I

Cuando pienso en ella la imagino mirando el cielo. Lo contemplaba con tal delicadeza y paciencia que parecía conocerlo como su propia casa, casi como si hubiera descendido de ahí. Vista de perfil, cualquier tonalidad del cielo le quedaba tan bien que era aterrador, parecía difuminarse en él. Bajo mi maravilla, temía constantemente que fueran más que simples apariencias.

Sé que las personas no volamos, pero ella me hacía creer lo contrario. Si hubiera sido un ángel o algún ser divino, lo habría aceptado y habría regresado a mi casa. No fue el caso. No era una mujer de muchas palabras, vestía fatal y su economía al moverse me decía que arrastraba una fatiga enorme; pero eso mismo fue lo me llevó a cuestionarme con más intriga de dónde provenía la gracia que emanaba. ¿Cómo era posible para una persona del mismo mundo que yo proyectar tanta divinidad en cada movimiento, en cada respiración, en cada sonido, en su mirada misma? Cada actuar suyo se veía corriente y, al mismo tiempo, inmejorable.

Mis primeros encuentros con ella fueron eso, los recuerdo bien. Mi principal interés fue desvelar el misterio que la rodeaba. En un comienzo, pensé que la respuesta sería igual de encantadora que la incógnita. Conjeturé que estaba bendecida por los cielos. (Hasta yo me sorprendí con semejante barbaridad, pero es una muestra de cuánto me hacía desconfiar de la razón su mera presencia). Claramente no pude aceptarlo, era ridículo, pero tampoco podía irme sin asegurarme de que, efectivamente, fuera ridículo.

De esta manera, acabé interrogándola durante casi dos meses en esta azotea solitaria, misma desde donde escribo esto que viví. Es el punto más alto del edificio residencial de doce plantas en el que llevo refugiándome la mayor parte de mi vida. Lo único que se puede ver acá son tanques de agua, tuberías amarillas, alguna antena vieja, una barda perimetral blanca de hormigón de un metro que me separa de las calles y el cielo: el vasto e inmenso cielo de todos los días que solíamos ver por las tardes. Hoy volteo arriba y no sé si estoy lejos o cerca, ya no sé qué es lo que veo. Mi vista me engaña.

Mi casa, por otra parte, es un basurero que he frecuentado hasta el aburrimiento. Lo conozco muy bien. Memoricé todas las tonalidades que cubren a esas paredes blancas a lo largo del día, puedo adivinar la hora tan solo viéndolas; todas las manchas las tengo grabadas, las de los azulejos deteriorados del piso y las de las paredes, incluso las de la cocina; me he aprendido hasta el aroma de cada habitación. Mi casa se ve exactamente igual a como se vio ayer y antier y todos los días precedentes. Es como si el tiempo no pasara ahí adentro y mi vida, que ahí acontece, tampoco aconteciera.

La situación no ha hecho más que empeorar en estos días solitarios. Alguna fuga debe haber en algún lugar de mi casa que drena mi vitalidad. Salir afuera no es mejor, es el otro extremo de la balanza: todo cambia, todo se mueve, inclusive los árboles, todo avanza muy rápido, menos yo; yo sigo detenido, perdido sin importar el lugar. Cuando salgo de mi casa sigo siendo el mismo hombre atrapado en su mundo monocromo. Cualquier cosa que toco me transmite la sensación de estar protegida de mis manos con celofán. Nunca fue cuestión de mi ubicación o del tiempo.

