que la muerte es nuestra posibilidad final y continuó explicando a la muerte como un puerto al que llega un barco de viaje lento, insufriblemente lento e imperceptible. Nacemos rápido, morimos lento. Decía que viviría hasta sus setenta, yo le creía. Decía que envejecería para sentarse frente a la iglesia y darles migas a las palomas, y que quería visitar la isla de Pascua, y que comería un menú entero en un puesto callejero en Japón. Y su novela. Nunca entendí por qué no esperó a terminarla. Me adelantó que estaría separada en siete capítulos, cada uno titulado con el nombre de un color, me habló de ellos: Verde, Morado, Blanco. Los otros cuatro los olvidé ya. Mi favorito era Blanco, que simbolizaba limpieza, corrección de lo erróneo, aclaración de sentimientos turbulentos, trascendencia de la profundidad, arribo a una superficie sin comienzo ni fin. Recuerdo su obsesión con los colores y sus preguntas casuales: ¿Cuál es el mejor color?; Si yo fuera un color, ¿cuál sería?, ¿cuál me queda mejor?; ¿Qué colores te permitirías desaparecer?; ¿Si estuvieras a punto de ser ejecutado y tu única oportunidad de sobrevivir fuera justificando que tu color favorito es, a su vez, el mejor color de todos, cómo lo argumentarías?. Dijo que le gustaban mis respuestas y que seguiría escribiendo, yo le creía. Ahora lo recuerdo siempre que pronuncio un color en mi mente. ¿Verde? Leo. ¿Morado? Leo. ¿Blanco? Leo. ¿Azul? Leo. ¿Rojo? Leo. ¿Dorado? Leo. ¿Turquesa? Leo. Estoy contagiado de él al punto de hallarme pensando si la playa de la isla de Pascua realmente será turquesa y no poder dormir sin saber la respuesta, o sin inventarla. ¿Será realmente turquesa? Comprobarlo me atemoriza porque creo certeramente que será más turquesa que azul y no quiero que sea más turquesa que azul. Incluso intenté escribir un poema hablando de él: Leo, nadando, sumergiéndose, descendiendo hondo, muy hondo, difuminándose en aguas turquesas mientras sus deseos ascienden en celeste…. Terminé desechándolo. Creí deshonesto escribir que era celeste o que era turquesa cuando lo único que ocupaba mi mente eran tres palabras: Leo está muerto. Al final solo eso importa. Él está muerto, yo sigo vivo.

Pero estar vivo me hace sentir que miento. Me pasó la semana pasada, cuando estaba en la sección de frutas y tomé una manzana roja, y luego otra, y otra, y mis manos no se detenían y aventaban más manzanas al carrito, como si deseara comérmelas todas, una por día. Como si quisiera vivir. Me pasa cuando intento continuar su novela, cuando preparo mi cena, cuando me baño, cuando enciendo las luces, cuando despierto, cuando duermo. Vivo y siento que miento.

Luego apareció en otro de mis escenarios:

La puerta y las ventanas están cerradas. Ocupo una de las ocho sillas del comedor, ubicada al extremo derecho de un lateral. Parece que espero la comida, aunque la casa no es mía. Deslizo mis yemas por la madera de la mesa y paseo mi mirada por mi alrededor, pero sigo sin reconocer nada. El techo está varios metros encima de mi cabeza, imposible decir cuántos. Percibo el olor de un guisado, algún caldo. Volteo en dirección a la fuente del aroma y veo un pasillo extenso que emana humo gris. Espero sentado. El humo pesado llega al comedor y reposa en el suelo. Pronto, todo apesta a muerte. Espero más. El nivel del humo sube y me llega al cuello. Me pongo de pie. Camino alrededor del comedor. Inspecciono el domicilio. Miro las paredes. Encuentro un ventanal contiguo: afuera está Leo. Le veo bien, está parado. Me ve. Le sonrío. Confío en su mirada y vuelvo a mi silla. Permanezco sentado. El humo sobrepasa mi altura y muero intoxicado.

