Primero el cansancio. Sentarme en el sofá y verme acostado, rendido, exánime; explorar el vecindario y, al volver, ofrendar mis últimas energías al sofá. Luego el sueño. La siesta que se hacía dos, tres, ocho horas, la pierna colgando, un zapato aún puesto, y despertar no siempre en casa: darme al sofá religiosamente y amanecer en una planicie con nubes amorfas, con figuras casi visibles pero siempre borrosas…
Llegué a Buenos Aires en otoño, hace tres meses, buscando el cambio de aires. Borrón y cuenta nueva. Un departamento en los suburbios: cocina, baño, recámara, un ventanal con malas vistas. Había cama, pero compré un sofá de terciopelo café para sustituirla, y es que regresaba siempre a las seis, queriendo oscurecer, indispuesto por una fatiga sobrenatural. Me cansaba solo el permanecer despierto. Imposible recorrer el pasillo a la recámara, mejor hundirme en el sofá. Mejor llegar, cerrar la puerta y ceder al terciopelo. Todos los días, de las calles al sofá. No eran las caminatas, sino esta fatiga que crecía como enfermedad independiente, que me incitaba a adelantar mi llegada para tumbarme en el sofá lo antes posible. Por decir algo, echarme en él se parecía a estar suspendido de una soga sobre un pozo de agua apenas tibia, y el mayor placer venía con la inmersión, con el soñar. Mi prisa por llegar a casa eran los sueños. Volver a soñarme en la ciudad donde sucedían.
Esta ciudad onírica de la que hablo es algo peculiar porque no existe afuera; he buscado referencias y no he hallado ninguna coincidencia. Para describirla, diré que se trata de una metrópolis estilo Buenos Aires, pero un Buenos Aires alterno y del año 2000, uno construido por otras manos; tiene mercados, caminos empedrados, algunos bares, cafés, una enorme avenida similar a la 9 de Julio, incluso un cuerpo de agua marcando frontera así como hace el Río de la Plata. En uno de mis últimos sueños visité un hospital ubicado sobre la calle Tova (siempre quise recorrer un hospital vacío). Exploré el área del personal, dos quirófanos, los vestidores, vi el archivo de expedientes, una bodega de herramientas (muchas eléctricas), aparatos extraños, maniquíes de práctica; me probé una bata blanca y seguí explorando las habitaciones.
Cabe decir que en esa ciudad soy el único habitante, pero siempre me pareció que podría haber otra persona, por eso exploraba hasta el cansancio antes de despertar. Me pregunto si acaso el hombre de la linterna vivió ahí y nunca nos encontramos. La fatiga que me asalta en vigilia es su culpa. Puedo jurar que no llegué a Buenos Aires con esta fatiga ni estos sueños. Entonces no lo sabía, pero todo esto que me sucede es definitivamente su culpa. Mi salud paga los efectos de su obra. Y lo desastroso es que, desde el incidente, no he vuelto a conciliar el sueño por más que lo intente. Los somníferos son inútiles.
Mi primer sueño al moverme acá, aunque simple, ahora me causa nostalgia: además del suelo, todo era niebla espesa. (En mi primer sueño no existía la ciudad). Los siguientes fueron más de lo mismo; me consternaba no soñar algo distinto a la planicie neblinosa. Entonces me percaté: con cada sueño la niebla se agrupaba en grumos como nubes, hasta que llegó el momento en que fue factible hablar de algo más, de algo oculto dentro de esos grumos. Fue cuando hablé de formas, que decidía según su contorno: Esta nube es un arbusto, decía yo, y la de allá es un pequeño lago, y esa que se aleja es un tren eléctrico. Y continuaron puliendo y puliendo sus contornos hasta que la nube que parecía un tren fue realmente un tren y lo mismo con las demás… Lo que intento decir es que no fue cosa de un día para otro ni designio mío. Alguien construyó una ciudad en mis ensoñaciones. De la misma manera llegaron los edificios, los comercios, el gran río fronterizo. Un hombre de magnificas habilidades esculpió sobre mi mente mientras dormía. Estuve presente cuando el edificio de la calle Loren era una solitaria nube gris, blanda y borrosa; lo vi tomar forma con cada sueño, hasta ser seis plantas de oficinas amuebladas con un helipuerto y un estacionamiento en la planta baja. Estuve presente, también, cuando sucedió lo del sauce llorón de la plaza central (que inauguraron hace apenas unas semanas), yo lo vi formarse desde cero: nació siendo un grumo amorfo, luego fue copiando el contorno de un hongo enorme, luego surgieron las ramas, entonces las hojas, entonces las venas de cada hoja. Yo lo vi. Yo he visto el nacimiento del hospital de la calle Tova, del puente del mercardo, del parque en San Brusino. La atención al detalle es aterradora. Y todo en un lapso de seis años: un esfuerzo sostenido y recompensado de seis años que afuera, en la vida real, solo ha necesitado de tres meses. En mis sueños vivía el magnum opus de una mente maestra.
