Se me ocurrió preguntarme si podría compartir algún escrito. Antes de continuar desarrollando mi ocurrencia en medio de fantasías y pensamientos de fantasía (como hago cuando tengo una ocurrencia), me pregunté también por la factibilidad de mi ocurrencia y lancé la pregunta: ¿Puedo compartir escritos?. Me dijeron que, como me temía, puedo compartir escritos. Pero ¿qué escrito puedo compartir? Tengo muchos: el del día que no podía despertar; el del día que sí pude, pero no podía dormir; el del día que pude despertar y dormir, pero no podía soportar seguir despertando y durmiendo; o el del día que… Pero la selección es lo de menos, porque son todos iguales, todos míos, todos de la misma mano, escritos con el mismo pulso, que es lo que cuenta. Lo único que cuenta y nada más.

Pero hay más: ¿y si lo que comparto es algo tan bueno que dejo boquiabiertos a todos? ¿Y si lo que comparto es algo tan malo que los dejo con la boca más abierta, pero abierta de queja y opinión negativa (y todas esas cosas que un escritor no quiere recibir porque… por eso, no hace falta explicarlo)? Porque claro, el que da una opinión es porque considera que puede dar una opinión, y si muchos llegan a tal consideración es porque, quizás, lo que compartí en un inicio es trivial (y trivial es decir poco), y si lo que comparto es trivial y todo lo que tengo para compartir es lo mismo (por las razones que ya expliqué anteriormente), entonces todo lo que escribo es trivial. No, trivial es decir poco; es insípido, neutro, no mío, delgado, translúcido, ligero, opinable.

Por todo eso y más (muchas más cosas que no escribiré porque eso sería desarrollar esta ocurrencia en una de mayor complejidad, y eso sería compartir un escrito de verdad y no este que finge serlo) es que este es el único escrito que comparto.