Creo genuinamente que, cuando esté próximo a morir, se me permitirá entender cosas que no se me permiten ahora. Hablo de la duración máxima de un segundo, de la dilatación de la vida, de la eternidad previa al final y todo lo que ella comprende. Sé que viviré muchas vidas en ese lapso. Seré muchas personas, tendré muchos nombres. Cansado del trabajo, volveré a mi departamento tras una noche de viento, encenderé las luces, me sentaré en el sofá y entenderé lo que solo entiende una persona que está en ese intervalo del que resulta imposible regresar mientras veo la luna pasar. Lo mismo que siente un anciano que se detiene sin pensarlo y mira arriba sin importarle en qué dirección se mueve el sol o cuántas nubes lo escoltan. Lo mismo que un niño al ver a su madre invitarlo en un abrazo. Pero este será un niño desangrándose, preguntándose si alguien lo encontrará a tiempo, porque escogió al azar como juez inapelable. Porque muchas veces me he equivocado y no quiero hacerlo de nuevo. Será culpa del azar, no mía. Yo moriré y caeré en brazos que solo a mí esperan. O si se me permite fantasear, si son mis padres quienes acaban con mi vida, podría volver al momento en que no había nacido y nada existía. Si fueran ellos, no pediría renacer nunca más.

Mi sentir sobre mi muerte no lo tengo claro, pero sé que es inminente. Mi certeza se manifiesta en pensamientos donde el mundo se marchita a una velocidad de horror sordo y yo me marchito con él y todo se marchita con nosotros. Es inminente: sucede y me sucede. Pero eso es todo. Habrá un día a partir del cual estaré muerto todos los días y me reduciré a una línea que une dos fechas. Lo que intento decir es que no creo sentirme mal por eso. En general, sentirme mal es un fenómeno extraño. Pronunciar que me siento mal me hace preguntarme por qué me siento mal. ¿Qué significa sentirme mal? Nunca puedo responder. Conozco las razones, tengo mi certeza, sé de la inminencia, lo he dicho ya, pero no puedo responderme porque no entiendo la relación que guarda lo anterior con mi pesar. La distancia entre ambos es un puente roto. Caería a un precipicio si alguien me preguntara la razón de mi pesar y yo no pudiera cruzar el puente. Mis respuestas parecen excusas mal elaboradas. Cuando intento responder, me veo retractándome, extrañándome de mí, alejándome del puente, de todos y todo. Por eso, aunque muera sin comprender mi sentir, decido permanecer en tierra firme.

Hay un último escenario que quiero compartir:

Tengo una esposa. Estoy en casa cenando con ella. La sopa es buena, pero mis manos tiemblan. No puedo mirar su cara, pero sé que es hermosa. Tengo miedo. Es hermosa, pero no me atrevo a verla porque no la amo. Me casé con ella porque me amaba. Pronto, entran mis dos hijos a la casa. Alegres, llaman a su madre y le cuentan lo que aprendieron en la escuela. Aman a su madre, su madre los ama de vuelta. Escucho a los tres. Tampoco a mis hijos puedo verlos más arriba de la cintura. Me limito a comer mientras los escucho. Mi cuerpo comienza a emblandecerse. Me siento ligero. Centro mis esfuerzos en llevar la cuchara a mi boca, que cambia de lugar a todo momento. Mi cuerpo ahora se siente como una bolsa de líquido. Todos siguen comiendo. Me mareo. Mi cuerpo se deforma. Finalmente, mi piel se parte y me esparzo por toda la mesa. Ensucio los cuatro platos. Muero derramado.

Me he acostado en la cama pensando que quizás quiero casarme antes de morir, pero es uno de esos sueños en los que descubro que no soy yo el que sueña. Son sueños que otros hablan y que a mí me llegan por propagación. Los escucho y pienso que son míos. Creo querer casarme con una mujer hermosa y tener dos hijos y sentarme a comer con los tres. Pero es falso. Si fuera realmente yo el que soñara, me vería como una bolsa a punto del derrame y me resultaría imposible querer a alguien en tal condición. Y si lo peor sucediera, si viviera lo suficiente como para casarme y sucediera que ensuciara un corazón inocente, perdería mi convicción de morir. Y estoy seguro de que puede suceder porque caería rendido ante cualquiera que diga amarme un poquito. Aunque no lo diga más de una vez. Aunque mienta.

Si se diera el caso, por ejemplo, de que esa persona me invitara a cenar, y yo accediera, y me sentara frente a ella, y platicáramos de cualquier nimiedad, y sucediera que en algún punto cobijara mi mano con la suya y yo volteara a verla a los ojos y no sintiera nada… si se diera el caso, preferiría no estar ahí. Preferiría nunca haber estado. No quiero ensuciar ninguna mesa, ningún mantel, ningún cubierto. No quiero estar en ninguna casa, con ninguna persona. No lo haré.

