—Tus ojos parecen un cuadro de Monet si Monet fuera Tim Burton. ¿Conoces a Burton? —preguntó.

—No, ¿quién es? —contesté.

(Lo conocía. Si no lo hiciera no habría podido escoger estos ojos que recuerdan a Monet si Monet fuera Tim Burton).

Cuando contestó, pregunté: ¿Qué hacen en su tiempo libre? Luego pregunté: ¿Y qué hacen cuando tienen en casa a una persona que quieren mucho? Me dijo que tenía una manía por preguntar mucho, pero que le parecía bien. Nadie ha contraído enfermedades en base a preguntas. Por molestar, seguí: No entiendo, ¿me explicas? Él abrió su boca como pelícano y me pidió que mire detrás de su campana. Cuando me asomé vi la sombra de una persona tras su lengua. Me pareció gracioso, como un truco de circo. Le pedí que me enseñe a hacer lo mismo con mi boca. Me dijo que sí. Y dijo que había que ir con calma.

Jugamos a los ojos y al circo, y cuando nos cansamos de practicar con la boca nos quedamos mirándonos. Luego escuchamos música. Estiramos nuestros dedos y los enchufamos a su reproductor MP3. Nuestros torsos se alargaron como consecuencia, se trenzaron como dos cables de alta tensión. Dos audífonos de arcilla horneados a cuatrocientos kilovatios. Así hasta dormirnos.

Cuando suceden estas cosas debemos bañarnos. Cubrimos las manos de jabón y las pasamos por nuestras espaldas revisando que no nos crezcan alas. (Al novio de Marta le creció un par hace unos meses y voló a Sydney, no supimos más de él). Entrelazamos las manos como hilos en un carrete torácico, giramos, izquierda, derecha. Los cuerpos lisos. Y si el proceso sale bien, puedo despedirme de él en la puerta de su apartamento y volver a casa a dormir (más bien, a recordar el día otro poco más y entonces dormir). Al amanecer, día siguiente, viene él a mi apartamento y nos vamos juntos a las oficinas.

Hace dos días, después del trabajo, tuvimos una reunión ejecutiva en su sofá. Encendimos la tele con la corbatas aún puestas como dos vaqueros que duermen con las pistolas bajo sus almohadas. (No es que pretendan protección con el revólver, les da igual si cerca hay revólver o no; el vaquero sospecha su inevitable muerte: se ve como un sol negro). Vimos una película taiwanesa extraña. Dos hombres y una mujer se enamoran en un apartamento desocupado. La mujer y el primer hombre comienzan teniendo relaciones sexuales, luego llega la etapa del conflicto y la rutina de los tres se vuelve tristezas, secretos, mutismos, etc. Ningún personaje habla mucho. Cerca del final la mujer parece lograr alguna clase de revelación espiritual que la lleva a tener sexo con el primero otra vez; parece ser la conclusión. Al final se revela que el segundo hombre está secretamente enamorado del primero.

Cuando acabó, mientras aún me preguntaba qué se sentiría ser cualquiera de los tres personajes, él me dijo que tenía algo que quería decirme. Le dije que sí. Los créditos de la película bajaban en letras blancas como persianas cerrándose. Me dijo: Perdóname. (Antes de eso, apenas ayer, habíamos hecho el mismo truco de la boca, el de la música, el del baño). Me dijo: Perdóname. Y me mostró dos hermosas alas blancas en su espalda. Crecieron cuando dormía, me dijo. No le creí hasta que le quité la camisa. Mirando las inserciones en su espalda pregunté: ¿Ahora qué? (Habíamos quedado que dejaríamos de hablarnos si a alguno le crecía algo parecido a plumas). No pueden descoserse, ¿ahora qué?, volví a preguntar. ¿Ahora qué?, y entonces hizo otro truco de circo con sus ojos que se le desparramaban por el suelo, mezclándose con los patrones geométricos de la alfombra.

No recuerdo mucho. Sé que dejé en su cocina un ejército de palomitas como pelícanos que abrieron todos sus cajones y tiraron al suelo la comida. A lo mejor se rompió una bolsa de sopa y se desparramó, quizás de la misma manera que sus ojos. Se formó en su casa una especie de engrudo pantanoso revuelto con trozos sueltos de cerámica.

Sí recuerdo que aquella tarde me fui sin despedirme.

Ayer vino él. Lo dejé pasar y nos sentamos en el comedor. Esperé unas horas a que dijera algo; pasado un rato, se me ocurrió decirle que no quería hacer lo que hice. Quise explicarle que el plan era que, terminada la película, yo lo llamaría a la cocina y le diría: Aprendí un truco de circo. Entonces pondría una palomita de maíz sobre mi palma para dispararla con mi dedo índice. Volando en el aire gritaría: ¡Un pelícano, mira!, ¡un pelícano! Él se sorprendería. Le diría que lo aprendí solo para él. Luego haríamos juntos el truco de bailar bajo una danza de pelícanos.

Quise decirle, pero ya no se podía porque lo prometimos; tampoco él dijo ya nada. Nuestros ojos eran dos péndulos que iban y venían de nuestros rostros mudos a la ventana o sus cortinas. Repetimos el movimiento, se hizo de madrugada, y cuando se iba a levantar de la mesa lo tomé de la mano y nos miramos un rato más. Faltaba hacer lo de la boca, lo de la música, lo del baño. Ver otra película. Decirle algo como: No quiero que te vayas. Pero el sol ya era un sol negro como una luna, y sería así por siempre. Él lo sabía. Al entender esto, algo en mi cerebro se agitó, subió como soda espumosa. Saqué una lanza de plástico de mi boca y la clavé en su pecho. Mi cabeza explotaba, él vomitaba sangre, mucha. Sus manos cubriendo las mías, sus labios mudos pidiendo perdón, su cabeza en mi regazo mientras yo lloraba lo que nos quedaba de madrugada.

La mañana siguiente tocó el timbre de mi puerta (antes de todo esto, habíamos quedado en que iríamos juntos al trabajo, era una promesa). Lo de siempre: le abrí, caminamos a su coche, entramos al edificio con dos cafés cargados, terminamos las consignas. Me dejó en casa antes de anochecer. Ninguno habló en todo el día. Y así los días posteriores.