Si veinte días pasas sin saber de mí, no me esperes veintiuno ni veintidós. No me esperes más. La muerte habrá besado mi frente o la suerte me habrá sonreído de mala gana y habré perdido irremediablemente las ganas de seguir siendo. No espero la realización de ningún escenario, pero lo que yo espero no cambia nada. He repetido mis pensamientos: ¿qué sería de ti si ese coche se desvía e invade la banqueta que camino?, ¿qué pasaría contigo si un día, con mi habitual despiste, olvido ver estos monótonos semáforos? ¿O cuánta falsa esperanza no te alimentaría si a mi corazón se le ocurriera no volver a latir? Te lo pido así: no guardes ni la voz que escuchas, olvida la vestimenta que ves en mí, emborrona la altura de mi cuerpo, sepulta mis palabras favoritas, desdibuja el contorno que te acompaña, no pienses en el olor que me dices que tengo. Todo eso dejará de existir. Abandona todo lo que te encauce a mí, porque yo no estaré más. Sigue tu caminar, continúa el día que planeabas continuar, continúalo todos tus días. Solo así, solo si me haces caso, estarás exenta del regusto amargo que guardo y que solo tú podrás limpiar.