Soñé un mundo donde no existían los dinosaurios.
Arriba y abajo, el cielo y el mar eran los de siempre, color azul infinito. El viento soplaba, el sol aún ardía. Lo desconcertante venía al mirar al medio, la altura donde debían estar los saurópodos pastando, porque en su lugar aparecían unos ventilador gigantes denominados aeroturbinas. En los caminos donde la gente montaba sus gallimimus e iguanodontes había, y a montón, carruajes de cuatro ruedas (cuya denominación he olvidado) movidos por un aparato denominado motor, oculto adentro. Y soñé que, en lugar de emplear los microraptores, se hacía uso de sus supuestos descendientes, unas aves bípedas denominadas palomas, y luego, cuando dejaron de ser útiles, fueron reemplazadas por unos aparatos fijos denominados teléfonos.
Las personas vivían en construcciones más alzadas y lisas, un poquito más amontonadas, y tenían al fondo de estas construcciones un recinto destinado a dejar reposando sus carruajes así como se deja descansar a un paquicefalosaurio luego de una expedición, aunque en este caso sin cuidador y sin alimento ni iluminación, y estos carruajes no levantaban la voz. La iluminación se la quedaban las personas para vivir de noche con ayuda de varios inventos: lámparas, faroles, sirenas, reflectores… Y así soñaba que sucedían muchos años donde el planeta moría lentamente.
En los establecimientos para la enseñanza, allí llamados escuelas, decían que hace milenios un fragmento de algún cuerpo celeste impactó en la Tierra y al cielo lo cubría con nubes de cenizas y con erupciones volcánicas; soñé que fue así, que hubo una extinción masiva que perduró años y años, y cuando hubo vida de nuevo los humanos se encontraron solos en medio de tanto planeta y demarcaron territorios a los que convinieron en llamar estados, y se dividieron el planeta, y realizaron expediciones para expandir lo que convinieron en llamar poder territorial, más valioso que cualquier vida individual, más que el amor de las personas ahora en función de la guerra, tanto así que el ingenuo humano orbitó alrededor de este fenómeno y surgieron tantas tecnologías destructivas cuyos nombres estoy orgulloso de no recordar ya…
Soñé que el mundo era otro, pero arriba y abajo cielo y mar seguían intactos: azul infinito.