Mis manos toman prestado el calor de la taza de café mientras mi vista se pierde admirando el sol que no ha salido. Una extensión mía: lo que mis manos nunca tocan, lo que mis ojos nunca ven, el yo que nunca soy. Me expando, floto, me evaporo. El resplandor del oriente entibia las horas y le da voz a las nubes, una y otra vez; yo escucho, presencio la metamorfosis del cielo y siento que yo también cambio y que puedo ser nubes, cielo, resplandor, color y… escucho entonces el timbre disonante de la puerta. Mis pies caen al suelo. Mis ojos caen al café aún humeante. Mi cuerpo vuelve a ser mío y yo vuelvo a ser yo.