Fue en uno de esos días, mientras me hallaba contemplando la tonalidad de gris que cubría las paredes de mi recámara, que me pregunté si todavía seguía viviendo en el mismo mundo que los demás o si ya estaba muerto. Subiría a la azotea para determinar cuál sería mi futuro. El cielo imparcial, tranquilo y apacible, me daría mi sentencia y yo la aceptaría. Pero las cosas no salieron así, en su lugar, la conocí a ella: apoyada con sus brazos sobre la barda, miraba en reposo el cielo. Su calma robó mi atención de una manera peculiar. Podría compararla, quizás, con un relámpago silencioso. De pie, desafiando lo inalcanzable, su pequeña figura contemplativa frente a un mar inmenso y nuboso era reminiscente del Monje a la orilla del mar. Mi primera impresión fue que se comunicaba con algo trascendental, que escuchaba algo. Portaba un rostro tranquilo, más bien callado, que no podía dejar de admirar, y su cuerpo parecía estar apoyado en esa barda despintada con una posición perfecta, si es que algo así era posible. Naturalmente, me olvidé del cielo y la acompañé en su ocupación. Como no pude ver nada de lo que ella parecía admirar con tanto interés, me quedé viéndola. Esa tarde descubrí que seguía vivo.

II

A partir de aquel encuentro, comencé a subir las escaleras diariamente, siempre a las seis de la tarde, y la encontré en todas y cada una de las ocasiones. Sobra decir que se volvió el momento más emocionante de mi día.

Pensándolo ahora, hay que tener bastante suerte para encontrar lo que uno necesita sin siquiera buscarlo. ¿Quién hubiera imaginado que sería yo a quien la suerte miraría cuando pensaba que mi vida no apuntaría a más? El reloj volvió a correr. Se quebró el aislamiento eterno que emanaba de las paredes de mi casa.

Allá arriba, durante nuestros encuentros, comencé a indagar más sobre su vida. De mis primeros interrogatorios descubrí varios hallazgos curiosos: su color favorito no era el azul, sino el blanco; le gustaban los jugos, en especial los de manzana; deseaba visitar los bosques de Siberia, los frondosos de coníferas; le gustaban bastante los animales… Por cierto, digo que la interrogué, pero no es así, fueron conversaciones normales. Hablábamos de cualquier asunto: del clima, de nuestros días, de nuestros gustos y disgustos, de los insectos, de la naturaleza…

Me parecía irreal estar hablando con otra persona y quedarme cada noche con ganas de seguir haciéndolo, aun sabiendo que mañana la vería de nuevo. Me parecía irreal también su presencia que mezclaba a la perfección la mundanidad de las calles con la majestuosidad de los cielos. Volvía a sorprenderme siempre que creía acostumbrarme. Como si fuera una profeta, llegó a predecir en numerosas ocasiones algunas tormentas. Mencionaba términos complejos que no recuerdo y me explicaba que algunas nubes podían crecer verticalmente. Yo la escuchaba como un niño curioso mientras me decía que esas eran las más peligrosas, las que buscaban acceder a alturas restringidas y, en su intento fallido, terminaban desmoronándose violentamente en forma de lluvias desenfrenadas.

Otros días, parecía no tener interés más que en mirar el horizonte y era yo quien la hacía hablar. No la culpo, cuando el sol se ponía, incluso yo perdía las ganas de hablar. Esos tonos cálidos que recogían las nubes me hipnotizaban y congelaban mis pensamientos. Eran tardes relajantes. Ambos callábamos, apoyados sobre la misma barda, perdiéndonos quietamente en las vistas.

Recuerdo un pequeño incidente que cambiaría el rumbo de mi vida. Fue cuando me habló sobre los pastelillos de chocolate, su postre favorito. Me sentí extraño, es algo que llevaba consumiendo incontables veces sin prestarles más atención de la que, a mi juicio, se merecían. No los consideraba más que una suma de ingredientes (huevo, harina, cacao, azúcar, etc.) destinada a satisfacer superficialmente los paladares. ¿Cómo podría confesarle eso? Únicamente le aseguré, con culpa en mi voz, que me aseguraría de saborearlos la próxima vez que los probara. Inusual en ella, sonrió levemente y me contestó: Me haría feliz ayudarte a saborear un poco más la vida.

