Mis palabras son diferentes. Son de letras huérfanas que no vienen de ningún lado porque no tienen hogar. Simplemente las expulsé sobre la hoja y las abandoné ahí, perdidas y sin retorno. Y yo les regreso la mirada y las veo tan tímidas que me dan pena. Las veo y siempre parecen estar a punto del desplome, de rendirse y caer llanas sobre el papel. Siempre temblando, siempre a punto de perder su forma, de volverse garabatos feos, delgados, mal trazados.
No nacen de ningún alfabeto, son creación mía, así como la pizza artesanal de un cocinero, pero una mal horneada, quemada o cruda. Son letras defectuosas. Ellas lo saben bien, por eso les pesa tanto el mero hecho de permanecer paradas sobre el papel, por eso me piden no ser escritas. Piden piedad, compasión, que no las coloque sobre un lienzo tan limpio.
Yo las miro y, no importa el ángulo, nunca se asemejan a las letras que escriben los demás, las normales, las que vienen en los alfabetos que enseñan en las escuelas, o las grandiosas de personas como Cortázar o Dazai. Son otras. Yo las miro a las pobres y solo puedo compadecerme. Vomitadas junto a más letras doloridas. Sin saber qué hacen ahí. Sobrecogidas. Rogándome que pare.