Al final, solo una cosa lamento: hubiera preferido dejarle yo un mensaje a Leo. Hubiera escrito algo poético como hizo él conmigo. Iría a su departamento, el catorce, tocaría su puerta y le entregaría una carta, o la deslizaría por debajo. Así me quedaría yo con la última palabra. Así no tendría que mantener conversaciones imaginarias con su fantasma. Sería él el contagiado. Le daría mi lista de deseos incumplidos y hubiera hecho otra lista donde hubiera anotado todas las cosas que disfrutaba hacer. También escribiría algo solo para él, una última despedida. Pero es imposible ahora. Leo está muerto y mi legado irá eternamente a ningún lado. Iré eternamente a ningún lado. Jamás me perderé en el mar, ni plantaré margaritas, ni terminaré su novela, ni veré la isla de Pascua. Pero aún, jamás sabrá nadie que quise hacerlo. Todo irá a ningún lado…

Antes de terminar mi confesión, de no causar inconveniente, quisiera hablar solo un poco más sobre Leo. Según me contó, nació en una pequeña casa del sur. Se inundaba cuando llovía y su familia tenía que sacar el agua con trapeador y cubetas. A los cinco años su familia se mudó a la ciudad, donde conoció dos amigos con quienes soñó recorrer el mundo en barco. Para sus dieciséis, había cambiado tanto de amigos que los demás nombres y sueños, solapados por los primeros, fueron perdiendo peso. Había soñado con Tokio, Grecia, Roma, Suiza, y ningún otro sueño pudo satisfacerle tanto como ese. En sus palabras: Cada uno más descolorido que el anterior. Ingresó a estudiar literatura, nos conocimos en la facultad, pero se salió y comenzó a trabajar en una tienda departamental. En sus tiempo libres escribía cuentos y estaba preparando su primera novela. Decía ser capaz de vivir 200 años si se lo pedían con amor. Pocos años después, Leo había muerto. Encontré su cuerpo en la bañera. Sus manos abrazaban los costados de su cuerpo. Lo único que dejó atrás fue esta nota:

Adrián, en ocasiones mi mundo se frena, ahí me descubro irremediablemente enorme. Tan enorme que no existe refugio. Colosalmente enorme. Más que todo amanecer, más que toda literatura, más que mi novela, más que nuestras pláticas, más que tú. Soy enorme y estoy desnudo. No hay lugar para mí. El vértigo no cesa. Perdóname.

Esa fue su respuesta. Por mi parte, yo también encontré la mía hace tiempo: será hoy.

No queda mucho por pensar, aun así, mi mente se rehúsa a callar sino hasta el final, así que se me ocurrió compartir la bitácora de mis últimos días:

Trasantier, de camino al supermercado vi mucha gente y, sin darme cuenta, pensé: Debería estar muerto. Lo que sucedió a continuación fue que construí una escalera desde el último peldaño. Comencé a racionalizar mi pensamiento y me pregunté: ¿Cuál es el valor mínimo que una persona debería tener para merecer vivir?. Así descubrí que algún lugar de mi mente registraba un valor mínimo para las personas. Luego pensé que, fuera cual fuera, de las muchas personas que vi, yo era el único que no lo reunía.

Antier no hice nada.

Ayer se me ocurrió una idea curiosa: las bolsitas de té instantáneo son el artículo más miserable de la cocina. Están destinadas a ir a la basura. Sus vidas comienzan cuando las sacan del sobre, y apenas nacen, son sumergidas en agua hirviendo por unos minutos y son arrojadas a la basura. Se me ocurrió que algo similar sucedía conmigo, pero ¿cuánto tiempo es suficiente? Lo dejé en que todas las respuestas son válidas. También se me ocurrió que, si pudiera ser un té, escogería ser uno de manzanilla.

Hoy, por otra parte, fue un día de cielo celeste grisáceo. Preparé un té de manzanilla. Releí algunos poemas de Emily Dickinson. Tomé un baño caliente. Salí, vi el atardecer y volví a casa a releer todo esto que estuve escribiendo durante la semana. Estoy contento de que hoy haya sido un día tranquilo. No tengo más por decir.

En mis últimos momentos pienso en aquel verso de Pessoa: Sonríe, alma mía, ¡será día!