Esa noche no podía hacer otra cosa que no fuera comer un pastelillo. Habiéndolo comprado, lo probé trocito a trocito en el silencio de mi habitación. Era delicioso, exquisito. No se asemejaba a nada que hubiera saboreado antes. Sabía a ella. El incidente parecerá insignificante, pero me reveló que la magia existía. A partir de esa experiencia, mi mundo comenzó a tener sabor. Pronto, ninguna comida supo igual. Adquirí la habilidad casi sobrenatural de saborear individualmente los ingredientes que componían mis comidas. Me volví capaz de identificar con facilidad las monumentales diferencias del sabor de dos sopas servidas de la misma olla. Pero esto no se limitó a la comida. Comencé a oír los pasos de las personas que pasaban frente a mi casa y descubrí que había unos pajaritos que cantaban al amanecer y al atardecer. Y cuando estaba con ella, comencé a sentir las caricias en mi rostro de las ráfagas de aire que cruzaban la azotea. Comencé a sentir el mundo y, sin duda alguna, lo más curioso fue que nunca encontré una sensación repetida. Lo logró. Aunque fuera por solo unas semanas, me hizo saborear la vida.

La verdad es que, en aquel entonces, me había adecuado tanto a mi vida repetitiva y solitaria que no concebía la existencia de algo más fuera de ella. Me había resignado a vivir el mismo día toda mi vida. El sedimento que se había formado en mi corazón con los años era tan grueso que las palabras del mundo entero se habían desperdiciado todo este tiempo. Simplemente no las escuchaba. De cierta forma, podría decir que yo era una bolita de cristal. Navegaba en un mundo borroso, envuelto en un vapor que se condensaba al toparse con mis barreras. El sonido del mundo que no podía escuchar escurría gota a gota, como si fueran lágrimas. Eran lágrimas mías.

Gracias a ella no volvió a transcurrir día igual. He de añadir, también, que recobré mi gusto por la naturaleza. Ese placer de saber que, así como no hay dos copos de nieve iguales, tampoco hay dos plantas iguales. Incluso si se trata de flores pequeñas, las diferencias son apreciables bajo una inspección minuciosa. Todas tienen su historia por contar. Ella me recordaba a las plantas singulares, también al cielo elevado, a los pastelillos exquisitos, a los pájaros cantores… a todo. Comencé a verla hasta en los amaneceres.

Mi vida iba viento en popa, quizás es porque iba demasiado bien que dos palabras bastaron para volver a enterrar mi cabeza bajo tierra: Quiero volar, me dijo en una ocasión, cuando el sol ya se había metido y estábamos por retirarnos. Supuse que eran divagaciones y le seguí la corriente, le dije que a mí también me gustaría ser un ave, quizás una golondrina, y surcar los cielos. Me interrumpió en medio de mis ensoñaciones afirmando que no eran fantasías. Con una vivacidad atípica en ella, me dijo que realmente podía volar. Volteó a verme con esos ojos negros y, por primera vez, descifré el paisaje pintado en sus pupilas antes inexpresivas: una tormenta violenta. Detrás de su habitualmente calmo rostro, una calamidad arrasaba con todo a su paso. Relámpagos, vorágines y vientos desbocados. Y esta es meramente mi impresión, pero sospecho que fue ella quien me cedió el permiso para ver en su interior. Me mostró cómo contenía al cielo y al infierno en los mismos ojos. Era una mujer verdaderamente extraordinaria. Desconocía ese lado suyo y, aunque no comprendí las razones en ese instante, quise capturar el momento para siempre.

Más tarde, ese mismo día, como si hubiera conectado las piezas, me vino a la mente la continuación de nuestra charla sobre los pastelillos: si un día no la encontraba más en la azotea, debía lanzar uno de esos pastelillos por la barda y un pájaro iría en su lugar a recogerlo; eso me dijo. En aquel momento no lo vi como más que una linda historia elaborada sobre la marcha. Ahora que la recuerdo, un escalofrío recorre mi cuerpo. No diré que no lo vi venir, llevaba tiempo sospechando que sus razones para subir a la azotea estaban lejos de ser agradables. A pesar de lo poco que se expresaba, su pesar era palpable, mas no fue hasta ese día que aparté mi mirada de mi mundo colorido y comencé a ver el suyo con mayor detalle. No cualquiera lo haría, habría que estar, por lo menos, igual de mal que yo en aquel instante como para subir hasta una azotea despintada a mirar el cielo todos los días.

