Termina la ceremonia. La última hora en la universidad es de despedidas: alumno con alumno, alumno con profesor, profesor con alumno, profesor con profesor. Personas que nunca conociste estrechan sus manos y se abrazan. De repente hay tanta gente que te sientes extraviable, como moneda de cincuenta centavos. Miras el suelo para no perderte en tu camino a la salida. En el portal principal espera el profesor. Siempre tuviste dificultades, pero sabía que lo lograrías, te dice, encimando sus palabras en tus brazos. Ahora cargas esas dificultades que ignorabas. Llegas a tu casa con pies livianos y brazos muertos. Me gradué, le dices a tu madre. Te pide más información. Me gradué, repites. Pide más información. Le hablas de tus compañeros y de tu profesor (pero omites lo que te dijo). Estoy orgullosa de ti, ¿viste cómo sí podías? Y tú de perezoso, dice entonces, y cuando te abraza graba tú de perezoso en tu pecho. Ella vuelve al sofá, tú al baño: el grabado no se lava. Tus brazos están más muertos. Tu padre, ¿qué te dirá él cuando vuelva?, o ¿qué no te dirá? Él tiene lo que llaman tacto, sabe esconder lo que no debe decir, y en lo que se guarda sus palabras, sus ojos se congelan sobre ti y tú también te congelas. Ahora tienes frío. Tus brazos no los sientes, tus pies no los sientes, y tienes frío. Se fue, no dijo mucho (y si lo hizo, por su mirada, no lo pudiste escuchar). Estás congelado. Pareces una bolsa de hielo. El frío te duele, así que vuelves al baño para llorar. Quieres hacerlo rápido para que no piensen que estás mal del estómago otra vez, pero no puedes cerrar el flujo lacrimoso. Abriste el grifo de más y se ha roto y no puede cerrarse. Todo se estropea. Llega la gente que dice: Todo se ha estropeado, ¿Oíste del lavabo roto que estropearon?, Necesitamos reparar el estropeo y les va a costar mucho dinero, No seas como el lavabo del vecino. Pero te las arreglas para secar todo con tu manga antes de que aquello suceda y bajas la palanca de la taza para salir. Cruzas el pasillo y llegas a tu recámara. En la recámara de la izquierda están tus hermanos. Resuelves que a ellos no les dirás nada; mejor así, ya es mucho. ¿Cómo repararte si deciden abrirte y regalarte en pequeños cubos a la vecina? Sí, como cuando le regalaron la información de la tarde que te vieron llorando afuera del baño, en la cocina. (Jurabas que no había nadie en casa, pero qué importa ahora). ¿Para qué contarle a tus hermanos? Cierra tu puerta. Rápido. Pon llave. Viene una catástrofe, sobran agüeros. Escóndete bajo la cama. Hazte bolita. Cierra los ojos. Vuélvete polvo en la esquina… Ahora eres polvo y qué bien se siente ser polvo. Hay algo de especial en hacerse bolita, en cruzar los brazos por las espinillas para acercar más tus piernas, como si en ellas durmieran los años que has vivido y pudieras darles calor. Darles todo. Tomen, ténganme entero, yo ya no me necesito, mejor ténganme ustedes, y que entren y barran el cuerpo ya vacío y lo lleven al yermo donde apilan y queman basura.

Allá, cuando todos se hayan ido y escuches silencio, levanta tus pestañas, desenrróllate, vuelve en ti. Baja de los montículos de basura y oríllate en la carretera. Pide un viaje gratis. ¿Adónde? Al hospital: vas al hospital para empezar de nuevo. En la recepción preguntarás por una mujer a punto de parir, la buscarás y le pedirás a su hijo el acceso y te recostarás a su lado y entrelazarán manos y… ¡y entonces resurgirás! ¡Resurgirás como ave fénix y los viejos pecados te serán perdonados!