Me gusta comer hormigas. A veces juego a que soy un oso hormiguero: formo una pequeñita apertura en mis labios y las succiono. No lo hago seguido porque levanto tierra y me duele la panza. Mejor cuando apenas llueve y no hay polvo. Después de la lluvia encuentro caracoles, pero esos no me los como por miedo. El otro día pisé uno accidentalmente, uno grande, y entre más grandes más pena apachurrarlos. Si yo fuera gigante me preocuparía pisar algún perro y oírlo llorar. Peor si tiene dueños. Este caracol no murió cuando lo pise, seguía moviéndose, y creo que eso es lo peor, cuando lastimo un animal por error y no muere, cuando me explica su agonía retorciendo su cuerpo de un lado a otro y debo darle el golpe de gracia. Así no sufren, dice Mati. Al caracol de ayer le di el golpe de gracia y le formé una tumba por ahí con una piedrita y una hoja seca. Mamá me dice que mire dónde piso, le digo que sí, que no es por querer. A ella no le gusta que traiga nada a casa, solo las hojas que recolecto, por eso saqué mi hormiguero al bosque cuando lo encontró, pero tampoco a las hormigas les gustó y se hicieron otro en la tierra. A veces las visito para que me recuerden. Les dejo algo de comer y me quedo viendo. Camino unos pasos alrededor. Respiro hondo los olores del bosque, los mezclo unos segundos en mis pulmones y los devuelvo. Del bosque no me llevo nada. Las hojas que traigo a casa no son del bosque, son las caídas que veo en el camino de vuelta que al ver pienso que me servirán para dárselas a las hormigas. Hasta la tierra de mis suelas las despego con un tenedor antes de entrar a casa. Lo único que me queda está en mis ojos. Leí en un cuento que las cosas bonitas se guardan ahí, como si fueran nuestras pupilas dos cámaras. Si veo cosas bonitas por mucho tiempo mis ojos serán más bonitos. Quiero ser una persona de ojos bonitos al crecer, que la gente los vea y me diga cuánto se parecen a los de mamá, a sus dos luceros de noche tan suave… En la noche, dice mi mamá, salen los ángeles guardianes y nos vigilan. Dice que son las estrellas. A mí no me gustan; los ángeles ya me conocen, cuando mamá me da las buenas noches y se va buscan en mis recuerdos todo lo que he hecho. Ellos escuchan cuando recuerdo. Saben que les lanzaba piedras a los gatos antes, cuando me daban miedo. He pedido perdón y no lo he vuelto a hacer, pero ellos me siguen castigando. Esto no lo sabe mi mamá y por eso me quiere, porque no lo sabe aún, pero Dios todo lo ve y un día de estos me va a castigar de verdad. No es que lo haga adrede, lo hago porque siento que puedo transformarme. No me gusta lastimar a las hormigas cuando me las como, por eso no las mastico, pero aunque sé que no es real, pareciera que cambio un poco cuando las tengo dentro: es como llevarme parte del hormiguero conmigo, a escondidas de mamá, y que de pronto algo lata y tenga vida y pueda crecer. Es que me gustan tanto. Pero ante los ojos de Dios nada puedo esconder. Él me ve y me lastima el pecho cuando las paso con mi lengua. Hace brotar mis lágrimas. Aprieta mi garganta cuando recuerdo al caracol que pisé. No me deja respirar. Si mamá lo supiera… Si mamá supiera que Dios ya no me quiere…