Hoy miro a mi alrededor y me doy cuenta de lo abandonado que está el lugar. Es un espacio demasiado vacío para visitar sin compañía. Debí anticipar que no sería la mujer en la que piensa la mayoría cuando hablan de alguien normal. Aquella que vive en una casa cálida y sueña con un futuro prometedor, la que espera algún día encontrar una persona ideal para casarse y planea pasar sus últimos días con dos hermosos hijos y un esposo afectuoso con quienes celebrará las fiestas navideñas, al lado de una fogata que la caliente hasta el final. Siendo sincero, creo que ya lo sabía y decidí obviarlo: no mostraba ser una mujer que viera más allá del día en que vivía. A pesar de todo, una parte de mí anhelaba hundirse en sus ojos cuando vi esa tormenta. Su aspecto era uno curioso que ya conocía, el de la soledad. Ese fue otro de los días que marcaron nuestros encuentros vespertinos. Me había extendido su mano y la tomé. Nuestras conversaciones se vieron beneficiadas por las alturas, nadie más que el cielo nos escuchó hablar de las penas que se habían hospedado en algunos sectores de nuestras vidas ni de los miedos que pueden nacer de una actividad tan sencilla como lo es existir, mas no entraré en detalles porque hay cosas que se confiesan para ser guardadas por la eternidad.

Durante este mismo periodo, hubo una revelación que tuve mientras la veía contemplando las nubes: éramos iguales. Simplemente lo supe. Me vi a mí y a toda mi desdicha en ella. Lo que me atormentaba y todo lo que no podía poner en palabras se escapaba de las profundidades de mi ser y se materializaba frente a mí. Lo que no podía nombrar, lo que desconocía, lo que deseaba: todo era ella. Como si me conociera sin necesidad de contarle nada más. Me extrañó cuán reconfortante fue. De esta revelación, me nació la certeza de que podía hablar con ella lo que no me imaginaba hablando con nadie más sin sentir una pizca de temor. Estaba seguro de que me entendería incluso si le hubiera contado que los ratones me recordaban a los Alpes suizos, o si le hubiera dicho que los días lluviosos se asemejan a un semáforo con sus tres colores encendidos simultáneamente. No me hubiera importado contarle mi vida entera si así me lo hubiera pedido, aunque intuía que ella ya se la imaginaba.

Por cierto, he de aclarar algo muy importante: en nuestras pláticas casi nunca trajimos a colación sucesos concretos de nuestras vidas. Ella nunca cuestionó por qué subía las escaleras hacia aquella azotea, así que yo tampoco lo hice. Fue una especie de pacto no verbal que ambos firmamos en algún punto que ya no recuerdo con claridad. La razón era evidente: no había necesidad. No había razón que valiera para indagar en la vida de la que escapábamos al subir a la azotea, sería cruel pedirle que trajera lo que trataba de olvidar. En aquel entonces pensaba, ingenuo, que todo estaría bien si podíamos olvidarnos de todo por unas cuantas horas en las que fantaseábamos con un nuevo futuro.

De esta manera, los días pasaron. Nuestro intercambio de palabras comenzó a disminuir, en cambio, empezamos a mirar el cielo en silencio. Si hay algo que no soy es un mentiroso, no le diría que todo estaría bien por más que así lo deseara. Solo podía prometerle que seguiría encontrándola en esa azotea para apoyarnos sobre las bardas y mirar el horizonte.