Pero se arruinó el jueves pasado cuando algo me despertó de madrugada estando yo en el sofá. Abrí los ojos casi sin querer, quizás por sed o una mala postura, y lo vi: una figura humana sosteniendo algo parecido a un cincel en su mano, agachado, encorvado en mi dirección, a centímetros de mi cabeza. ¡Lo vi de frente! Aunque su linterna me encandiló, supe que era una persona de carne y hueso. Me levanté del sofá con el corazón desarreglado, encendí todas las luces y lo busqué en cada esquina, pero no lo hallé. Todo sucedió de modo brusco. No lo comprendí al instante, pero ahora me arrepiento de haberme despertado. Descubierto el truco, se acaba la magia.
Cuando sucedió aquello, es decir, cuando me calmé y me aseguré de estar solo en casa, pasé el resto de la noche en el baño, examinando mi cabeza en el espejo, buscando algún agujero, algún mecanismo en mi cráneo, alguna compuerta en mis sienes, algún desnivel en mi nuca, al menos un rasguño. El mínimo indicio de que alguien hubiera entrado a mi cráneo o hubiera manipulado su interior. No hallé nada. Me revisé con una lámpara de mano: no vi nada. Me rapé la cabeza: ninguna fisura siquiera. ¿Pero entonces cómo fue que él pudo entrar y hacer lo que hizo?
Llevo días sin dormir. Me cuesta horrores sostenerme con esta fatiga que se acumula y no encuentra alivio. A veces sucede que caigo rendido, pero ya no sueño. Ya no hay ciudad. Todo es una pantalla negra. Abro los ojos y entonces es de día. Confieso haberme levantado algunas madrugadas con ansiedad y haber recorrido mi pieza con intenciones impuras, queriendo encontrarme con el escultor otra vez para conocerlo; sé que nuestra relación no admite tal situación, sucede por instinto. Lo que sea por ver la ciudad una vez más. Solo una me basta, para despedirme. Una vez y ya. Se aproximaba la inauguración de una estación de tren que comunicaría el peñasco de Jerónimo con San Marli. He hecho el recorrido en teleférico, pero necesito hacerlo en tren. Necesito estar ahí, sentado, observando la ciudad desde la ventana del tren. Y necesito visitar el puerto de nuevo.
Ayer resolví que volvería. Tuve suficiente y resolví que volvería así fuera a la fuerza, de modo que hice una incisión en mi frente con un bisturí. Fue insuficiente, así que hice otra, perpendicular, formando una equis. Jalé y recorté las cuatro esquinas de piel y enjuagué con agua hasta ver expuesta la capa blanquecina. Quizás el cráneo. Mis manos temblaban, así que no pude hacer más esa noche, además, un bisturí no penetra el hueso. Pero hoy me conseguí un taladro. Llevará una hora enchufado. En una hora me cuestioné mi vida y llegué a la conclusión de que debo volver. La lidocaína ya hace efecto. Estoy preparado, así que levanto el taladro y lo posiciono a unos centímetros del hueso en mi frente. Un poco de miedo es todo lo que me separa de la ciudad. Entonces presiono. La sangre empieza a brotar. Mi ojos arden, pero me aseguro de no cerrarlos para verme llegar. Mis manos se empapan. Ajusto mi agarre. Presiono más. Aprieto los dientes. Estoy llegando. Mi cuerpo tiembla. Otra vez. La plaza del sauce otra vez. El puerto. La estación inaugurada. El taladro me ensordece. El lavabo se difumina. ¡La ciudad está-