III

He de admitir algo, tanto tiempo había estado sin contacto humano que ya había olvidado cómo se sentía, pero su presencia me lo fue recordando. Cuando regresaba de esa azotea, mis días comenzaron a sentirse vacíos. No diría que mi situación estuviera empeorando por su culpa, más bien estaba ayudándome a deshacerme de la venda sobre mis ojos que ocultaba mi ya deplorable vida. Como si fuera una maldición, su compañía tan sincera y tan dulce fue mostrándome la desgracia ceñida sobre mí desde hace años. Comenzó a doler otra vez. Regresaban a mí los pensamientos que había enterrado años atrás: volvía el mundo monocromo que no podía escuchar, las personas envueltas en celofán con las que nunca podría hablar, las paredes atemporales de mi departamento, el último viaje de vuelta a casa, mi vida que acabaría como si nunca hubiera existido, la desaparición del mundo y todo lo que una vez conocí, el último latido de mi corazón. La muerte solitaria que tanto temía se posaba sobre mis hombros una vez más.

Recapitulando nuestros encuentros, hoy me pregunto si fue realmente incorrecto sentirnos como lo hacíamos en aquellas ocasiones en medio de una ciudad tan animada y llena de vitalidad. ¿Por qué nos vimos obligados a huir hasta llegar al techo de un doceavo piso? ¿Por qué tuvimos que escondernos? ¿Tiene que ser tan difícil recoger el coraje necesario para mostrarnos al mundo con nuestra miseria en alto? Por más vueltas que le dé, la respuesta siempre es la misma: se trata de las personas que, acobardadas, buscan ocultar esta misma miseria. Con ello, ocultan a personas como nosotros dos hasta que desaparezcamos. Fingen que nada pasa y mienten diciendo que están de acuerdo con el correr del tiempo. Mienten diciendo que hace un buen día cuando la verdad es que todos los días parecen correr en un escenario postapocalíptico. Es eso o simplemente comienzo a alucinar, fui serio cuando dije que ya no sé qué es lo que veo.

Por todo lo anterior, prefiero quedarme en mi casa con las mismas paredes blancas de siempre, escondido. A ellas no les importa verme sufrir, nunca apartan la mirada. Las paredes de mi casa eran y han vuelto a ser más deprimentes que cualquier otra cosa, pero son inofensivas. Son la mejor prueba de la vida de la que solo puedo huir. Me pregunto si el cielo fue lo mismo para ella.

Aunque suba a la azotea, ya no tiene sentido, nadie queda, ni siquiera los pájaros de su relato se acercan. Se ha ido el consuelo que había encontrado en alguien que había recibido la misma condena. Fue un consuelo realmente agridulce. Entra más agradable fuera nuestro tiempo compartido, más aterradora se veía la soledad que me esperaba debajo de la azotea y a la que ahora sucumbo. Había olvidado la oscuridad que envolvía mi casa pasadas las seis de la tarde.

En estos momentos de pesadumbre recuerdo cierta teoría ingeniosa que me compartió. Decía ella que, cuando uno quiere reír, si lo desea con la suficiente fuerza, el mundo escuchará sus plegarias y le hará reír con todos sus recursos, de forma que incluso el día más horrendo se tornará hermoso. Me dijo que lo contrario también era cierto: cuando uno así lo desea, incluso el día más hermoso puede convertirse en el más horrendo. Si de verdad lo deseas, el mundo te mostrará horror incluso en el paisaje más bello. Me pareció una teoría muy trágica y solitaria. Quizás tenía razón y no podemos ver más allá de lo que queremos a pesar de lo vasto que pueda ser el mundo en que vivimos. Esto lo imagino especialmente cierto cuando ninguna persona está a mi lado para decirme que me equivoco, como hoy. Hoy es un día de esos, donde su teoría se muestra verdadera. Debo estar bastante mal para que el cielo lleve casi dieciséis días asemejándose al de un apocalipsis.

Lo que a continuación narraré es el testamento de mis conclusiones sobre la investigación de la gracia divina de la mujer que conocí en cierto periodo de mi vida:

Empezaré con algo característico en ella: el reducido espectro de emociones que expresaba su rostro (o la dificultad para leerlas). Es algo que me inquietó bastante considerando la teoría desarrollada que elaboró sobre nuestra visión del mundo. Me parece imposible acceder a tales descubrimientos sin haber pasado antes por una etapa de extrema felicidad y otra de extrema desdicha. ¿Cómo es, entonces, que su rostro no dejaba entrever ninguna de esas dos? Me aterra pensar sobre esto ahora que ella no está, pero es inevitable hacerlo. He deducido que nunca sintió la necesidad de expresar tristeza ni felicidad en su rostro durante los dos meses que nos conocimos, el porqué escapa a mi comprensión. Además de aquella tormenta silenciosa en sus ojos, nunca entendí qué veía en el cielo con tanto esmero y, al mismo tiempo, con tanta calma. ¿Será que no tenía ningún deseo capaz de alterar su semblante? Nunca la vi ilusionada con nada, ni siquiera cuando me explicó detalladamente todo lo concerniente con el cielo y las nubes. Quizás es esta misma ausencia de interés lo que le daba aquella aura de tranquilidad tan distintiva.

Si divago un poco más, puedo decir que se sintió omnipotente estando tan cerca de las nubes sin perturbación alguna ni efectos adversos. Inmune a las calamidades e inmune a la vastedad del cielo frente a ella. Casi como si hubiera trascendido la necesidad de mirar o sentir. A lo mejor fue por esto que su mirada daba la impresión de traspasar el plano material, al igual que sus movimientos. Pero me queda claro que la otra parte de su atractivo radicaba en su mundanidad, sin esa cualidad hubiera sido tan lejana como los ángeles.

No mentiré, tras todo lo que vivimos, me queda claro una cosa y es que no había descendido del cielo, sino que se había levantado del infierno. Esa era su divinidad y ahí concluye mi investigación: murió y sobrevivió. Pienso en eso y veo que su partida estaba destinada a suceder desde antes de conocernos, pues ¿qué hace una persona que ha sobrevivido a la muerte? ¿Qué hace cuando ya está muerta, pero sigue viviendo? ¿Qué le queda cuando ya el mundo la ha dejado muy atrás? Absolutamente nada.

Me resulta imposible imaginar lo aburrido que debió resultarle vivir cuando ya nadie se lo pedía y el mundo la había abandonado, cuando su única restricción y lo único que la ataba a este mundo era permanecer con vida.

¿Cuál fue el infierno del que llegó? ¿Cuál fue esa muerte de la que hablo? No tengo ni idea. Es más, no tengo certeza de nada de lo que cuento. Debo decir que todo lo que digo son solo el montículo que he formado con mis intentos desesperados de cubrir las lagunas que dejaron su partida. Aun así, me consuela un poco pensar que sus últimos días no fueron tan solitarios conmigo.

IV

¿No te parece gracioso? Mi aventura terminó en el mismo lugar en que empezó, en la misma azotea despintada en la que nos conocimos. Hay unos charcos que dejaron las lluvias recientes, ellos también reflejan el cielo, pero no lo hacen igual. Los tonos no coinciden, la imagen está distorsionada, el agua está sucia. No es lo mismo. ¿Son estos charcos, acaso, tus lágrimas? Nunca lo sabré. Al final, me fue imposible descifrar todos los misterios que abarcaban tu existencia, mis oportunidades se agotaron. Mi aventura terminó en este lugar.

Creí entenderte cuando no lo hice, ¿habré sido yo el único que se vio reflejado en nuestros encuentros? Recuerdo bien que te lo dije un día, aquella tarde donde me contagiabas tu soledad te lo dije, que podías hablarme si necesitabas ayuda algún día. Solo un poquito era suficiente. Sea lo que sea que me hubieras dicho, hubieras sido incapaz de disminuir el aprecio que te guardaba. Pero las cosas son las que son, todos tenemos nuestros secretos y tú mantuviste los tuyos hasta el último de tus días. En lugar de hablar conmigo, solo me preguntaste egoístamente: ¿Me acompañarás? He soñado incontables veces con la misma pregunta. El cielo de aquella noche aún estaba iluminado por las últimas luces del crepúsculo y yo, iluso, me encontraba extasiado. Sin pensar en tu pregunta, que me involucraras en tus planes me llenó de una felicidad inconmensurable. Mi corazón comenzó a acelerar sus latidos. No sabía qué haría con la dicha que acumulaba. Te diría que sí, que nos iríamos de esa azotea y que te acompañaría hasta el fin del mundo. Lo iba a hacer, de verdad que lo haría, pero mi boca no soltó sonido alguno. Cuando te miré por segunda vez, creí verte triste y los latidos de mi corazón no eran de felicidad, sino de miedo. Aquella ocasión nos quedamos viendo el atardecer hasta que anocheció. Fue la última vez que te vi.

Me lo dejaste en claro: siempre estuviste muerta. Yo, en cambio, seguía vivo, sufriendo la desdicha de no poder curar las heridas ajenas. No obstante, lo que más quise en ese momento fue ser yo quien se llevara tu tristeza en lugar del cielo al que acudías. Pero ¿qué puede hacer un vivo por un muerto? Las noches me recuerdan mi mortalidad. Tras tu partida, se han vuelto infernales y en todas me visita el extraño pensamiento de que mañana moriré. Una muerte natural y certera, quizás como la tuya. No tengo dudas, y no hay argumento alguno que me sirva para sacudirme este presagio.

Al oscurecer, me hallo paciente en mi lecho de muerte, convencido de que será mi último día con vida, pero siempre amanece y se reinicia la cuenta. Me parece irreal que mi corazón no se detenga mientras duermo. Llevo dieciséis días sobreviviendo de esta manera y hoy también creo que es el último. Puesto que cargo con la condena de ser el único testigo de tus maravillas, no puedo ser yo quien borre estas memorias.

¿Adónde fuiste?, me lo sigo preguntando. Cuando miro arriba solo veo horror. Quizás no te esfumaste en el cielo. Podría ser que te hayas ido de viaje a Siberia, podrías estar en un frondoso bosque de coníferas lo suficientemente denso como para ocultarte del cielo, podrías estar comiendo un pastelillo en tu casa (cuya dirección nunca te pregunté), o podría ser, incluso, que no estuvieras mintiendo y ahorita mismo estés volando. Viéndolo en retrospectiva, tampoco te pregunté por qué subías a la azotea todos los días. ¿Por qué mirabas al cielo? Tampoco poseo la convicción de saberlo. Hay muchas otras dudas que nunca despejé: ¿por qué el blanco?, ¿por qué de manzana?, ¿adónde querías que te acompañara? Hoy, más que nunca, siento que nunca te conocí. Hubiera querido interrogarte un poco más, un día más. No sabía qué hacías cuando no estabas ahí arriba, tampoco sabía dónde vivías o con qué soñabas en las noches, aunque siempre pensé que soñabas con el cielo.

¿No te parece desagradable? El mismo cielo al que tantas horas le dedicaste sigue brillando igual que cuando estabas acá. La vida sigue su rumbo pese a tu ausencia, como si nadie te recordara. Los días transcurren como cualquier otro. Se perdió la magia que me mostraste. En la azotea no quedan rastros tuyos. El viento sigue soplando, quizás un poco más frío, pero con la misma intensidad. Las nubes siguen viéndose del mismo color cuando el sol surca los cielos. El ruido de la calle es el mismo. Mis paredes lucen igual. Ya va siendo hora de retirarme.

Mientras baje las escaleras me lo preguntaré de nuevo: ¿qué signifiqué para ti? No me responderás.